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CUENTOS ZEN

 

Cuentos e Historias para Pensar y Reflexionar...

Libera Tu Ser - Cuentos Zen

Es un juego que se practica desde tiempos milenarios. Numerosos príncipes, antes de izar sus banderas, han consultado la Biblia, el Corán o los Vedas. Numerosos viajeros espirituales, seres a ratos perdidos, a ratos demasiado solos o sencillamente preocupados por sortear un obstáculo –tú y yo, a fin de cuentas-, han pedido a los cuentos que alumbren su camino. Y los cuentos les han proporcionado la luz que necesitaban.

¿Por qué, cómo, de dónde proceden las respuestas? No hace falta buscar una explicación, ni tampoco hablar mucho sobre ello. Los cuentos son ancianos inmemoriales y benévolos. Conocen la música del corazón del mundo. Responden siempre a nuestras preguntas, a poco que se lo pidamos, con esa misma inocencia de la que están hechos.

 

La elegancia del mono

En el curso de sus peregrinaciones entre los cinco picos cubiertos por brumas centelleantes, Zhuangzi se cruzó con el rey de Wei y su séquito, que habían ido a hacer una comida campestre a orillas del río de la Tranquilidad celestial. El sabio llevaba puesto un vestido de tela toscamente remendada, sus sandalias agujereadas estaban atadas con trozos de cordel.

- ¡En qué miseria has caído, Maestro!- exclamó el monarca.
- La indigencia no es desamparo –contestó Zhuangzi-. La única desgracia de un sabio es no poder transmitir su comprensión del Tao. ¡Esta época no es fausta para los filósofos, eso es todo!
- ¿Qué quieres decir? –preguntó el rey.
- Cuando el mono está en los árboles, vuela de rama en rama, tan airoso como un pájaro. ¡Pero cuando se desplaza entre monte bajo y hierbas altas, su paso es ridículo! Así como el sabio que no tiene adeptos entre los príncipes de su tiempo pasea andrajoso. ¡Pero qué importa! Si tiene discípulos que ponen en práctica sus palabras, su corazón está plenamente satisfecho. ¡En esto consiste su verdadera riqueza, pues el conocimiento que transmites te pertenece para la eternidad!

 

Un mendigo insoportable

Un tal Guang era un gran terrateniente sin escrúpulos, uno de esos nuevos ricos abotargados de riquezas y de ambición. Para celebrar sus cincuenta años, había invitado a todos los mandarines de alto rango y a los notables influyentes con que contaba la región. Nada faltaba para dar al acontecimiento el fasto que convenía a su fortuna totalmente plebeya y provinciana: banquete pantagruélico, decoración excesiva, músicas insoportables y bailarinas obscenas. Pero Guang el ricachón se enorgullecía sobre todo de una idea absolutamente original que había tenido, hallazgo inédito que dejaría un recuerdo imperecedero en sus invitados: había hecho cubrir la carretera fangosa que conducía hasta su residencia con una gruesa capa de granos de arroz inmaculados. ¡Un ejército de campesinos famélicos debía rastrillarla incansablemente para borrar las huellas de los carros y de los palanquines que dejaba la tropa de comensales! Y esto bajo estricta vigilancia para que ningún necesitado hurtara unos puñados de arroz…

Un mendigo cojo y deforme, apoyado sobre una muleta de hierro, burló la vigilancia de los guardias, se arrodilló en la carretera, y se puso a llenar sus alforjas con granos de arroz.

Un cancerbero de servicio lo agarró bruscamente para arrastrarlo fuera de la calzada.

-¡Por piedad! –suplicó el andrajoso- ¡Déjame tomar con qué alimentar a mis hijos!
-¡Lárgate, miserable, y sabe que mi dueño prefiere que su arroz se pudra en el lodo antes que ver a pordioseros de tu calaña estropear su fiesta!
-¡Pues bien –replicó el mendigo- le reservo un regalo que tardará en olvidar!

Y el cojo se enderezó en un santiamén, puso pies en polvorosa y, para sorpresa general, se dirigió corriendo como un desesperado hacia la residencia del ricachón, zigzagueando entre los últimos invitados. Una jauría de guardias se puso a perseguirle, ladrando juramentos y órdenes. El mendigo, que parecía poseer ciertas nociones de artes marciales, utilizó su muleta para abrirse paso entre quienes vigilaban la entrada. Irrumpió desenfrenadamente en la sala del banquete, se inclinó ante el dueño del lugar y le pidió limosna. Guang, furioso, le empujó violentamente. El mendigo cayó hacia atrás, golpeándose el cráneo contra las baldosas. El cuerpo del miserable quedó sin vida sobre el suelo.

El dueño del lugar dio orden de que se arrojara fuera a aquel aguafiestas. Pero cuando dos guardias quisieron levantarlo, su peso parecía considerable. Tampoco consiguieron llevárselo entre cuatro, ni siquiera entre diez. Un viento lúgubre silbó en la sala. La comida empezó a moverse sola sobre las mesas, ante los ojos exorbitados de los invitados, que descubrieron que hervía de gusanos e insectos. El viento arreció, todas las linternas se apagaron, precipitando la huida de la mayor parte de los comensales.

Guang empezó a gritar que aquello era un maleficio e hizo venir a un sacerdote exorcista. El taoísta examinó el cuerpo del mendigo, constató el deceso y acto seguido llevó a cabo una adivinación con el Yi Jing. Declaró que el espíritu del difunto era muy poderoso, que no quedaría aplacado más que cuando fuese castigado el responsable de su muerte. El juez del distrito, que había permanecido en el sitio, se apresuró a ordenar la detención del dueño del lugar. Éste, visiblemente aliviado de abandonar su casa encantada, se dejó llevar sin resistencia. Sin duda pensó también que con un buen abogado y moviendo los hilos de sus relaciones saldría honorablemente de aquel asesinato accidental. En cuanto Guang el ricachón fue metido en el calabozo, se pudo levantar el cadáver. Éste fue depositado en un ataúd y llevado al templo más cercano. En el momento de los funerales, el féretro pareció extrañamente ligero. El taoísta que oficiaba, y que empezaba a sospechar algo, mandó abrirlo y levantó la tapa. El cadáver había desaparecido. En su lugar había una carta. El sacerdote la tomó y leyó estas palabras:

Quien pisotea los dones del Cielo
Y se burla de sus hijos
Se expone a la ira de los Inmortales.
Nadie puede impunemente
Mofarse de las leyes celestiales.

El poema estaba firmado Li Tieguai. El sacerdote sonrió y, sin decir nada, volvió a cerrar la tapa. El ataúd vacío fue enterrado con gran pompa. En cuanto al gran Guang, fue juzgado culpable de la muerte, involuntaria, del mendigo. Sus bienes fueron confiscados y distribuidos entre los pobres. Arruinado, durante el resto de su vida tuvo que ganarse el sustento manejando la pala y el pico del peón.

¡Quien acumula riquezas tiene mucho que perder!

En cuanto al sacerdote taoísta, desveló a sus jóvenes asistentes, bajo el sello del secreto, lo que había encontrado en el ataúd. Se rieron con ganas por la astucia de Li Tieguai, el eterno mendigo cojo, el más popular de los Ocho Inmortales…

 

El viaje del cantero

Un cantero muy hábil vivía al pie de una montaña. Poseía el don de elegir los mejores bloques de la cantera, de extraerlos en un abrir y cerrar de ojos, de tallarlos con destreza. El dominio de su arte le proporcionó una buena reputación, que se divulgó hasta la cabeza de partido. Un rico comerciante le hizo venir para encargarle unos peldaños de arenisca rosada con el fin de reemplazar su vieja escalera de madera carcomida. Durante su trabajo, el cantero pudo contemplar con toda tranquilidad la espléndida vivienda del burgués, sus muebles de madera preciosa, sus copiosos manjares, sus numerosos sirvientes, su mujer y su concubina acicaladas con sus vestidos de seda.

Cuando el artesano regresó a su casa, el contraste fue tan sobrecogedor que le embargó la nostalgia. Pese a su talento, se extenuaba para lograr paneas alimentar a su numerosa descendencia. Estaba condenado a vivir en una casa en ruinas, estrecha y llena de humo, a comer gachas de arroz en compañía de su mujer mal vestida, en medio de su ruidosa chiquillería. ¡Jamás llegaría a tener la vida del burgués!

A la mañana siguiente, el cantero partió hacia la montaña. Sin ánimo para trabajar, abandonó el sendero que conducía a la cantera y tomó el que subía hacia la cabaña de bambú de un taoísta. El viejo anacoreta, del que se decía que era inmortal y mago, le sirvió una tisana agridulce y le preguntó qué tormento le había conducido hasta su humilde retiro. El artesano le contó su visita a la casa del burgués y finalmente se lamentó de su suerte.
-Quien ha percibido la ilusión de este mundo cambiante –contestó el sabio-, quien se ha abierto al Tao, no querría cambiar su choza por un palacio. Pero ¿cómo renunciar a lo que no se conoce?

Y el anciano esbozó con su mano una especie de ideograma, murmurando a la vez unas palabras impenetrables.

El cantero se encontró de pronto ocupando el lugar del rico comerciante, en su suntuosa casa ¡ornada con una nueva escalera de arenisca rosada! No se planteó ya pregunta alguna y se apresuró a disfrutar al máximo de esa vida opulenta y delicada.

Unos días después, mientras vagaba por la calle principal del lugar, el cantero vio que la multitud se apartaba para dejar paso a un cortejo. Era el prefecto en viaje de inspección, confortablemente instalado en un palanquín dorado, rodeado de sus lacayos y de sus guardias rutilantes. Totalmente boquiabierto, el hombre de las montañas se paró en medio del paso para contemplar el espectáculo, deteniendo de este modo la procesión. Los guardias se abalanzaron sobre él y presentaron al mandarín al desgraciado que había tenido la desfachatez de detener su palanquín. El dignatario, furibundo, lo condenó a recibir cien bastonazos y a pagar cien taeles de plata. ¡No se ultraja impunemente al representante del Hijo del Cielo!

Nuestro cantero lamentó no haber preferido desear ser prefecto… ¡y de inmediato se encontró en el palanquín dorado!

Cuando el cantero descubrió el palacio del mandarín, no daba crédito a sus ojos. Maderas lacadas, estatuillas de jade y de marfil, manjares refinados, seductoras concubinas con delicados vestidos de satén; tanto lujo hacía que la cabeza le diera vueltas. En el colmo de la felicidad, pensó que había llegado al reino de los Inmortales.

Pero nuestro dignatario, que carecía de la experiencia de su predecesor, fue un buen día convocado a la Ciudad prohibida, donde se le comunicó que Su Alteza Imperial, a la vista de las numerosas quejas contra su persona, lo destituía de sus funciones y lo enviaba a combatir contra los bárbaros del norte.

Nuestro cantero lamentó no ser emperador. De ese modo, al menos, no tendría que rendir cuentas a nadie, y sería el dueño del mundo. Disfrutaría además del palacio más grandioso que ojos mortales pudiesen contemplar.

Y por el poder del taoísta de la montaña, el cantero se encontró sentado sobre el trono imperial.

Pero el nuevo emperador, al no entender gran cosa de la jerga diplomática ni del estereotipado lenguaje político, dejó que sus ministros gobernaran en su lugar. Prefirió hacer tareas de jardinería en los jardines deliciosamente diseñados de la Ciudad prohibida y apoltronarse en los acogedores divanes del gineceo. Con su inocencia, el cantero había puesto en práctica, sin saberlo, el precepto de Lao Tse: Por la virtud del no-obrar se mantiene el orden natural.

Pero un Hijo del Cielo no se improvisa impunemente, y sin duda éste desatendió algún rito ancestral que mantenía la armonía entre el Cielo y la Tierra. Una terrible sequía se abatió sobre el Imperio del Medio. Los cursos de agua y los estanques se secaron, los manantiales y los pozos se agotaron. Incluso a la sombra de los muros del jardín de la Ciudad prohibida, el calor canicular hizo estragos. Bajo el sol de plomo, las peonías, las rosas, las orquídeas, los bambúes y los bosquecillos enanos murieron de sed entre las manos enternecidas del emperador. El soberano más poderoso del mundo comprendió que el astro solar era superior a él. Y el cantero lamentó profundamente no reinar en el cielo en su lugar.

Desde su lejana montaña, el viejo taoísta captó de inmediato su pensamiento, pues, de repente, el insaciable cantero se encontró pavoneándose sobre la bóveda celeste. Desde ahí podía imponer su poder en toda la superficie de la Tierra, acariciar y hacer cantar la diversidad de paisajes, de cosas y de seres. Y admirar sin cesar su obra renovada. Hasta el día en que las nubes regresaron. Al principio se quedó tuerto, después, totalmente ciego. Ya no podía disfrutar del espectáculo que creaba. Sintió rabia. La nube, ese vapor inconsistente, era, pues, más poderosa que él, hoguera ardiente. Lamentó no estar en su lugar.

El sabio de la montaña ejecutó su pequeño truco, y nuestro cantero se encontró convertido en nube. Durante algún tiempo le hizo la burla al sol, lanzándole al desgaire su pantalla de humo. Pero pronto fue arrastrado por una corriente de aire taciturno que lo zarandeó en las seis direcciones, lo deshilachó, lo desgarró. Estaba sin fuerzas a merced del viento. Había encontrado a su amo, sin duda el más poderoso, el más huidizo del universo. Lamentó no haber pensado antes en ello.

Por el poder del viejo sabio, el cantero fue soplo de viento. Cobró velocidad, vigor, se transformó en un temible huracán. Se divertía derribando árboles, aventando tejados, desplomando muros. Una alta montaña lo detuvo. Se ensañó con ella, trató de sacudirla, de arrancarla, de escalarla. Todo fue inútil. Se quedó sin aliento. Había encontrado, por tanto, algo más fuerte que él. Deseó ser montaña.

Y por la magia del Tao, el cantero fue un pico altivo, coronado de nubes. Era inamovible e insensible a la nieve y a los rayos de sol. Pensaba haber alcanzado la felicidad suprema de un Inmortal. Pero pestañeó, manifestando una pequeña molestia. ¡Le picaba un dedo del pie y no podía rascarse! ¡Qué exasperante resultaba! ¡Insoportable, incluso! Finalmente, a través de una brecha en la bruma divisó a un ser humano minúsculo, un miserable mortal, que llevaba un mazo en la mano. ¡Era un humilde cantero, un ser insignificante, quien le comía la moral! No había, por tanto, nada más poderoso en el mundo que ese pobre individuo…

Y tras el viaje mágico que el sabio le hizo hacer, el cantero se encontró de nuevo en su cantera, al pie de la montaña. Admiró el paisaje como si sus piernas nunca le hubiesen llevado hasta este lugar. Luego se puso manos a la obra, cantando a voz en grito. Al anochecer regresó a su casa, besó complacido a su mujer y a sus hijos, que le parecieron más hermosos y más auténticos que los cortesanos. Y nunca más se quejó de su suerte.

No busques la felicidad en el vergel de tu vecino. Cava más bien en el interior de tu jardín.

 

El sabio y la urraca

En tiempo de los Reinos combatientes, el Hijo del Cielo no tenía ya de emperador más que el título. China estaba a merced de los señores de la guerra, que se disputaban incansablemente los despojos del Imperio. El rey de Wu había decidido conquistar el reino de Shou, cuyo ejército, según diversos informes, era muy inferior en número al suyo y estaba mucho peor equipado. Durante los preparativos, sus espías le señalaron que un rey vecino concentraba tropas en las fronteras, a la espera, sin duda, de que el ejército de Wu abandonara el reino para invadirlo. El soberano hizo oídos sordos y persistió en su proyecto de conquista. Sus ministros estaban muy inquietos. Uno de ellos tuvo la audacia de hablarle abiertamente de sus temores y fue depuesto en el acto.

En aquella época, Zhuangzi vagaba con su rosario de discípulos por el reino de Wu. El dignatario destituido le visitó para pedirle que interviniera ante el rey antes de que el país se convirtiera en pasto del dragón de la guerra. El sabio prometió intentar alguna cosa.

Unos días más tarde, Zhuangzi irrumpió en la sala del trono, sin afeitar, maniatado, prisionero de un patán que vestía uniforme de los guardias reales.

El rey de Wu, en el colmo de la indignación –ya que había reconocido al venerable sabio a quien había ido a consultar en varias ocasiones-, mandó de inmediato que desataran las manos del prisionero. Reprendió al guarda de caza por tanta inconsecuencia y lo cesó inmediatamente de sus funciones. Pero éste se prosternó varias veces y se defendió explicando que había sorprendido al llamado Zhuangzi practicando la caza furtiva en el parque real del Oeste. Exhibió el objeto del delito: un arco que había arrancado de manos del transgresor. Perplejo, el rey se volvió al viejo maestro y le preguntó qué significaba aquello.

Zhuangzi acarició su perilla blanquecina y contestó:
- Pues bien, Majestad, he tenido una extraña aventura. Había salido a cazar en la pradera que bordea el parque de Su Majestad, con la firme intención de no sobrepasar en absoluto los límites, ya que había visto bien los mojones donde estaba grabado vuestro sello. Caminaba, pues, entre las hierbas altas acechando el vuelo de una presa, cuando, de repente, el ala de una urraca rozó mi sombrero. Se posó en la linde de vuestro parque. Me dije: ¡qué extraño, me ha rozado sin verme y ahora está a mi merced, al alcance de la flecha de mi arco! Intrigado, me acerqué al ave para averiguar lo que le había hecho olvidar toda prudencia. Dio algunos saltos en el sotobosque, la seguí, y de repente se quedó inmóvil como si fuera a lanzarse sobre una presa. Seguí avanzando sin que la urraca advirtiera mi presencia ¡y entonces vi que esperaba que una mantis religiosa, escondida tras una hoja, se apoderara de una cigarra, para abalanzarse y devorar a los dos insectos a la vez! Deseosa de aprovechar esta doble acción, no había visto al cazador que tenía detrás. Y me hice la reflexión siguiente: así es la naturaleza animal, cegados por sus apetitos, los animales olvidan protegerse del peligro. ¡Fue entonces cuando vuestro guarda de caza me sorprendió y me detuvo como a un vulgar cazador furtivo! Y me hice la reflexión siguiente: así es la naturaleza humana, ¡cautivado por el mundo exterior, el ser humano olvida protegerse así mismo!

Y el rey Wu comprendió la lección. Abandonó su proyecto de invasión, escapando así por poco a la trampa que habían urdido sus vecinos.

 

El sueño de la mariposa

Una hermosa tarde anegada de sol, un dignatario se había aventurado por los senderos escarpados del valle profundo donde Zhuangzi había fijado su domicilio. El mandarín, brillante letrado que había superado todos los sucesivos exámenes y había obtenido un puesto de consejero junto al rey de Wu, deseaba plantarle al viejo maestro una pregunta sobre el Tao, con la esperanza de respirar los efluvios de lo Indecible.

La choza estaba desierta, la puerta abierta de par en par. Unas huellas muy recientes de sandalias conducían a una pradera en pendiente. El dignatario las siguió y descubrió a Zhuangzi dormido a la sombra de un viejo árbol nudoso, con la cabeza sobre un cojín de flores campestres. El letrado tosió suave y repetidamente, y el sabio abrió los ojos.

-Maestro, perdóname por perturbar tu reposo. Vengo de muy lejos a interrogarte sobre el Tao.
-No sé si podré contestar –respondió Zhuangzi frotándose los ojos.
-Venerable, tu modestia te honra.
-No, eso no tiene nada que ver. A decir verdad, ya no sé nada, ¡ni siquiera sé quién soy!
-¿Cómo es posible? –preguntó el mandarín desconcertado.
-Oh, es muy sencillo –prosiguió el viejo taoísta, con aire soñador-. Figúrate que hace un momento, mientras dormía, he tenido un extraño sueño. Era una mariposa que revoloteaba, embriagada por la luz y el perfume de las flores. ¡Y ahora ya no sé si soy Zhuangzi que ha soñado que era una mariposa o una mariposa que sueña que es Zhuangzi!

Y el consejero del rey de Wu, boquiabierto, se inclinó profundamente y volvió sobre sus pasos, rumiando estas palabras enigmáticas con la esperanza de extraerles el jugo.

 

El ladrón de hachas

Un campesino, que tenía madera para cortar, no lograba encontrar su hacha grande. Recorría su patio de un lado a otro, iba a echar un vistazo furibundo por el lado de los troncos, del cobertizo, de la granja. ¡Nada que hacer, había desaparecido, sin duda robada! ¡Un hacha completamente nueva que había comprado con sus últimos ahorros! La cólera, esa breve locura, desbordaba su corazón y teñía su mente con una tinta tan negra como el hollín. Entonces vio a su vecino llegar por el camino. Su forma de caminar le pareció la de alguien que no tenía la conciencia tranquila. Su rostro dejaba traslucir una expresión de apuro propia del culpable frente a su víctima. Su saludo estaba impregnado de una malicia de ladrón de hachas. Y cuando el otro abrió la boca para contarle las trivialidades meteorológicas habituales entre vecinos, ¡su voz era sin lugar a dudas la de un ladrón que acababa de robar un hacha flamante!

Totalmente incapaz de contenerse durante más tiempo, nuestro campesino cruzó su porche a grandes zancadas con la intención de ir a decirle cuatro verdades a ese merodeador ¡que tenía la osadía de venir a burlarse de él! Pero sus pies se enredaron en una brazada de ramas muertas que yacía al borde del camino. Tropezó, atragantándose con la andanada de insultos que tenía destinada a su vecino, ¡y se cayó de manera que fue a dar con la nariz contra el mango de su hacha grande, que debía de haberse caído hacía poco de su carreta!

 

La cola de la tortuga

Zhuangzi pasaba por ser, en aquel tiempo, el sabio más grande del Imperio del Medio. La gente venía desde muy lejos para pedirle consejo. Unos emisarios del rey de Zhu le visitaron mientras pescaba con caña en el río Pu, el vestido remangado, los pies sumergidos en el agua fangosa. Le anunciaron que su soberano le ofrecía el cargo de Primer Ministro.

Sin dirigirles ni siquiera una mirada, los ojos fijos en la caña, Zhuangzi respondió:
- He oído decir que nuestro amo posee una tortuga sagrada que mantiene encerrada en el templo de sus antepasados. ¿Acaso ella no habría preferido arrastrar su cola en el lodo de un estanque?
- Por supuesto –respondieron a coro los funcionarios reales.
- Pues entonces, ¡largaos de aquí! ¡Yo también prefiero arrastrar mi cola en el lodo!

 

Del uso de las parábolas

El venerable consejero Hui era escuchado por el emperador. Un cortesano celoso de su influencia dijo un día al monarca:
- Su Grandeza, es realmente un fastidio tener que soportar en los consejos de ministros las interminables digresiones de ese viejo senil. ¿Habéis observado que ha adoptado la enojosa costumbre de ilustras sus palabras con toda clase de cuentos, anécdotas y leyendas? Pedidle, por favor, que no siga utilizando todos esos apólogos que nos embrollan la mente y nos hacen perder un tiempo precioso.

En la siguiente apertura de sesión del consejo, el emperador pidió solemnemente al anciano que en lo sucesivo expresara su pensamiento sin rodeos, ¡y sobre todo, que dejara de distraer a la asamblea con fábulas! Hui inclinó su cráneo cano, enderezó su rostro, tan impenetrable como una máscara de ópera, y dijo:
- Majestad, permitidme que os haga una pregunta. Si le hablo a alguien de una ballesta, y mi interlocutor desconoce por completo de qué se trata, y yo respondo que una ballesta se asemeja a una ballesta, ¿comprenderá de qué estoy hablando?
- Ciertamente no –contestó el soberano barriendo con la mirada las vigas del techo.
- Bien –siguió el viejo consejero-, pero si le digo que una ballesta se asemeja a un arco pequeño, que la caja es de metal, la cuerda de fibras de bambú, y que en consecuencia es más potente: si le digo además que la ballesta lanza proyectiles más pequeños y más sólidos que las flechas, guiados por un canal de madera, y que posee por tanto mayor precisión que un arco, ¿comprenderá entonces mi interlocutor de qué se trata?
- ¡Evidentemente! –exclamó el emperador, agitando sus mangas de brocado.
- De este modo –prosiguió el patriarca-, debo recurrir a una imagen que mi interlocutor conozca para explicarle lo que no entiende. Y lo propio de las parábolas es hacer accesible una idea sutil. ¿Seguís, pues, siendo del parecer, Majestad, de que renuncie a expresar mi pensamiento con ayuda de algunos cuentecillos inventados y muy constructivos?
- Claro que no –respondió el soberano lanzando una mirada divertida al cortesano celoso a quien obstinadamente se le iban los ojos hacia sus escarpines de fieltro…

 

Los caballos del destino

Un humilde campesino vivía en el norte de China, en los confines de las estepas frecuentadas por las hordas nómadas. Un día regresó silbando de la feria con una magnífica potranca que había comprado a un precio razonable, gastando pese a ello lo que había ahorrado en cinco años de economías. Unos días más tarde, su único caballo, que constituía todo su capital, se escapó y desapareció hacia la frontera. El acontecimiento dio la vuelta al pueblo, y los vecinos acudieron uno tras otro para compadecer al granjero por su mala suerte. Éste se encogía de hombros y contestaba, imperturbable:
- Las nubes tapan el sol pero también traen la lluvia. Una desgracia trae a veces consigo un beneficio. Ya veremos.

Tres meses más tarde, la yegua reapareció con un magnífico semental salvaje caracoleando junto a ella. Estaba preñada. Los vecinos acudieron para felicitar al dichoso propietario:
- Tenías razón al ser optimista. ¡Pierdes un caballo y ganas tres!
- Las nubes traen la lluvia nutricia, y en ocasiones la tormenta devastadora. La desgracia se esconde en los pliegues de la felicidad. Esperemos.

El hijo único del campesino domó al fogoso semental y se aficionó a montarlo. No tardó en caerse del caballo y poco le faltó para romperse el cuello. Salió del paso con una pierna rota.

A los vecinos que venían de nuevo para cantar sus penas, el filósofo campesino les respondió:
- Calamidad o bendición, ¿quién puede saberlo? Los cambios no tienen fin en este mundo que no permanece.

Unos días más tarde, se decretó la movilización general en el distrito para rechazar una invasión mongola. Todos los jóvenes válidos partieron al combate y muy pocos regresaron a sus hogares. Pero el hijo único del campesino, gracias a sus muletas, se libró de la masacre.

 

El Amo de los Osos

En tiempos inmemoriales, China estaba constituida por un mosaico de clanes, tribus, pueblos abigarrados. Los nómadas seguían a sus rebaños por las estepas infinitas, los sedentarios cultivaban sus parcelas de tierra sobre las verdeantes riberas del río Amarillo. El hambre, o la codicia, inducían en ocasiones a los errabundos a saquear las granjas a duras penas fertilizadas por los campesinos, y a raptar a sus rollizas hijas. Algunos se aficionaron a ese estilo de vida. No tenían más que sacar el arroz de los graneros ajenos, sin deslomarse para cultivarlo ni cosecharlo. No había más que pagar el precio de la sangre, a veces. Y hay hombres a los que su olor les embriaga. Las batallas se sucedían. Era frecuente que cada razzia fuera seguida por una expedición de castigo. Pero no es fácil encontrar a quien tiene por morada un tejado de fieltro, y por pueblo la bóveda celeste.

En una de esas aldeas que se estiraban a orillas del río Amarillo vivía un joven predestinado. Su madre lo había concebido, decían las ancianas, cuando aún era virgen, tres meses antes de su noche de bodas con el hijo del jefe del clan. Era una noche de tormenta sin nubes. Un rayo había caído a la puerta de la casa, procedente al parecer de la Osa Mayor. Las ancianas afirmaban que el semen que dio origen al niño fue el Trueno, eyaculado por el Pilar del Dragón Celeste, el pene del Emperador de Jade, el Amo del Cielo en persona. Cuentos de viejas, dirán algunos, pero en aquellos tiempos se creía a las ancianas que saben. Además, ¿cómo explicar, si no, que el niño hubiera permanecido doce meses en el vientre de su madre?

El chico fue precoz. Al cabo de unos días pronunció sus primeras palabras, al cabo de unos meses sabía hilvanarlas. En cuanto supo caminar, aprendió a montar a caballo. A los seis meses manejaba la espada, la lanza, el escudo. A los ocho rivalizaba con los guerreros del clan, y a los doce les seguía al combate. A los catorce era él quien los guiaba.

Pero el joven poseía otros dones. Tenía sueños extraños, visiones, conversaba con los Espíritus de la Naturaleza. Los chamanes le acogieron en su hermandad. En el curso de una iniciación, le enviaron a la montaña a cazar el oso. ¡El muchacho regresó encaramado al lomo del animal! Las ancianas no se habían equivocado, no, pues ¿quién sino el Hijo del Cielo habría podido realizar tal hazaña? Los chamanes le dieron entonces su nombre de hombre: Yu Xiong, el Amo de los Osos.

Yu Xiong había conocido a lo largo de toda su infancia las razzias salvajes de los nómadas, los gritos, las lágrimas, los dramas que brotaban en medio del polvo de sus espantosas cabalgadas. Era incapaz de decidirse a vivir en ese terror permanente, sobre todo desde que, cierto tiempo atrás, los pillajes se habían vuelto más frecuentes, más violentos y mucho más imparables. El enemigo había cambiado. Varias tribus se habían agrupado bajo el estandarte de Chi Yu, un guerrero particularmente hábil y sanguinario.

Desde que su padre había sido asesinado a traición por el cruel Chi Yu, Yu Xiong se había convertido en el jefe de su diezmado clan. Completó las filas de sus guerreros con osos que adiestró para el combate y sembró el pánico entre los nómadas. Los bardos compusieron cantos que contaban las proezas del Amo de los Osos y sembraron su gloria en el viento. Otros pueblos sedentarios se sumaron a él. Entonces él asumió la jefatura de un poderoso ejército.

En el curso de una expedición de castigo, Yu Xiong había lanzado a sus hombres tras las huellas de Chi Yu, el jefe de los nómadas. Creían haber forzado a su enemigo a meterse en un desfiladero montañoso sin salida. Pero era una trampa. Una niebla viscosa ahogó el valle. Los chamanes de las estepas eran temibles. Sabían aliarse con los Espíritus de la Bruma. Cegado, el ejército de los sedentarios erró durante días en un laberinto inextricable de gargantas desérticas, de caos rocoso, hostigado por los nómadas. Habían agotado sus víveres y su agua. Iban a morir de agotamiento.

Entonces, el Amo de los Osos echó pie a tierra en el fondo de un círculo de montañas donde, según la ciencia del Feng Shui, el soplo del Dragón de la Tierra estaba particularmente concentrado. Tomó su tambor, hizo resonar en él un ritmo obsesivo y entonó un canto extraño, a la vez que ejecutaba los pasos de una danza desenfrenada. Entró en trance para hablar con los Espíritus de la Bruma. Pero, dado que se habían aliado con los chamanes enemigos, ninguno de ellos respondió a su llamada.

Agotado, Yu Xiong se desplomó sobre los guijarros del suelo y volvió su mente hacia el Palacio celeste del Emperador de Jade. Imploró humildemente su socorro. La niebla se disipó mientras un rayo de sol tejía un arco iris. Sobre las cintas de luz se deslizó una mujer envuelta en un vestido de nueve colores, el rostro aureolado por un centelleo dorado. Se quedó inmóvil sobre un peñasco, ante el Amo de los Osos, e hizo oír su voz de cristal:
- Yo soy la Dama de los Nueve Cielos. El Emperador de Jade ha oído tu llamada. Te traigo presentes. Te reconoce como el Hijo del Cielo, quiere convertirte en el Amo del Imperio del Medio.

La resplandeciente Inmortal se elevó por los aires para desaparecer en la luz deslumbrante de las nubes, dejando tras ella un perfume sutil de flores de loto y madera de sándalo. Sobre el peñasco, Yu Xiong encontró una escudilla y dos libros: un manual de estrategia y el primer Yi Jing. En la escudilla llena de agua flotaba un pedacito de madera en el que estaba incrustada una magnetita, una piedra imán. Fue la primera brújula.

Para el Amor de los Osos, equipado con tales presentes celestes, la guerra no fue más que un juego de niños. Supo guiar a sus hombres en la niebla, desbaratar las tretas de su enemigo, sorprenderle, rodearle. Y con sus propias manos mató al despiadado Chi Yun, a quien se le había dado el sobrenombre de “El Amo de los Lobos”.

Tras la victoria, los pueblos de las riberas del río Amarillo, hicieron de Yu Xiong su rey. El Amo de los Osos obró de suerte que los vencidos se felicitaran de tenerlo por vencedor, ya que el agua no permanece en la montaña, ni la venganza en un gran corazón. Les dio un lugar en su reino.

Numerosos pueblos solicitaron la protección al rey magnánimo. Su autoridad se extendió desde las estribaciones del Himalaya hasta el mar de China. Yu Xiong tomó el título de Hijo del Cielo y se le llamó Huangdi, el Emperador Amarillo. Su nombre está asociado al color simbólico del elemento Tierra, signo del cumplimiento. Fue el primer amo del Imperio del Medio.

Huangdi supo rodearse de ministros abnegados, honrados y sabios. Fomentó tanto la agricultura, la artesanía y la medicina como las artes, la literatura y la filosofía. Era un monarca ilustrado, un espíritu universal. Sabía que el ser humano tiene tanta necesidad de poesía como de arroz porque había conocido la barbarie. Se dice que redactó de su puño y letra tanto leyes como poemas. Se le atribuye el invento de la rueda, de las odas y de las composiciones instrumentales. Y un tratado de sabiduría. Es el modelo de referencia de los poderosos. El pueblo le convirtió en un dios.

 

Los patos mandarines y el samurái

Hace ya de eso muchos años, a orillas del lago Mimidoro, hoy llamado Mizoro, al nordesde de Kyoto, vivía apaciblemente una pareja de patos mandarines. Era digno de verse, en el esplendor de la estación veraniega, al macho saltar sobre el agua y alzar el vuelo, con sus bigotes naranja, su pico rojo oscuro y sus magníficas alas frisadas. Doña pata y los niños, vestidos de modesto gris, incluso el mayor, que todavía llevaba el plumaje juvenil, no apartaban los ojos de él. De noche, saciados y dormidos los patitos, don Pato, con un tierno picotazo en la mejilla blanca y graciosa, daba las buenas noches a su esposa y, en el hueco del árbol que les servía de casa, toda la familia entraba en el país de los sueños.

Al año siguiente, con los primeros días de primavera, llegó un joven samurái que fue a instalar su cabaña a orillas del estanque. Su mujer estaba esperando su primer hijo. Eran pobres. El samurái había tenido que comprarse el equipo: los pantalones bombachos, las botas, los manguitos metálicos y la coraza de cuatro lienzos. Su mujer le había confeccionado la “venda de resolución”, su madre había ahorrado muchos años para ofrecerle las dos espadas tradicionales, la larga y la corta. Pero no tenía todavía la aterradora máscara destinada a atemorizar al enemigo. Esperaba que algún noble señor lo tomase a su servicio. Aquella noche, su mujer lo despertó y le dijo:

“Tierno esposo mío, ya sé que somos pobres, y no quisiera importunaros, pero llevo un tiempo sintiendo un deseo irresistible de comer carne, y temo que vuestro hijo se resienta de ello”. El joven samurái no dijo palabra. Tomó su arco y salió en la noche. Se apostó al borde del estanque, al acecho de alguna presa. Por casualidad, el pato mandarín estaba dando un paseo nocturno. A comienzos de primavera, el nido aún está vacío, y él pensaba en el duro trabajo de verano que le esperaba, cuando hubiera que alimentar a toda la familia. El samurái distinguió sus alas frisadas, que brillaban bajo la luna. Lanzó una flecha y lo mató. Se lo llevó en un saco y, llegado a casa, lo colgó de un palo, delante de la cabaña. Volvió luego a su lecho y se durmió.

Un ruido insólito lo sacó del sueño. Una especie de “¡tap, tap!”, como un aleteo. “Eso es que el pato sólo está herido –pensó- y se debate colgado del palo al que lo he sujetado. Tomó un cuchillo y salió. El pato mandarín estaba bien muerto, colgado boca abajo. Pero había acudido su hembra y batía las alas sobre él. El samurái hizo brillar la lámina del cuchillo y lo levantó. La pata mandarina no se movió de allí. Entonces él hizo un fuego para asarlos a los dos, al macho y a la hembra. La pata seguía agitando las alas, indiferente a su suerte, llorando a su esposo muerto. El samurái quedó entonces embargado por un sentimiento desconocido. Fue a ver a su mujer, le mostró el espectáculo de aquel amor conyugal, y su esposa lloró.

“No comería de esa carne por nada del mundo”, le dijo.

Cuentan las antiguas crónicas que el samurái se cortó el moño de guerrero y se hizo monje. Llevó una vida ejemplar, protegiendo a los animales, preocupándose por el menor insecto y su nombre se venera desde entonces. Así nos lo han transmitido entre las cosas del pasado…

 

Renki, el elefante (cuento de origen indio)

Ryoto, joven monje budista, se queja de no poder mantener la mente en reposo. Su mente salta sin parar, como un cabrito…

“O como un elefante salvaje”, dice el viejo maestro zen.

Ryoto, al ver brillar los ojos del maestro, adivina que va a contarle una historia, y se sienta a sus pies a la sombra de un banano.

Renki era un elefante salvaje que capturaron a la edad de tres años. Cuerpo de color gris claro sin mácula, defensas largas, finas y puntiagudas, orejas de perfecta forma triangular, un hermoso macho al que su amo, un comerciante de elefantes amaestrados, esperaba vender a buen precio al señor del reino. Sujetaron a Renki a una estaca, al cabo de una cuerda muy sólida. El joven elefante empezó a debatirse con energía, con furia; coceaba, pisoteaba salvajemente la tierra con sus pesadas patas, lanzaba bramidos que partían el alma. Pero la estaca estaba bien clavada, y la cuerda era gruesa. Renki no podía soltarse ni de una ni de otra. Entonces le entró una rabia desesperada, mordía el aire, con la trompa alzada, bramando lastimeramente hacia el cielo. Se agotaba de tantos esfuerzos y gritos.

Y de repente, una mañana, Renki se serenó, ya no volvió a tirar de la cuerda, ni a maltratar el suelo a cuatro patas, no volvió a hacer temblar los alrededores con sus bramidos. Entonces el amo lo soltó. Pudo ir de un lugar a otro, llevando un barril de agua, saludando a todo el mundo, prestando servicio a la comunidad. Fue feliz y libre.

Tu pensamiento es como un elefante salvaje, dice el viejo maestro a su discípulo. Coge miedo, salta en todos los sentidos y brama a los cuatro vientos. Tu “atención” es la cuerda, y el “objeto escogido para tu meditación” es la estaca clavada en el suelo. Serena tu pensamiento, domestícalo, y conocerás el secreto de la verdadera libertad.

 

El espejo mágico

Iriku había querido mucho a su padre. Ahora, el anciano se había reunido con los antepasados. A menudo, cuando trenzaba una cesta de bambú, Iriku pensaba:

“Si mi mujer no hubiese sentido tanta aversión por mi honorable padre, él hubiera sido más feliz en la vejez. Yo no hubiera vacilado en mostrarle mi afecto, mi respeto filial. Habríamos tenido largas y dulces conversaciones. Me habría contado cosas de la gente y las cosas del pasado…” Y lo embargaba la melancolía.

Un día de mercado, Iriku el cestero terminó su reserva de cestas más rápido que de costumbre. Se paseaba desocupado entre los puestos, cuando vio que había un comerciante chino que solía vender objetos extraños.

“Acércate, Iriku –dijo el comerciante-, mira qué cosa más extraordinaria tengo”. Y con aire de misterio sacó de un cofre un objeto redondo y plano, cubierto de paño de seda. Lo puso entre las manos de Iriku y, con cuidado, quitó el paño. Iriku inclinó la cabeza sobre una superficie pulida y brillante. Reconoció en su interior la imagen de su padre, tal como lo había visto en sus tiempos juveniles. Emocionado, exclamó:

“¡Este objeto es mágico!”

- ¡Sí –dijo el comerciante-, lo llaman espejo, y es valiosísimo!”.

Pero la fiebre poseía a Iriku:

“Te ofrezco todo lo que llevo encima –dijo-. Quiero este “espejo mágico” y llevarme a casa la imagen de mi amado padre”.

Tras largas discusiones, Iriku dejó en el puesto del comerciante todo lo que había ganado aquella mañana.
En cuanto llegó a casa, Iriku se fue al granero y ocultó la imagen de su padre en un cofre. Los días siguientes, desaparecía, subía al granero y sacaba del cofre el “espejo mágico”. Se quedaba largos momentos contemplando la imagen venerada y se sentía feliz. Su mujer no tardó en darse cuenta de su extraña conducta. Una tarde, cuando él dejó un cesto a medio hacer, ella lo siguió. Vio que subía al granero, buscaba en un cofre, sacaba un objeto desconocido y lo miraba largamente adoptando un aire de misterioso placer. Luego lo cubría con un paño y volvía a guardarlo con gestos amorosos. Intrigada, esperó hasta que se fue, abrió el cofre, encontró el objeto, apartó el paño de seda, miró y vio: “¡Una mujer!”. Furiosa, bajó e increpó a su marido:

“¡Así que me engañas yéndote al granero a contemplar a una mujer diez veces al día!”

- ¡Que no! –dijo Iriku-, no te quería hablar de eso porque tú no apreciabas mucho a mi padre, pero lo que voy a ver es su imagen, y eso apacigua mi corazón.

- ¡Miserable mentiroso! – vociferó la mujer-. ¡La he visto con mis ojos! ¡Lo que tienes escondido en el granero es una mujer!

- Te aseguro que…

La discusión se fue envenenando y estaba haciéndose infernal, cuando llamó a la puerta una monja. La pareja le pidió que hiciese de árbitro. La monja subió al granero, volvió y dijo:

“¡Es una monja!”

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