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VÍCTIMAS Y VERDUGOS

 

Libera Tu Ser - Kenneth Wapnick "El soñador del sueño"



Publicado por la Foundation For a Course in Miracles, escrito por Kenneth Wapnick y traducido al castellano por Juan Illan Gómez.

 

 

Pregunta n° 823: Actualmente estoy en medio de un procedimiento legal para tener acceso a mi nieto de dos años y medio. Hemos tenido bastante influencia en su crianza hasta julio pasado, cuando su madre (no es nuestra hija) nos retiró el acceso a él, porque mi hijo (su padre) tiene una relación nueva. Estoy teniendo dificultades enormes para ver estos acontecimientos en otros términos que no sean los del mundo. ¿Cómo tengo que pensar en esta relación especial para ir más allá del considerable dolor que me está causando?

Respuesta: Una situación como la que describes sólo se puede experimentar como descorazonadora y dolorosa mientras pensemos en ella permaneciendo en el nivel del mundo. Porque la mente dirigida por el ego sólo sabe pensar en términos de víctimas y verdugos, y esos papeles pueden parecer definidos y asignados con completa claridad mientras sigamos escuchando al ego. Pero eso es exactamente por lo que todos nosotros quisimos ponernos de acuerdo en hacer cuando quisimos venir juntos a representar este guión particular. Y todos incluye padres, abuelos, niño y cualquier otro que esté atrapado en este drama desgarrador.

Una vez que hemos optado por vernos a nosotros mismos y a los demás como cuerpos –lo cual es inevitable una vez que nos encontramos en el mundo– el juego de echar la culpa e intercambiarse la culpabilidad tiene que ponerse en marcha. Y para que el juego funcione todos tenemos que sentir, cada uno desde su propio punto de vista, que hemos sido o estamos siendo tratados injustamente, lo que a continuación justifica nuestras ideas de ataque como respuesta. Este acuerdo oculto de ser víctimas, que yace detrás de toda nuestra lidia con los demás, se describe explícitamente en Un Curso de Milagros, en “Los Votos Secretos” (T.28.VI), donde Jesús explica el papel del cuerpo en este autoengaño: “El cuerpo representa la brecha que se percibe entre la pequeña porción de mente que consideras tu mente, y el resto de lo que realmente es tuyo. Lo odias, sin embargo, crees que es tu ser, el cual perderías sin él. Éste es el voto secreto que has hecho con cada hermano que prefiere caminar solo y separado. Éste es el juramento secreto que renuevas cada vez que percibes que has sido atacado. Nadie puede sufrir a menos que considere que ha sido atacado y que ha perdido como resultado de ello. El compromiso de estar enfermo se encuentra en tu conciencia, aunque sin expresarse ni oírse. Sin embargo, es una promesa que le haces a otro de que él te herirá y de que a cambio tú lo atacarás” (T.28.VI.4, cursivas añadidas).

Parece una locura cuando se dice así de claro y de directo, pero esto es en lo que todos andamos metidos inconscientemente todo el tiempo. ¿Y por qué habríamos de aceptar un arreglo tan demencial con todos nuestros hermanos y hermanas? Para entender la motivación de esta locura, necesitamos reconocer que el origen real del dolor que experimentamos en tales situaciones del mundo viene de la creencia, que mantenemos en nuestra mente, en que somos un Hijo ingrato que hemos perdido nuestro amor y nuestra inocencia apartándonos de nuestro Padre eterno. Pero semejante autoacusación es demasiado dolorosa para mantenerse en nuestra consciencia, y así hemos hecho un mundo que puede disfrazar la “verdad” de nuestro ataque a Dios, de manera que podamos ver la culpa fuera de nosotros. La forma del ataque proyectado variará con las circunstancias, pero en situaciones como la tuya parecerá que un niño – que simboliza nuestro amor e inocencia perdidos – nos está siendo arrebatado cuando claramente no tenemos la culpa, y esa es la causa de nuestro dolor.

Y todo el que está atrapado en el drama siente de alguna manera ser una víctima y estar justificado, por tanto, en su manera de pensar y actuar. De hecho en este reconocimiento está la clave para escapar del dolor. Pues cuando somos capaces de empezar a ver que todos somos en realidad el mismo, enredado en los mismos engaños del ego – buscando la manera de proyectar su dolorosa culpabilidad, viéndose a sí mismo privado de amor, creyendo que la relación amorosa especial requiere que los cuerpos estén juntos (T.15.VII.8:2) – podemos entonces ser capaces de empezar a liberar los juicios que mantenemos en contra de los demás, que nos mantienen aparte de ellos en nuestra mente, lo cual es el verdadero origen del dolor. Si pudiéramos saber y aceptar que el amor que queremos y necesitamos ya está presente dentro de nosotros, ninguna pérdida aparente en lo exterior podría tener efecto alguno sobre nosotros.

Es importante hacer énfasis en que todo lo que hemos estado discutiendo aquí se refiere sólo al nivel del pensamiento o contenido, y no tiene ninguna implicación específica en las acciones que estés tomando. En otras palabras, se puede seguir adelante con los procedimientos legales que hayas iniciado sin que sean un ataque contra la madre de tu nieto. Esos procedimientos pueden ser un aula donde tengas la oportunidad de observar cómo de fuerte sigue siendo tu deseo de proyectar tu culpabilidad sobre tu ex-nuera. Y en los momentos en que estés en tu mente sana, sabrás que es posible seguir tomando acciones legales sin condenarla ni atacarla por su necesidad de proyectar su culpabilidad y de atacar en lo que parece autodefensa, y no sentirás más que amor por todos los implicados en la batalla judicial, porque estarás por encima del campo de batalla.

“Los que son conscientes de la fortaleza de Dios jamás podrían pensar en batallas. ¿Qué sacarían con ello sino la pérdida de su perfección? Pues todo aquello por lo que se lucha en el campo de batalla tiene que ver con el cuerpo: con algo que éste parece ofrecer o poseer. Nadie que sepa que lo tiene todo podría buscarse limitaciones ni valorar las ofrendas del cuerpo. La insensatez de la conquista resulta evidente desde la serena esfera que se encuentra por encima del campo de batalla. ¿Qué puede estar en conflicto con lo que lo es todo? ¿Y qué hay que, ofreciendo menos, pudiese ser más deseable? ¿A quién que esté respaldado por el amor de Dios podría resultarle difícil elegir entre los milagros y el asesinato?” (T.23.IV.9).

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