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UNIDAD FRENTE A SEPARACIÓN
Anna Horno

 

Libera Tu Ser - Reflexiones personales: "UNIDAD FRENTE A SEPARACIÓN"

 

No deja de asombrarme descubrir cómo las piezas de este inmenso puzzle que parece ser “mi vida”, van encajando poco a poco, una tras otra.

Mi comprensión en lo relativo a mi búsqueda inconsciente, y el modo en que el estado de mi mente se ha reflejado en todas y cada una de mis experiencias en este mundo, se ha ido revelando en los últimos tiempos, y de repente, todo cobra sentido, alcanzo a percibir un propósito que nunca antes había conseguido vislumbrar, ni tan siquiera imaginar… es como si la cordura se hubiese restaurado en mí, facilitándome una auténtica y más amplia visión de las cosas…

No es posible tener una experiencia sobre algo distinto a lo que somos, de modo que mientras no sintamos la unidad en lo más profundo de nosotros mismos, la experiencia de unidad quedará velada para nosotros, y en su lugar, percibiremos repetidamente y de mil formas distintas, la experiencia de ser una entidad separada… causa y efecto se encuentran íntimamente ligados.

Hoy, echando la vista atrás, veo claros mis anhelos inconscientes, mi búsqueda a ciegas, que no ha sido otra que volver a la experiencia de unidad, de sentir que soy una con todo, que formo parte de algo más vasto que un cuerpo en un mundo que no comprendo...

Hace algunos años, dejé mi ciudad natal para ir a vivir a un pequeño pueblo del Pirineo aragonés… en aquel entonces no hubiese podido describir con precisión qué andaba persiguiendo con aquella decisión. Pensé que podría encontrar otro tipo de relaciones, más humanas, más cercanas; pensé que hallaría el lugar en el que sentir mi pertenencia a este mundo; pensé que la solidaridad y la amistad se encontrarían entre las gentes sencillas de este hermoso lugar… pero me equivoqué. Mi experiencia desde el punto de vista de las relaciones interpersonales, no varió ni un ápice. Volví a topar con las mismas dificultades; la misma incomprensión, la misma falta de comunicación y de cooperación... el mismo desgarrador sentimiento de aislamiento y separación se apoderó de mí al poco tiempo.

También busqué la experiencia de unidad en las relaciones de pareja, aunque solamente hoy soy capaz de definir exactamente la búsqueda… cuantos cambios, cuantas “guerras” que no sirvieron para nada más que perpetuar mi estado mental de aparente separación. Condené a todos y cada uno de mis amantes por no ser uno conmigo, por no tener una meta o un propósito que compartir; ¡ja!, tiene gracia viniendo de alguien que siempre puso sus intereses personales por encima de los comunes. Una pareja tras otra repitieron idénticas situaciones, los mismos patrones de comportamiento. No podría haber sido de otra manera, pues mis ideas no habían abandonado mi mente… el “pecado” no había sido perdonado, de modo que separación es todo lo que podía proyectar, recrear y percibir en el mundo de ahí fuera.

Y yo seguí cambiando de compañero, siempre con la esperanza de que el siguiente pudiese ajustarse a ese deseo inconsciente de volver a mi unidad con Dios; y seguí buscando fuera lo que solamente dentro de mí podía encontrar. Y llegó un día en que triste y decepcionada, cansada ya de buscar y no hallar, decidí que debía haber un modo distinto de hacer las cosas, y comprendí que el mundo no cambiaría a menos que yo cambiase primero.

He buscado la unidad en la amistad, y también allí fracasé. Siempre encontraba razones para aislarme, “buenos” motivos que justificaban las diferencias que establecía entre yo y los demás. Si mi amiga no hacía o no se comportaba tal y como yo esperaba, sentía la traición amenazando “mi amistad”, y esa traición, no era más que la forma que adoptaba mi propio sentimiento de culpabilidad que necesitaba proyectar en los otros, para así, aparentemente poder librarme de él… todos son culpables menos yo.

Y busqué en mi hija, pensando que siendo sangre de mi sangre, no habría modo de no vivir en la perfecta unidad con ella… y me equivoqué de nuevo. El conflicto surgió una vez más, y surgió bajo la apariencia de la desobediencia… si ella no se ajustaba a mis “reglas”, yo me enfadaba, y ya tenía la excusa perfecta para ver la culpa fuera de mi: mi hija era la única culpable de que no me fuese posible mantener un estado de paz en mi interior.

Vivimos en un mundo de proyección y percepción, el mundo que nosotros mismos hemos fabricado, y que sólo podíamos fabricar a semejanza del contenido en la mente. De modo que el verdadero poder para cambiar, no está en lo que percibimos, no está en el mundo exterior; el verdadero poder reside en nuestra mente (que es el proyector), en nuestro mundo interior.

Es difícil entender la experiencia de unidad, y el papel que el mundo de las formas juega en contra de esta experiencia. Cuando lo único que podemos ver es lo que nuestros ojos, que son parte de la ilusión, nos muestran, es difícil comprender, ni tan siquiera aceptar la idea de una realidad distinta. Los cuerpos (cualquier forma), expresan y reflejan la idea de la separación: si yo veo una forma, estoy viendo algo distinto a mí.

Para practicar con esta idea, a mí me gusta visualizar una luz que todo lo abarca, sólo luz por todas partes, y yo estoy dentro, sin cuerpo, sin forma, sólo hay luz, ahí no hay separación, no hay nada distinto, todo es lo mismo, nada con lo que compararme para establecer diferencias, no hay límites entre yo y lo demás, porque todo es igual que yo: luz. El cuerpo impone límites, pero, ¿qué queda cuando los cuerpos desaparecen?

Ahora sé que el ego, ha estado recreando para mí la falsa idea de la separación, haciéndola real con cada experiencia, con cada persona a la que juzgué y condené, con cada situación que no comprendí correctamente, con cada apariencia a la que doté de realidad. De modo que para poder salir de la trampa, el único modo de librarnos del sueño, es acercándonos a cada cuerpo, ya sea que tome la forma de un animal, de una planta, un objeto o una persona, y experimentar ser uno con él, puesto que él, no es más que una parte fragmentada de mi mente que no me está permitiendo experimentar la totalidad, sino sólo un aspecto dividido de ésta. Y sólo existe un modo de acercarnos a ello, y no es otro que a través de los pensamientos de amor que enviamos, de la ausencia total de juicio, con la mirada inocente, viendo inocencia y perfección en todas partes, renunciando a dar veracidad a lo que los ojos perciben.

A través del perdón (entendiendo que nada de lo que los ojos del cuerpo perciben es real), poco a poco la paz se va abriendo camino en mi mente, derribando las barreras que yo misma levanté, y ese lugar que por tantas vidas se mantuvo oculto para mí, finalmente se me ha revelado: ¡ESTABA DENTRO DE MI!.

 

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