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SER PADRES: ¿PAPEL O FUNCIÓN?
Anna Horno

 

Libera Tu Ser - Reflexiones personales: "SER PADRES: ¿PAPEL O FUNCIÓN?"

 

Existe una diferencia básica y fundamental entre los conceptos “papel”, “responsabilidad” y “función”.

Cuando nos situamos en nuestro papel de padre/madre, tendemos a intentar tomar el mando de las situaciones, a controlar todo cuanto sucede a y con nuestros hijos. Desde esta posición, no hay espacio para su libre desarrollo, no hay lugar para la confianza, ni tampoco para el “hacernos a un lado” permitiendo que sea Dios quien dirija y se exprese a través de esa relación.

Al ego le encantan los dramas, vive por y para ellos. Y no hay mejor forma de escenificar un drama que a través de los “papeles que interpretamos”. Cuando nos identificamos con un “papel”, estamos siendo víctimas de una de las muchas caras del ego, una más de la extensa y variada gama de trampas que nos mantienen atrapados en este mundo.

Es el ego el que representa a los distintos personajes del sueño; es el ego quien impone su criterio acerca de cuál será la mejor interpretación para cada uno de los muchos papeles que él nos tiene asignados. Y mientras nos mantengamos dentro de ese papel que se supone somos nosotros y que, siendo responsables, deberemos desempeñar a la “perfección”, SU PERFECCIÓN, no podremos por menos que pretender hacer lo que nosotros consideramos será lo mejor para nuestros hijos, aun cuando vaya en contra de su naturaleza esencial: interferimos en la necesidad del niño de explorar el mundo y de experimentar por sí mismo. Es una situación de conflicto, de lucha que provoca tensión y desgaste, que es lo que persigue el ego.

Al dirigir nuestros esfuerzos hacia la aparente realidad de nuestros hijos, ya sea intentando cambiar sus actitudes u orientándolos hacia un camino que ellos no han elegido, estamos intentando cambiar el mundo, estamos intentando resolver el problema allí donde la solución no se encuentra.

El problema siempre es nuestra mente, y la solución, por tanto, se encuentra también en nuestra mente, no en el mundo, no en lo que nos muestran nuestros sentidos físicos. La solución siempre consiste en mirar las mismas viejas cosas con ojos nuevos.

Un papel es una identidad, creemos que somos eso que estamos interpretando, y así es como limitamos y reducimos nuestra naturaleza a unas pocas definiciones acerca de nosotros mismos, y así es como olvidamos quiénes somos realmente y quiénes son realmente los demás.

Cuando nos sentimos responsables de nuestros hijos más allá de lo puramente material cubriendo sus necesidades básicas, y dotándolos de una plataforma sobre la que ensayar para lo que posteriormente será su vida sin nosotros, ocurre algo similar. Queremos lo mejor para nuestros hijos, y creemos que lo mejor se encuentra ahí fuera, en el mundo. Así que perseguimos mediante resultados que sean “excelentes” estudiantes, “excelentes” deportistas, “excelentes” hijos, “excelentes” compañeros… siempre excelentes, pues parece que únicamente mediante la excelencia vayan a conseguir la felicidad. Y así es como olvidamos que este mundo no es nada, un simple sueño, y así es como negamos a nuestros hijos y a nosotros mismos la perfección e inocencia que son inherentes a nuestra naturaleza, y renunciamos a toda posibilidad de que la manifestación de esta perfección sea un hecho aquí y ahora.

Cuando vivimos en la certeza y la confianza de que todo está bien, de que nada irreal puede amenazar jamás a nuestra verdadera identidad, estamos en condiciones de transformar un “papel” en nuestra función, la única que siempre es, aunque expresada bajo formas distintas: la función de servir a Dios a través del amor, la paciencia, la comprensión y el reconocimiento. Aquí termina toda lucha, aquí se abandonan las armas en una dulce entrega a la paz que mora en todos nosotros.

Recordemos en todo momento que aconsejar no es imponer, que opinar no es ordenar, que confiar no es exigir, que cuidar no es anular, que proteger no es manipular, que abrazar no es asfixiar, que amar es VER sin proyectar nuestros miedos sobre el ser amado…

De mi santidad a la tuya, un abrazo de luz y amor.

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