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SOBRE LAS RELACIONES ENTRE PADRES E HIJOS

 

Libera Tu Ser - Kenneth Wapnick "El soñador del sueño"



Publicado por la Foundation For a Course in Miracles, escrito por Kenneth Wapnick y traducido al castellano por Juan Illan Gómez.

 

Pregunta n° 179: Apenas acabo de empezar a estudiar Un Curso de Milagros. Me gustaría incorporar las enseñanzas del Curso al ejercicio de mis tareas de padre/madre. Principalmente intento guiar a mis hijos por medio de las consecuencias naturales de sus elecciones, que me parece que es la manera en que Dios nos enseña. Sin embargo, a veces parece que tengo que imponer mi voluntad sobre la de ellos en su propio interés.

Por ejemplo: la hora de irse a la cama es la hora de irse a la cama si hay colegio al día siguiente; o si tienes neumonía y hay que ponerte una inyección, no hay más alternativas. En esas situaciones, estoy imponiéndole mi voluntad a otro, lo cual se parece en cierto modo a un ataque. ¿Tienes alguna sugerencia sobre cómo hacer de padre/madre en línea con las enseñanzas del Curso?

Respuesta: Lo que ayuda es centrarse siempre en el objetivo de lo que uno hace y no tanto en la conducta; en el contenido más que en la forma. Distinguir entre contenido y forma es esencial para aplicar los principios del Curso.

Segundo, como estudiantes de un sendero espiritual, nunca deberíamos perder de vista el sentido común. Por tanto, los padres son padres y los niños son niños; no son iguales. Y los padres saben mejor que sus hijos qué es lo mejor para ellos.

Imponer tu voluntad sobre las de tus hijos es un ataque sólo si tú le das ese significado. Si te pones enfadado, punitivo, tiránico, degradante, etc., entonces el contenido es ataque. Pero si sencillamente estás mostrando firmeza ante unos niños indisciplinados, entonces eso no es un ataque.

No es en absoluto amoroso ni de ninguna ayuda – como muchos estudios han confirmado –, dejar que los niños se salgan con la suya en todo. No crecerían como individuos sanos, capaces de lidiar con el mundo, si no tuvieran un sentido de que hay límites, etc. Es perfectamente posible dejar de lado las necesidades del ego de uno para enseñar disciplina a los hijos. La conducta de los padres podría parecer agresiva cuando sencillamente está respondiendo a la agresión del hijo de una manera que es necesaria dadas las circunstancias. Por tanto, la conducta en sí misma no es suficiente para determinar cuál es el contenido. Obviamente, sin embargo, si un padre/madre apaliza a un niño hasta reducirlo a un montón de carne ensangrentada, hay muy buenas probabilidades de que sea un ataque.

Así que el asunto está en practicar el discernir en ti mismo la diferencia entre forma y contenido. Y entonces llevar en tu mente el contenido del ego al amor de Jesús y pedir ayuda para cambiarlo por el contenido de él. Cuando el contenido de tu mente es amoroso, el mensaje que tus hijos van a recibir cuando les impongas disciplina es que se les ama y se cuida de ellos, y que pueden confiar en que siempre cuidarás de ellos. Les enseñamos los principios del Curso a los hijos dando pruebas prácticas de ellos en nuestras relaciones.

Pregunta n° 1089: Entiendo que no somos cuerpos y estoy completamente de acuerdo con Un Curso de Milagros en que todos estamos pidiendo amor cuando no estamos expresándolo, y que tenemos que practicar el perdón mirando al ego sin juzgarnos a nosotros mismos. Pero tengo una pregunta relacionada con un miembro de mi familia – una hija mía que está metida en asuntos de drogas y causa estragos en la familia. Está pidiendo amor a gritos, pero no acepta el amor que su familia le ofrece, ni física ni espiritualmente. Y yo tengo una sensación de vacío, y no tengo ni idea de qué hacer aparte de intentar extender el perdón y el amor hacia ella mientras miro al ego sin juzgarlo. E incluso así la sensación de culpabilidad me agobia hasta el punto de deprimirme y sentir un vacío absoluto, porque me resulta muy difícil darme cuenta de cuándo puedo estar juzgándola. He tenido que tomar decisiones difíciles en contra de ella para proteger a los demás del daño que sus actos podrían causar. ¿Cómo se puede encontrar la paz en semejantes circunstancias?

Respuesta: A menudo nuestras relaciones de familia nos ponen ante las lecciones de perdón más dolorosas y las que más nos desafían. Y a veces la lucha dentro de nuestras mentes sobre si hemos hecho lo correcto con miembros difíciles de la familia puede sentirse como agobiante, como si no hubiese liberación de la angustia y de la culpabilidad. Y sin embargo, Jesús nos asegura que la liberación es posible. Pero la única liberación real viene de una vigilancia permanente de nuestro propio pensar, reconociendo cuándo está siendo dirigido por el maestro equivocado – el ego (T.6.V.C.4:2,3,4,5 y T.7.VI.8:5,6,7,8,9,10,11). Naturalmente el desafío está en reconocer la manera de aplicar esta comprensión a las mismísimas experiencias reales de nuestras vidas, pues el Curso no pretende ser sencillamente un hueco ejercicio académico, sino una herramienta muy práctica para guiarnos hacia fuera de los conflictos y hacia la paz dentro de nuestras mentes. En otras palabras, Jesús nos asegura que podemos estar en paz, aunque la situación exterior con un miembro de la familia no cambie. “… pero no te olvides del primer principio de este curso: no hay grados de dificultad en los milagros. En realidad eres perfectamente invulnerable a toda expresión de falta de amor. La paz es un atributo que se encuentra en ti. No puedes hallarla fuera de ti mismo” (T.2.I.5:6,8,9).

Y así necesitamos practicar y repetir hasta que nos aprendamos al dedillo la corrección fundamental: Por muy real que el conflicto con los demás o dentro de nosotros mismos sobre cualquier actuación o ausencia de actuación pueda parecer, la causa real del conflicto y el dolor y la sensación de vacío, está en nuestra identificación continua dentro de nuestra mente con la creencia en el pecado y la culpa – los nuestros y los de los demás, siendo los de los demás sólo una proyección de los nuestros (T.31.III.1,2). Es suficiente entonces simplemente reconocer que hemos puesto al mando al ego cada vez que nos damos cuenta de que algo nos está trastornando, y que ése es el único problema que necesita corrección. Si en esos momentos de reconocimiento somos capaces de admitir que nuestro elegir al ego es un error, pero no es ningún pecado, no necesitaremos castigarnos a nosotros mismos, sino que estaremos dispuestos a aceptar la suave ayuda que Jesús siempre ofrece antes que nada a nuestra propia mente desgraciada (T.19.III.3,4).

En este punto del proceso del perdón, nuestro interés por los demás es sencillamente la cortina de humo que le conviene al ego para mantenernos en conflicto, sin reconocer de dónde viene en realidad el conflicto. Una vez que elegimos al maestro interior apropiado, podemos responder a la situación exterior sin que nuestra propia culpabilidad se interfiera. Pero, naturalmente, esto requiere práctica, pues no es verosímil que nuestro ego se rinda sin ninguna pelea. Y así es como las relaciones continuadas con los seres queridos, como tu hija, proporcionan continuamente oportunidades de practicar y aprender la lección básica sobre cuál es el único problema real y dónde yace.

Tu hija toma opciones que son autodestructivas, pero todas las elecciones basadas en el ego son autodestructivas, incluso las que parecen querer protegernos y dar seguridad a nuestros cuerpos (p.ej. Lección 135). Ahora bien, aunque el Curso enseña que no somos un cuerpo (p.ej. Lección 199), Jesús también reconoce que el cuerpo seguirá siendo nuestra identidad dentro de nuestra experiencia. Y así nunca nos pide que neguemos lo que experimentamos, sino sólo la interpretación que hacemos de ello cuando hemos elegido al ego por maestro. A menudo lo más amoroso que podemos hacer ante la locura de los demás es ponerles límites que les impidan causar más daños a sí mismos o a los demás de los que puedan haber causado ya. La clave está en ser capaces de hacer esto sin juzgar, ni a la otra persona ni a nosotros mismos. En respuesta a nuestros esfuerzos de poner límites, sus actos o palabras, igual que los de un niño pequeño, pueden chillar: “te odio”. Pero conforme seamos capaces de entregar nuestra propia culpabilidad a la suave mirada de perdón de Jesús, dejaremos de tomar como cosa personal ese ataque aparente. Pues siempre es sólo nuestra culpabilidad la que nos hace creer que podemos ser atacados.

No es fácil observar cómo los que amamos toman opciones equivocadas, con lo que parecen ser consecuencias negativas para ellos y para los que están alrededor. Y normalmente hay límites a la cantidad de influencia o control que podemos ejercer sobre esas elecciones. Pero una lección práctica que podemos aprender es que ésa es el aula que ellos han elegido, y que van a seguir por esa senda hasta que estén listos para tomar una opción distinta. Y que nunca estamos en condiciones de juzgar cuál debería ser su sendero. En semejantes circunstancias, puede ser de ayuda acordarse de que la única ayuda con verdadero sentido que podemos ofrecer a los demás, es recordarnos a nosotros mismos que en nuestra propia mente siempre podemos elegir a qué maestro buscamos para que nos ayude (M.5.III.1,2). Como las mentes están unidas, este recordatorio será también recibido por su mente, y está ahí, sencillamente esperando a ser aceptado, cuando estén listos y su propio miedo al amor haya amainado.


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