EXPIAR NUESTROS ERRORES
Zenkai, hijo de un samurai, asesinó a un oficial en defensa propia. Huyó de la ciudad donde vivía y, sin recursos, se convirtió en ladrón.
Años después, harto de llevar esa vida, sintió que era el momento de expiar por sus errores pasados.
Resolvió entonces realizar alguna buena acción.
Y así fue que llegó a un pueblo en donde un quebradizo puente sobre un peligroso acantilado había causado muchas muertes.
Zenkai decidió cavar un túnel en la montaña para ayudar a todos.
Durante el día, comía de las limosnas que los pobladores le daban.
Durante la noche, cavaba el túnel.
Después de 30 años, el túnel estaba muy avanzado y Zenkai sabía que en pocos años más terminaría su labor.
Pero un buen día, llegó al pueblo el hijo de aquel oficial que Zenkai había asesinado en defensa propia.
Y lo único que el joven anhelaba era vengar a su padre.
- Te daré mi vida voluntariamente – dijo Zenkai. Lo único que te pido es que me dejes terminar el túnel. Cuando complete mi labor, puedes matarme.
El hijo con sed de venganza decidió esperar la llegada de ese día.
Pasaron varios meses y Zenkai seguía cavando incansable.
El hijo entonces, cansado de no hacer nada salvo esperar la hora de su venganza, comenzó a ayudar con la excavación.
Un año pasó rápidamente, y rápidamente también el hijo llegó a admirar la fuerza de voluntad, valentía y paciencia de Zenkai.
Finalmente, el túnel fue terminado.
Los pobladores estaban agradecidos de poder cruzar ya sin riesgo alguno.
- Ahora puedes cortar mi cabeza – dijo Zenkai. Mi trabajo ha concluido.
- ¿Cómo podría yo cortar la cabeza de mi maestro? – murmuró el joven con lágrimas en los ojos.
LOS MUROS QUE NOS APRISIONAN SON MENTALES, NO REALES
Un oso recorría constantemente, arriba y abajo, los seis metros de largo de la jaula.
Cuando, al cabo de cinco años, quitaron la jaula, el oso siguió recorriendo arriba y abajo los mismos seis metros, como si aún estuviera en la jaula.
…Y lo estaba... para él…
NUESTROS ENEMIGOS NO SON LOS QUE NOS ODIAN, SINO AQUELLOS A QUIENES ODIAMOS
Un ex-convicto de un campo de concentración nazi fue a visitar a un amigo que había compartido con él tan penosa experiencia.
”¿Has olvidado ya a los nazis?”, le pregunto a su amigo.
“Si”, dijo este.
”Pues yo no. Aún sigo odiándolos con toda mi alma.”
Su amigo le dijo apaciblemente:
”Entonces, aún siguen teniéndote prisionero.”
LOS DEFECTOS QUE VEMOS EN LOS DEMÁS SON NUESTROS PROPIOS DEFECTOS
- “Perdone, señor”, dijo el tímido estudiante, “pero no he sido capaz de descifrar lo que me escribió usted al margen en mi último examen....”
- “Le decía que escriba usted de un modo más legible”, le replicó el profesor.
EL PODER DEL MIEDO
La peste se dirigía a Damasco y pasó velozmente junto a la tienda del jefe de una caravana en el desierto.
- “¿Adónde vas con tanta prisa?” Le pregunto el jefe.
- “A Damasco. Pienso cobrarme un millar de vidas.”
De regreso de Damasco, la peste pasó de nuevo junto a la caravana.
Entonces le dijo el jefe:
- “¡Ya sé que te has cobrado 50.000 vidas, no el millar que habías dicho!.”
- “No,” le respondió la peste.
- “Yo sólo me he cobrado mil vidas. El resto se las ha llevado el miedo.”
FELICIDAD
Decía un anciano que sólo se había quejado una vez en toda su vida. Cuando iba con los pies descalzos y no tenía dinero para comprar zapatos.
Entonces vio a un hombre feliz que no tenía pies.
Y nunca volvió a quejarse.
DIÓGENES
Estaba el filósofo Diógenes cenando lentejas cuando le vio el filósofo Aristipo, que vivía confortablemente a base de adular al rey.
Y le dijo Aristipo:
"Si aprendieras a ser sumiso al rey, no tendrías que comer esa basura de lentejas".
A lo que replicó Diógenes:
"Si hubieras tú aprendido a comer lentejas, no tendrías que adular al rey".
TU VERDADERO VALOR
«Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar? ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?».
El maestro sin mirarlo, le dijo:
Cuanto lo siento muchacho, no puedo ayudarte, debo resolver primero mi propio problema. Quizás después. Y haciendo una pausa agregó:
Si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este problema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar.
Encantado maestro, titubeó el joven, pero sintió que otra vez era desvalorizado, y sus necesidades postergadas.
Bien asintió el maestro. Se quitó un anillo que llevaba en el dedo pequeño y dándoselo al muchacho, agregó: toma el caballo que está allá afuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. Ve y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas.
El joven tomó el anillo y partió. Apenas llegó empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes. Estos lo miraban con algún interés, hasta que el joven decía lo que pretendía por el anillo. Cuando el joven mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le daban vuelta la cara y sólo un viejito fue tan amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era muy valiosa para entregarla a cambio de un anillo. En afán de ayudar, alguien le ofreció una moneda de plata y un cacharro de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro y rechazó la oferta.
Después de ofrecer su joya a toda persona que se cruzaba en el mercado, más de cien personas, y abatido por su fracaso, montó su caballo y regresó.
Cuanto hubiera deseado el joven tener él mismo esa moneda de oro, podría entonces habérsela entregado él mismo al maestro para liberarlo de su preocupación y recibir entonces su consejo y ayuda.
Entró en la habitación. Maestro, dijo, lo siento, no pude conseguir lo que me pediste. Quizás pudiera conseguir dos o tres monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo.
Qué importante lo que dijiste, joven amigo, contestó sonriente el maestro. Debemos saber primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar y vete al joyero. ¿Quién mejor que él para saberlo? Dile que quisieras vender el anillo y pregunta cuánto te da por él, pero no importa lo que ofrezca, no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo.
El joven volvió a cabalgar. El joyero examinó el anillo a la luz del candil con su lupa, lo pesó y luego le dijo:
Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender ya, no puedo darle más que 58 monedas de oro por su anillo.
58 MONEDAS !!!!!!!!! Exclamó el joven.
Si, replicó el joyero, yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de 70 monedas, pero no sé… si la venta es urgente.
El joven corrió emocionado a la casa del maestro a contarle lo sucedido.
Siéntate dijo el maestro después de escucharlo. Tú eres como este anillo: una joya valiosa y única. Y como tal, sólo puede evaluarte verdaderamente un experto. ¿Qué haces por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor?
Y diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo pequeño.
DESPUÉS DE UN TIEMPO
Después de un tiempo aprendes la diferencia entre sostener una mano y encadenar un alma.
Y aprendes que amar no significa apoyarse y que la compañía no significa seguridad.
Y comienzas a aprender que los besos no son contratos y los regalos no son promesas.
Y comienzas a aceptar tus derrotas con la cabeza en alto y los ojos abiertos, con la gracia de un adulto y no con la aflicción de un niño.
Y aprendes a construir todos tus caminos en el hoy, el suelo del mañana es demasiado incierto para hacer planes.
Después de un tiempo aprendes que hasta la luz del sol quema si te expones demasiado.
Entonces, cultiva tu propio jardín y embellece tu propio espíritu, en vez de esperar que alguien te traiga flores.
Y aprendes que en verdad puedes persistir.
Que en verdad eres fuerte.
Y que en verdad eres digno.
EL PESCADOR
Cuenta una historia que dos hombres fueron de pesca.
Uno era un experimentado pescador, mientras que el otro acababa de descubrir ese pasatiempo.
Cada vez que el hombre experimentado sacaba un pez grande, lo ponía en un cubo de hielo para conservarlo fresco. Cada vez que el hombre sin experiencia sacaba un pez grande, lo devolvía al río.
El pescador avezado, observando que esto sucedía una y otra vez, se hartó de ver cómo su compañero desperdiciaba buen alimento. “¿Por qué devuelves al río todos los peces grandes que pescas?, preguntó.
Y el hombre contestó: “Es que tengo una sartén pequeña”.
¡QUIERO VER AL HOMBRE SABIO!
En un país cuyo nombre se ha olvidado, una noticia desfilaba por las calles: un hombre sabio vivía en una pequeña cabaña en lo alto de la montaña, la montaña más alta, abrupta y escabrosa de la región.
De entre todos los hombres del pueblo, sólo uno decidió emprender la ardua y peligrosa jornada que lo conduciría hasta el sabio.
Tras muchos días de denodado empeño, el hombre llegó a la cabaña del sabio.
En la puerta, un sirviente consumido y harapiento, lo saludó amablemente.
- Quiero ver al Sabio, dijo el hombre. El sirviente sonrió y, tomándolo de la mano, lo condujo al interior de la cabaña.
Mientras recorrían los diminutos espacios, la ansiedad del hombre crecía al anticipar que el sabio estaría detrás del próximo recoveco.
Antes de percatarse, ¡el sirviente lo había dejado del lado de afuera de la puerta trasera!
- ¡Quiero ver al Sabio!, vociferó el hombre, presa de indignación.
- Ya lo has visto-, respondió el sirviente.
LIBERTAD
Érase una vez un hombre, un hombre bueno y luchador por la libertad.
Viajando por las montañas, un día se detuvo en un caravasar para pasar la noche.
Y así fue cómo se sorprendió al ver a un hermoso loro en una jaula de oro repitiendo incesantemente “¡Libertad! ¡Libertad!”.
La geografía del lugar permitía que esas palabras se hicieran eco en los valles, en las montañas.
El hombre pensó para sí, “he visto muchos loros y siempre creí que deben desear liberarse de sus jaulas… pero nunca encontré uno que durante todo el día, desde el alba hasta el crepúsculo, clamara por su libertad”.
Así tuvo una idea…
Entrada ya la noche, cuando el dueño del loro se encontraba profundamente dormido, abrió la puerta de la jaula y le murmuró al loro “ahora sal”.
Grande fue su sorpresa cuando vio que el loro se aferraba a los barrotes de la jaula. El hombre le susurraba una y otra vez “¿Te has olvidado acaso de la libertad? ¡Sal ahora! La puerta está abierta y tu dueño duerme. Nunca nadie se dará cuenta. Vuela hacia los cielos, todo el cielo te pertenece”.
Sin embargo, el loro seguía aferrándose fuerte y enérgicamente a la jaula.
El hombre exclamó: “¿Qué te sucede? ¿Estás demente?”.
Tomó al loro con sus propias manos, pero éste comenzó a clavarle su pico mientras al mismo tiempo gritaba “¡Libertad! ¡Libertad!”.
Los valles de la noche repetían y repetían esas palabras y el hombre era obstinado, después de todo era un luchador por la libertad.
Finalmente pudo arrancar al loro de la jaula y lanzarlo a los cielos. Se sentía muy satisfecho, a pesar de las heridas en sus manos.
El loro lo había atacado con ferocidad pero el hombre se sentía inmensamente satisfecho por haber liberado un espíritu prisionero.
Y se fue a dormir.
Cuando abrió los ojos a la mañana siguiente, escuchó las palabras “¡Libertad! ¡Libertad!”. Quizás el loro esté sentado en una roca o en un árbol- se dijo a sí mismo.
Cuando se levantó, pudo ver al loro sentado en su jaula. La puerta estaba abierta…
REGALOS DEL CORAZÓN
Cuenta una vieja leyenda que un joven, mientras vagaba por el desierto, encontró un manantial de deliciosa agua cristalina.
El agua era tan dulce que llenó su cantimplora de cuero a fin de llevarle un poco de ese manantial al anciano de la tribu que otrora había sido su maestro.
Después de una caminata de cuatro días, el joven llega a la tribu y le entrega su cantimplora al anciano quien, tras beber un largo sorbo, sonríe cálidamente a su estudiante, colmándolo de elogios y agradecimientos por esa agua tan dulce.
El joven regresa a su hogar con un corazón rebosante en dicha.
Más tarde, ese mismo día, el anciano permite que uno de sus estudiantes pruebe un poco de agua.
Instantáneamente la escupe, vociferando acerca del pútrido sabor del líquido.
Los hechos indicaban que el agua se había puesto rancia debido a la cantimplora de cuero.
Sin pensarlo dos veces, el estudiante censura a su maestro:
- Maestro, el agua estaba nauseabunda. ¿Por qué has aparentado que te gustaba?
Y el maestro respondió: “Tú sólo saboreaste el agua, sin embargo, yo saboreé el regalo.
El agua no era sino el recipiente de un acto de amor, y nada, nada en este mundo es más dulce que eso”.
EL LEÓN: CUENTO HINDÚ
En una ocasión, un león se aproximó hasta un lago de aguas despejadas para calmar su sed y, al acercarse a las mismas, vio su rostro reflejado en ellas y pensó: "¡Vaya!, este lago debe ser de este león. Tengo que tener mucho cuidado con él." Atemorizado se retiró de las aguas, pero tenía tanta sed que regresó a las mismas. Allí estaba otra vez el "león". ¿Qué hacer? La sed lo devoraba y no había otro lago cercano. Retrocedió. Unos minutos después volvió a intentarlo y, al ver al "león" abrió las fauces amenazadoramente, pero al comprobar que el otro "león" hacía lo mismo, sintió terror.
Salió corriendo, pero ¡era tanta la sed!
Lo intentó varias veces de nuevo, pero siempre huía espantado. Pero como la sed era cada vez más intensa, tomó finalmente la decisión de beber agua del lago sucediera lo que sucediese. Así lo hizo. Y al meter la cabeza en las aguas, ¡el "león" desapareció!
El Maestro dice: Muchos de nuestros temores son imaginarios. Sólo cuando los enfrentamos, desaparecen. No dejes que tu imaginación descontrolada usurpe el lugar de la realidad ni te pierdas en las creaciones y reflejos de tu propia mente.
¿AVISARÍAS A LOS PERSONAJES DE TU SUEÑO?
El discípulo se reunió con su mentor espiritual para indagar algunos aspectos de la Liberación y de aquellos que la alcanzan. Departieron durante horas. Por último, el discípulo le preguntó al maestro:
- ¿Cómo es posible que un ser humano liberado pueda permanecer tan sereno a pesar de las terribles tragedias que padece la humanidad?
El mentor tomó entre las suyas las manos del perplejo discípulo, y le explicó:
- Tú estás durmiendo. Supóntelo.
Sueñas que vas en un barco con otros muchos pasajeros. De repente, el barco encalla y comienza a hundirse. Angustiado, te despiertas. Y la pregunta que yo te hago es: ¿Acaso te duermes rápidamente de nuevo para avisar a los personajes de tu sueño?
ACEPTACIÓN
En una aldea donde vivía Hakuin, el gran Maestro Zen, llegó un día una muchacha embarazada. Su padre la amenazó para que confesara el nombre de su amante y finalmente, para escapar del castigo, ella le dijo que había sido Hakuin.
El padre no dijo nada más, pero al llegar el momento en que nació la criatura, inmediatamente la llevó a Hakuin y la arrojó ante él. `Parece ser que éste es tu hijo`, le dijo, y soltó una ola de insultos y comentarios despectivos por lo sucedido. El Maestro Zen sólo dijo: `Oh, ¿de veras?` y tomó al bebé en sus brazos. A partir de entonces, a todas partes que iba llevaba a la criatura, envuelto en la manga de su andrajosa túnica. En los días de lluvia y en las noches de tormenta salía a mendigar leche de las casas vecinas. Muchos de sus discípulos, considerándolo caído, le dieron la espalda y lo abandonaron. Y Hakuin no pronunció una sola palabra.
Entretanto la madre se dio cuenta que no podía tolerar la agonía de estar separada de su hijo. Confesó el nombre del padre verdadero y su propio padre corrió a Hakuin y se postró ante él, suplicándole una y otra vez que lo perdonara.
Hakuin solamente dijo: `Oh, ¿de veras?` y le devolvió la criatura.
Esto es la aceptación. Esto es tathata. Cualquier cosa que traiga la vida está bien, absolutamente bien. Esta es la cualidad semejante a la del espejo: nada está bien, nada está mal, todo es divino. Acepta la vida como es. Aceptándola, desaparecen los deseos, desaparecen las tensiones, desaparece el descontento. Aceptándola tal como es, uno comienza a sentir mucho gozo y por ningún motivo en especial.
Cuando la alegría tiene un motivo, no durará mucho. Cuando la alegría no tiene motivo alguno, durará para siempre.
Zen: El Camino de la Paradoja
¿HASTA CUÁNDO DORMIDO?
Era un pueblo de la India cerca de una ruta principal de comerciantes y viajeros. Acertaba a pasar mucha gente por la localidad. Pero el pueblo se había hecho célebre por un suceso insólito: había un hombre que llevaba ininterrumpidamente dormido más de un cuarto de siglo. Nadie conocía la razón. ¡Qué extraño suceso! La gente que pasaba por el pueblo siempre se detenía a contemplar al durmiente.
¿Pero a qué se debe este fenómeno? -se preguntaban los visitantes-. En las cercanías de la localidad vivía un eremita. Era un hombre huraño, que pasaba el día en profunda contemplación y no quería ser molestado. Pero había adquirido fama de saber leer los pensamientos ajenos. El alcalde mismo fue a visitarlo y le rogó que fuera a ver al durmiente por si lograba saber la causa de tan largo y profundo sueño. El eremita era muy noble y, a pesar de su aparente adustez, se prestó a tratar de colaborar en el esclarecimiento del hecho. Fue al pueblo y se sentó junto al durmiente. Se concentró profundamente y empezó a conducir su mente hacia las regiones clarividentes de la consciencia. Introdujo su energía mental en el cerebro del durmiente y se conectó con él. Minutos después, el eremita volvía a su estado ordinario de consciencia. Todo el pueblo se había reunido para escucharlo. Con voz pausada, explicó:
- Amigos. He llegado, sí, hasta la concavidad central del cerebro de este hombre que lleva más de un cuarto de siglo durmiendo. También he penetrado en el tabernáculo de su corazón. He buscado la causa. Y, para vuestra satisfacción, debo deciros que la he hallado. Este hombre sueña de continuo que está despierto y, por tanto, no se propone despertar.
El Maestro dice: No seas como este hombre, dormido espiritualmente en tanto crees que estás despierto.
EL FORMIDABLE PODER DE UN ÁGUILA
Un buen hombre encontró un huevo abandonado y por su forma y tamaño dedujo que se trataba de un águila. Como no tenía donde protegerlo, la alternativa más simple fue cobijarlo en un improvisado nido de un gallinero.
Poco tiempo después, un águila nació y creció con una camada de gallinas. Toda su vida el águila hizo lo mismo que las gallinas del corral, ya que se creía semejante a ellas. Arañaba la tierra en busca de gusanos e insectos. Cloqueaba y cacareaba. Y golpeaba sus alas para volar unos centímetros por el aire.
Los años pasaron y el águila fue envejeciendo. Un buen día contempló una magnífica ave surcando un cielo limpio de nubes. Volaba en graciosa majestuosidad en medio de poderosas corrientes de aire, casi sin batir sus fuertes alas doradas. La longeva águila miró hacia arriba con un profundo respeto.
¿Qué es eso? – preguntó
Eso es un águila – le contesto alguien del corral. Pertenece al cielo. Pero nosotras pertenecemos a la tierra porque somos gallinas.
Así fue que un águila vivió y murió como gallina porque eso es lo que ella pensaba que era.
DISCUSIÓN ESPIRITUAL
Una vieja tradición permite que un buscador pase la noche en un templo siempre y cuando derrote a un religioso en una discusión sobre espiritualidad.
En un lejano templo vivían dos hermanos, ambos religiosos. El mayor podría considerarse como un sabio mientras que el menor, siendo algo tonto, había perdido un ojo en su infancia. Una noche llega un buscador que, deseoso de hospedarse, pide tener una discusión sobre espiritualidad. El hermano mayor estaba cansado, así que permite que su hermano menor tome su lugar.
Al poco rato, el buscador se retira del templo, no sin antes decirle al religioso que había sido derrotado por su brillante hermano.
- Cuéntame la discusión, por favor – requirió el religioso.
- Muy bien – contestó el buscador. Primero levanté un dedo representando a Dios. Su hermano levantó dos dedos, representando a Dios y sus enseñanzas. Yo le enseñé tres dedos, simbolizando a Dios, sus enseñanzas y sus discípulos viviendo en armonía. Luego su hermano cerró con fuerza su puño y lo acercó a mi rostro, dando a entender que todo eso proviene de un solo Entendimiento. Así ganó la discusión y yo no puedo pasar la noche aquí.
Momentos después, el hermano menor aparece persiguiendo desesperadamente al buscador.
- Entiendo que ganaste el debate – exclamó el hermano mayor
- ¡Yo no gané nada! ¡Quiero destrozarlo!
- Cuéntame la discusión, por favor.
- Muy bien – contestó el hermano menor. Primero levantó un dedo burlándose de mi único ojo. Como era un buscador, pensé que sería bueno felicitarlo porque él tiene dos, así que levanté dos dedos. Luego y de manera muy impropia, el buscador me mostró tres dedos, dando a entender que entre los dos sólo teníamos tres ojos. Esto me enfureció y le mostré mi puño para pegarle pero salió corriendo.
LIBRO SANTO
Érase una vez un hombre que formó un camino espiritual y al que todos consideraban una persona muy ilustrada.
Sus seguidores adoptaron la costumbre de registrar en un libro todas las instrucciones que el maestro daba. Con el paso de los años, el libro alcanzó un considerable volumen con un copioso registro de toda clase de instrucciones.
A los seguidores de este camino se les aconsejaba no hacer nada sin primero consultar en el libro santo. Donde quiera que fueran, sin importar qué hicieran, debían consultar el libro, especie de manual para guiar sus vidas.
Un buen día, mientras cruzaba un puente de madera, el maestro cayó al río. Los seguidores estaban allí, junto a él, pero ninguno sabía qué hacer en tales circunstancias. Decidieron entonces, consultar al libro santo.
"¡Ayuda" – gritaba el maestro – "¡No sé nadar!"
"¡Espere unos momentos, Maestro! ¡No se ahogue! – respondieron los discípulos. "¡Estamos consultando el libro santo!
¡Tienen que estar las instrucciones a seguir en caso de que usted caiga al río mientras cruza un puente de madera!".
Mientras los discípulos recorrían las páginas del libro buscando las instrucciones apropiadas, el maestro desaparecía en el agua.
LA IRA
Un joven estudiante de un camino espiritual visitó cuanto maestro pudo.
Participó de retiros, meditaciones, sintiéndose muy entusiasmado con su progreso espiritual. Sólo quedaba un maestro por visitar. Cuando fue a verlo, tenía grandes deseos de mostrarle sus logros y pronunció solemne: Los seres vivientes, después de todo, no existen.
La desilusión, el entendimiento, los eruditos o la mediocridad tampoco. No hay nada que dar pues todo nos ha sido dado ya. Y nada de todo esto existe.
El maestro guardó silencio, mientras encendía su pipa.
Repentinamente, golpeó al joven con su pipa de bambú. Esto hizo enfurecer al joven. Si nada existe – preguntó el maestro - ¿de dónde proviene esa ira?
PERSIGUIENDO DOS CONEJOS
Un estudiante de artes marciales se aproximó al maestro con una pregunta. “Quisiera mejorar mi conocimiento de las artes marciales. Además de aprender contigo, quisiera aprender con otro maestro para aprender otro estilo. ¿Qué piensas de esta idea?”.
El cazador que persigue dos conejos –respondió el maestro-, no atrapa ninguno.
PIEDRA PRECIOSA
Mientras caminaba por unas montañas solitarias, un hombre descubre una piedra preciosa a la vera de un rio. Al verla, decide guardarla en su bolso.
Al día siguiente, se topa con un viajero. Hambriento, débil y sin esperanza.
Sin pensarlo, el hombre abre su bolso y comparte sus alimentos con el viajero.
Tras recuperar las fuerzas, el viajero comenta que ha visto un brillo en el interior del bolso.
El hombre entonces le muestra la piedra preciosa y el viajero, reconociendo su valor, le pide que se la regale.
El hombre extiende su mano y le entrega la piedra sin más.
El viajero reanuda el camino, feliz con su nueva fortuna. Esa piedra le permitiría tener una vida segura y tranquila, sin privaciones ni necesidades.
Pero vuelve sus pasos atrás, en busca de ese generoso desconocido.
Al poco lo encuentra y le dice:
- He estado pensando acerca del enorme valor de esta piedra y quiero devolvértela. Lo hago con la esperanza de que me des a cambio algo que posees y que es mucho más valioso.
El hombre mira al viajero con sorpresa.
El viajero continuó diciendo:
- Quiero que me des eso que tienes que te permitió regalarme esta piedra de infinito valor sin dudarlo un instante.
CINCO CAMPANAS
Érase una vez una posada llamada "La Estrella de Plata".
Su dueño hacía todo cuanto podía por su clientela. Se esforzaba por hacer de su posada un lugar confortable, por atender cordialmente a los clientes y cobrar precios razonables. Sin embargo, el dinero no alcanzaba.
Desesperado, acudió a un sabio. Éste, tras escuchar su sincera preocupación, le dijo:
- La forma en que puedes revertir esta situación es muy sencilla. Cámbiale el nombre a la posada.
- ¡Imposible! - dijo el posadero. ¡Se ha llamado "La Estrella de Plata" durante generaciones, y así la conoce todo el país!
El sabio continuó diciendo:
- A partir de ahora debes llamarla "Las Cinco Campanas".
- ¿Las cinco campanas? -preguntó sorprendido el dueño-. ¿Qué clase de nombre es ese?
El sabio prosiguió con sus instrucciones:
- Debes, además, colgar seis campanas en la entrada.
- ¿Seis campanas? ¡Eso es absurdo! ¿Para qué va a servir?
El sabio no dijo nada más.
Eran tan pobres y débiles las esperanzas que tenía, que el posadero decidió hacer exactamente lo pedido por el sabio.
Y esto fue lo que sucedió…
No había ningún viajero que, al pasar por delante de la posada, resistiera la tentación de hacer notar el terrible error que el dueño de la posada había cometido. ¡Llamar a un lugar “Las Cinco Campanas” y colgar seis en la entrada era una garrafal equivocación que no podía pasarse por alto!
Una vez que el viajero ingresaba al lugar, quedaba tan impresionado por la cordialidad, calidez y esmerado servicio, que decidía alojarse en la posada.
Y así fue cómo con el tiempo, el dueño consiguió saldar todas sus deudas y ahorrar una pequeña fortuna, recordando siempre que no hay nada que le brinde tanto placer al ego como corregir los errores de los demás.