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JUZGAR Y SER JUZGADOS
Anna Horno

 

Libera Tu Ser - Reflexiones personales: "JUZGAR Y SER JUZGADOS"

 

Escuchando a Tolle en un vídeo que habla sobre inocencia y culpabilidad y los juicios que los demás emiten sobre nosotros, me han surgido ciertas reflexiones:

¿Qué importancia tiene que parezca que los demás nos están juzgando?... eso es simplemente un espejismo, una ilusión, aquello a lo que nuestra mente enferma ha reducido a esos seres y a ese instante, que no se corresponde en absoluto con lo que verdaderamente está sucediendo, ni tampoco guarda relación alguna con lo que esos seres son en realidad.

¿Qué sucede cuando un perro nos enseña los dientes en señal de advertencia, un gato se eriza ante nuestra presencia, o un bebé llora cuando lo tomamos en brazos?... de algún modo, ellos también han emitido algún tipo de juicio acerca de nosotros (probablemente se sientan amenazados, o invadidos, o asustados…), razón por la cual despliegan sus mecanismos de defensa.

Creo que el tema de sentirse cómodo o incómodo ante la presencia de los demás, tiene más que ver con nuestra particular manera de proyectar la inocencia y la culpa, que con cómo los demás nos perciben, que a la postre, no repercute en nosotros, sino en ellos mismos. Proyectar la inocencia, es tan “habitual” como proyectar la culpa, el dónde y cómo decidimos proyectarlas, forma parte de las “particularidades” de cada ser humano.

No creo que nuestra felicidad o infelicidad, el estar a gusto o no estarlo, dependa de lo que los otros hagan o digan con respecto a nosotros, sino de lo que nosotros hacemos con respecto a lo que los demás parece que hacen y dicen.

Observo que ante este tipo de situaciones, en las que en apariencia estamos siendo juzgados, se establece claramente una relación de CAUSA/EFECTO, donde la causa es nuestra mente (tal como nos percibimos a nosotros mismos, percibimos a los demás), y el efecto, lo que parece suceder ahí fuera.

Jesús decía: “no juzgues para no ser juzgado”. Sabía que no había nadie ahí fuera a quien juzgar, sabía que condenar a otro, equivale a condenarnos a nosotros mismos, puesto que el otro, no es más que nuestro propio reflejo. No juzgues, pues en ese acto, estás olvidando quién eres, te estás negando tu divinidad... lo que niego a otro, es a mí mismo a quien se lo niego.

La clave, creo yo, está en llegar a alcanzar un nivel de conciencia de nosotros mismos que nos permita percibir la inocencia en todas partes.

Nuestros conocimientos aprendidos, son los que nos mantienen anclados en el pasado, cada respuesta, cada reacción ante un estímulo del exterior, tiene que ver con una experiencia anterior. Mirar con inocencia, significa que sabemos quiénes somos y quiénes son los demás; mirar con inocencia significa que no tenemos más necesidad de ver culpables donde no los hay, significa que ya no nos dejamos impresionar por nada de lo que perciben nuestros ojos físicos, pues existe el profundo reconocimiento de que no es real, siendo así, ¿qué necesidad hay de reaccionar o responder en modo alguno?

En la medida en que recordamos quienes somos, recordamos quienes son los demás. Cuando ese reconocimiento sucede, no hay tiempo ni lugar para los juicios. El mayor regalo que podemos hacer a otro ser humano, es el de ver claramente y sin ningún tipo de duda quién es en realidad, a través de nuestra propia visión del otro, le estamos recordando a su mente quién es. No es su ausencia de juicios lo que nos permite sentirnos cómodos en presencia de otros seres (eso sólo forma parte de nuestros condicionamientos), sino el recuerdo de nuestro verdadero ser. Cuando percibo la inocencia en otra persona, estoy devolviendo tanto a su mente como a la mía, la inocencia que es y de la que proceden: ese es el recuerdo que nos permite vivir la experiencia del Ser, en ese recuerdo radica nuestra felicidad.

Cuando yo digo de otra persona: “me está juzgando”; cuando yo pienso de un animal: “qué bien me siento, no me juzga”, estoy cayendo en juicios, eso también es un juicio. Los juicios pueden ser positivos o negativos, pero no por ello dejan de ser juicios. Cuando en lo más profundo de nosotros mismos sabemos quiénes somos, nos sentimos cómodos en todas partes, ante cualquier ser, y en todo tipo de situaciones… el mundo exterior deja de tener poder sobre nosotros.

En mi opinión, Tolle se confunde al otorgar realidad a lo que parece suceder en el mundo. Se confunde al creer que los demás pueden juzgarnos, o que nosotros podemos juzgar a otros… eso sólo forma parte de la ilusión del ego. En la unidad, no hay nada que juzgar, puesto que todos somos UNO, no hay nada distinto o separado de nosotros, ¿qué podemos juzgar entonces?

En resumen, pienso que la clave está en no creer en nada de lo que nos muestran los sentidos físicos, pues esa no es más que la trampa a la que el ego nos tiene acostumbrados y en la que nos mantiene prisioneros.

Cuando las relaciones se producen al nivel del Ser, y eso sucede cuando sabemos quiénes somos y por extensión quién es el otro, es cuando se establece una verdadera comunicación, libre, fluida, incondicionada y exenta de juicios. Sólo mediante el recuerdo de nuestra verdadera identidad, podremos liberarnos de nuestra adicción a los juicios, ya sean propios o ajenos.

No importa lo que parezcas ser, pues lo que en verdad eres es eterno e inmutable.

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