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SER FELIZ NO CUESTA NADA

 

Libera Tu Ser - Artículos Ciencia/Belleza/Salud/Medioambiente: "SER FELIZ NO CUESTA NADA"


Publicado en revista CuerpoMente - Nº 254

 

Dejar de confundir precio con valor es el primer paso para descubrir los pequeños tesoros que no pueden ser comprados con dinero. La felicidad es uno de ellos.

Justo antes del estallido de la crisis, la fijación por el consumo llegó a tal nivel que muchas personas se endeudaron de por vida para adquirir cosas que no necesitaban y que les procuraban poca o ninguna felicidad. Ahora que el desempleo y la recesión cunden, nos hemos tenido que adaptar a vivir con menos. La lucha para pagar facturas deja apenas dinero sobrante para lujos comunes en tiempos pasados.

Pero no hay que sumirse en el desánimo. La buena noticia es que, al menos por lo que respecta al tiempo libre, ser feliz no cuesta nada.

En uno de los cuentos más populares de León Tolstoi, tras buscar por todo Moscú a un hombre realmente feliz, cuya camisa constituía la última esperanza para curar al zar, se descubre que esa persona genuinamente feliz era tan pobre, que ni siquiera tenía camisa. Esta luminosa fábula nos recuerda la Regla que San Agustín daba a los monjes: “No es más feliz quien más tiene, sino quien menos necesita”.

LOS REGALOS MÁS VALIOSOS

Las consultas de los terapeutas están llenas de pacientes que, como el zar del cuento, pese a acumular bienes materiales tienen la sensación permanente de que les falta algo. Tratan de llenar ese vacío con adquisiciones que, una vez conseguidas, pierden de inmediato su valor e impulsan al individuo hacia nuevos deseos.

En una encuesta realizada entre personas centenarias de los Estados Unidos, la mayoría afirmaron que lo más valioso que poseían era la familia, los amigos y una misión vital, en ese orden. En muy pocos casos mencionaron posesiones como una finca, un coche o sus ahorros.

En los reportajes que siguen la vida de los más ancianos de Japón o Cuba, dos de los países con más centenarios, vemos que el secreto de estas personas cuya vitalidad parece no tener límites, es la frugalidad y la sencillez. Siguen rituales saludables y gozan de buen humor porque han aprendido a valorar las cosas pequeñas, en especial aquéllas que no cuestan dinero. Algunos de estos regalos a nuestro alcance son:

- Apreciar el cambio de las estaciones ante un campo florido en primavera, una playa a principios de verano o un paisaje nevado.
- Disfrutar de la salida del sol o del crepúsculo.
- Tumbarse bajo el firmamento para contemplar el ir y venir del universo.
- Compartir una conversación con amigos.
- Sentir con todo nuestro ser: acariciar, abrazar…
- Observar los juegos de los niños y contagiarse de su entusiasmo y curiosidad permanentes.
- Entregarse al sueño tras una larga jornada que hemos llenado de emociones y de sentido.

Ninguno de esos dones requiere inversión económica, y no solemos reconocer su valor hasta que por algún motivo no podemos disfrutar de ellos. El enfermo ingresado en el hospital no echa de menos su coche, la segunda residencia o un costoso traje que descansa en el armario. Si le preguntamos, nos dirá que anhela pasear al aire libre, sentir el calor del sol o ser sorprendido por un aguacero, reír con amigos y familiares, compartir mesa o juegos. En resumidas cuentas: vivir.

LA BARRERA DE LO SUFICIENTE

El suficientismo sostiene que a partir del punto en que tenemos lo que necesitamos, cualquier nueva adquisición puede empeorar y complicar la vida en lugar de mejorarla. El término fue acuñado por John Naish en su ensayo: ¡Basta! Cómo dejar de desear siempre algo más.

Opuesta al consumismo, esta filosofía parece hundir sus raíces en diversas tradiciones espirituales, desde el budismo a algunas interpretaciones del cristianismo y en los sabios estoicos. En cierto modo se inspira en Buda, Jesús, Francisco de Asís o Gandhi, quien pronunció la famosa frase: “en la tierra hay suficiente para satisfacer las necesidades de todos, pero no para satisfacer la avaricia de algunos”.

Muchos profesionales entregados a la febril tarea de amasar dinero suelen quejarse de que no tienen tiempo para disfrutarlo. Y lo más dramático es que para engrosar sus arcas emplean la única divisa que no puede reponerse: el tiempo.

Nadie nos devolverá las horas, días y años que dediquemos a aquello que no nos gusta para comprar cosas que, en el fondo, no necesitamos.

LA AVENTURA DE VIVIR SIN DINERO

Henry David Thoreau –autor de Walden, la vida en los bosques-, vivió dos años, dos meses y dos días a solas en una cabaña cerca de un lago, buscando llevar una vida lo más natural posible a fin de capturar los placeres sencillos de la existencia.

En 2008, Mark Boyle decidió pasar un año son dinero. Obtuvo una casa rodante de una mujer que quería deshacerse de ella y se estableció en el terreno de un granjero a cambio de trabajo. Construyó una ducha con agua calentada por el sol, una parrilla, una letrina para fabricar su propio abono… La experiencia, muy dura al principio, obró en él una profunda transformación. En The Moneyless Man declara: “alguna vez toda la humanidad vivió sin dinero. De hecho, algunas sociedades todavía lo hacen. No podemos continuar con el sistema de acumulación infinita en un planeta finito”.

Otro caso bien documentado es el de Heidemarie Schwermer, quien en su libro Mi vida sin dinero explica cómo aprendió a vivir con la finalidad de ser en lugar de tener. Desde que vendió y donó sus bienes, vive recurriendo al intercambio de tareas o habilidades. Empezó en 1996 y lleva diecisiete años haciéndolo.

LO QUE NO SE PUEDE COMPRAR

Unos años antes de su muerte, Steve Jobs afirmó: “mis cosas favoritas en la vida no cuestan dinero. Está claro que el recurso más precioso que tiene cualquier persona es el tiempo”.

Hasta que no vemos el final, todos disponemos de ese recurso, otra cosa es lo que hacemos con él. Dando por supuesto que toda persona invertirá ocho horas para dormir y, con suerte, ocho para trabajar, la gran pregunta es a qué dedicamos las ocho horas restantes.

Ese tercio tampoco puede etiquetarse como tiempo libre, ya que necesitamos dedicar muchas horas a obligaciones domésticas y familiares. Lo que marca la diferencia es la manera en que llevamos a cabo estas actividades, que de ser rutinarias, pueden pasar a ser un tiempo de calidad para el espíritu.

Veamos algunos ejemplos de tareas cotidianas que pueden procurarnos la felicidad:

- Saludar el nuevo día. Celebrar cada jornada como si hubiésemos renacido, con la misión de extraer todo su jugo para honrar el regalo recibido.
- Compartir el desayuno y/o la cena con nuestros seres queridos desde la gratitud de poder nutrirnos de los alimentos y la compañía de los demás.
- Realizar las labores domésticas como un monje zen. Tareas repetitivas como lavar platos o pelar patatas, por ejemplo, son una oportunidad para entrenar nuestra atención como una forma más de meditación.
- Escuchar a los demás de manera sincera y con el propósito de serles útiles o, como mínimo, de no ser un impedimento para su felicidad.
- Tener la excelencia como objetivo. Incluso si el ambiente laboral es malo, la única forma de disfrutar del trabajo es verlo como una oportunidad para superarnos.

Al afrontar cada jornada con alegría y desafío, descubriremos la felicidad que procuran las cosas que no se pueden comprar, pero que constituyen el meollo de una vida con verdadero sentido.


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