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LAS PEQUEÑAS COSAS DE DIOS

 

Libera Tu Ser - Kenneth Wapnick "Las pequeñas cosas de Dios"


 

De la Publicación «The Lighthouse» (El Faro) - Volumen 22 - Número 3, Septiembre de 2011
Escrito por Kenneth Wapnick y traducido al castellano por Juan Illan Gómez.

 

«LAS PEQUEÑAS COSAS DE DIOS»: Perdonar a Todos y a Todo

Introducción

Este artículo es una secuela de "The Reflection of Holiness: Being Kind to the 'Little Ones'" (The Lighthouse, Septiembre 2007), y toma su título de uno de los primeros poemas de Helen Schucman. Este poema, en el que me gusta pensar como uno de los poemas “menores” de Helen, sirve muy bien de introducción a un tema que, aunque de manera tácita, es central en Un curso de milagros: la necesidad de perdonarlo todo, puesto que al Cielo se entra “juntos [...] o no [...] en absoluto” (T-19.IV-D.12:8). Mientras que esto se dice en el contexto de nuestra relación especial con nuestro hermano, este artículo quiere ampliar su marco de referencia para que incluya a todos nuestros asociados en el especialismo, con independencia de la forma que tengan.

El artículo mencionado se centraba en la necesidad de perdonar por igual a todo el mundo, sean o no significativas nuestras relaciones con esas personas. En este artículo ampliamos el concepto de perdón para que incluya a todas las formas del Hijo de Dios, animadas (vivientes) e inanimadas (no vivientes). Aquí se va a poner el énfasis no tanto en perdonar a nuestros semejantes humanos como en subrayar la importancia de perdonar también a todas las cosas, por no mencionar a las “cosas vivientes” como los animales, las plantas y los microorganismos. Si sabemos que el mundo es ilusorio, ¿cómo podemos justificar que las distinciones que hacemos entre estas cosas tengan sentido? Después de todo, la primera ley del caos del ego es mentira: no existe ninguna jerarquía de las ilusiones (T-23.II.2:3). Y además, ¿puede haber verdadera vida fuera del Cielo? (T-23.II.19:1), ¿O puede haber un orden entre formas ilusorias que meramente pasan por estar vivas? Puesto que no hay nada que viva fuera de la Mente de nuestro Creador, al ser nuestro Creador la Vida Misma, ¿qué significado puede tener la percepción de diferencias entre lo irreal? Como dice el Libro de Ejercicios “Sólo hay una vida y ésa es la vida que comparto con Dios” (E-167). Nada es verdadero aparte de esa vida. Sin embargo nuestra actitud hacia esas formas, por ilusorias que sean, es lo que va a acelerar o retrasar nuestra vuelta a casa, a la Vida que es nuestro Origen. He aquí, pues, el poema “menor” de Helen sobre las “cosas pequeñas” del mundo:

Los jardines están llenos de cositas de Dios
que cantan y gorjean con voces diminutas,
y resplandecen entre la hierba de hoja a hoja.
Brillan por la mañana y relucen por la noche,
y mientras hay luz vuelan, murmuran y dan vueltas,
rodando entre las flores mientras viven
sus pequeñas vidas para luego desaparecer.
Pero cuando entren en la eternidad,
formarán parte de Dios junto a mí.

(The Gifts of God, p. 14)

Estas “cositas” de la naturaleza son símbolos de nuestras decisiones tomadas con la mente recta, y Un curso de milagros está repleto de referencias a ellas (pájaros, arroyos, corrientes de agua, flores, hojas y briznas de hierba). Empezamos esta discusión por la importancia que tiene reconocer que el perdón no puede excluir a nada de lo que se ve en el sueño de la separación. Un embudo puesto al revés va a servir para ilustrar la dinámica de la proyección, que es clave para comprender el uso de los juicios por el ego y la benévola corrección del Espíritu Santo por medio del perdón.

La proyección: el embudo de juzgar o perdonar

Abrimos esta sección con una frase de gran importancia, tan crucial para el currículo del Curso que aparece en él dos veces: “La proyección da lugar a la percepción.” (T-13.V.3:5 y T-21.in.1:1). Vemos fuera lo que hemos puesto fuera, y esto implica que lo pusimos fuera porque queríamos verlo fuera. Primero miramos dentro de la mente y elegimos como maestro al ego o al Espíritu Santo, elegimos identificarnos con sus sistemas de pensamiento, de culpabilidad/juicios o de perdón/visión. Puesto que “Todo pensamiento produce forma en algún nivel” (T-2.VI.9:14), lo que pensamos dentro se proyecta, y se ve, fuera:“la proyección da lugar a la percepción”.Lo que ven nuestros ojos es el cumplimiento de los deseos de nuestras mentes, tal como leemos en el Texto y el Libro de Ejercicios:

Parece que es la percepción la que te enseña lo que ves. Sin embargo, lo único que hace es dar testimonio de lo que tú enseñaste. Es el cuadro externo de un deseo: la imagen de lo que tú querías que fuese verdad. (T-24.VII.8:7-10; cursivas añadidas).

El mundo en sí no es nada. Tu mente tiene que darle significado. Y lo que contemplas en él es la representación de tus deseos, de modo que puedas verlos y creer que son reales. (E-132.4:1-3; cursivas añadidas).

El “deseo” y la “imagen” a los que Jesús se refiere son el doble propósito que el mundo de la percepción tiene para el ego. El deseo es demostrar que 1) la separación es real, nuestras identidades individuales existen de verdad, y 2) somos inocentes víctimas de lo que el mundo nos ha hecho, empezando por nuestra “creación” o nacimiento. La imagen, por tanto, es la de “la cara [separada] de inocencia, el aspecto con el que se actúa” (T-31.V.2:6), por fuerzas que están más allá de nuestro control. Cumplir este doble deseo nos permite guardar el pastel de la separación del ego a la vez que lo comemos alegremente. Algún otro va a ser juzgado culpable y merecedor del castigo por nuestro “pecado” del que nosotros, ahora seres separados e individuales, hemos escapado.

Pensemos en un embudo puesto al revés, de manera que la culpabilidad o el perdón de la mente (el contenido) estén en la parte estrecha, y el mundo dualista de la materia (la forma) esté en la parte ancha. El pensamiento, de culpabilidad o de perdón, que pasa por la parte estrecha llena todo el embudo. Tiene que ser así, porque la proyección da lugar a la percepción. Cambiando de metáfora, se puede ver este principio en acción en una sala de cine. La película que pasa por el proyector en la cabina de proyección es exactamente lo que el público ve frente a ellos en la pantalla. Si en el proyector hay una película de Woody Allen lo que se ve es a Woody Allen, y no a los hermanos Marx. La mente tomadora de decisiones del Hijo es la que determina lo que de manera colectiva nuestros ojos ven en la forma, y nuestras mentes tomadoras de decisiones individuales determinan cómo vemos esas formas: el contenido de juicios y diferencias, o de perdón e igualdad. Así, en el contexto de los pensamientos de culpabilidad o de impecabilidad, leemos:

Solamente se pueden aprender dos lecciones. Cada una de ellas da lugar a un mundo diferente. Y cada uno de esos mundos se deriva irremediablemente de su fuente. El mundo que ves es el resultado inevitable de la lección que enseña que el Hijo de Dios es culpable. Es un mundo de terror y desesperación. En él no hay la más mínima esperanza de hallar felicidad. [...] En el mundo que resulta de la lección que afirma que el Hijo de Dios es inocente no hay miedo, la esperanza lo ilumina todo y una gran afabilidad refulge por todas partes. (T-31. I.7:1-6; 8:1).

Dicho con sencillez, lo que nuestras mentes eligen en la parte estrecha del embudo determina el mundo que emerge ante nuestra vista. Las formas de este mundo no importan, pues sólo tiene importancia la decisión de nuestra mente, que refleja nuestros deseos ocultos, a favor del contenido de culpabilidad o de perdón. Esto significa que necesitamos aprender a desconfiar de nuestras percepciones, pues, no estando hechas para ver el contenido que hay dentro, sólo ven afuera. De manera más concreta, el propósito de la percepción es oscurecer la existencia de la mente tomadora de decisiones que elige entre los dos pensamientos o contenidos que configuran la realidad que percibimos. Este tema de la forma y el contenido es el asunto de la siguiente sección.

Forma y contenido

Temeroso del poder de la mente de elegir a otro maestro, el ego desarrolló su estrategia de la ausencia de mente, en la que el Hijo de Dios se identifica casi por completo con su cuerpo (la forma) excluyendo la capacidad de la mente de tomar decisiones (el contenido). Si vamos a permanecer seguros en nuestra identidad individual y especial nos toca, pues, evitar la mente y arraigar totalmente nuestra consciencia en el mundo exterior, en el sueño de separación que proyecta el ego. Para avanzar hacia la meta de la auto-preservación por medio de la ausencia de mente, cualquier cosa del mundo nos atrae, como medio para atrincherarnos aquí y reforzar la amnesia de una mente que en cualquier momento podría elegir entre el Cielo y el infierno, abandonando uno para ir al otro. La forma es irrelevante para el ego, mientras sirva a su propósito de que veamos algo que exige atención a lo que pasa afuera (el sueño) y lo hagamos real en lugar de prestar atención adentro (al soñador). Jesús explica el papel correctivo del milagro, utilizando la metáfora del sueño:El milagro no te despierta, sino que simplemente te muestra quién es el soñador. Te enseña que mientras estés dormido puedes elegir entre diferentes sueños, dependiendo del propósito que le hayas adscrito a tu soñar. ¿Deseas sueños de curación o sueños de muerte? Un sueño [...] te presenta las imágenes que quieres que se te muestren. (T-28.II.4:2-5; cursivas añadidas).

Nunca estamos, pues, atraídos por la forma, pese a su poder de exigir atención por medio del placer o del dolor. Lo único que siempre está en juego es nuestra atracción por el sistema de pensamiento del ego. Esto refleja nuestro deseo secreto y nuestro propósito oculto de permanecer como mentes basadas en el ego, pero con la limitada consciencia de un cuerpo, restringida a la percepción externa y sin reconocimiento de lo interior:

La forma del error es lo único que atrae al ego. [...] Todo lo que los ojos del cuerpo pueden ver es una equivocación, un error de percepción [...] Los ojos del cuerpo ven únicamente formas. No pueden ver más allá de aquello para cuya contemplación fueron fabricados. [...] Esos ojos, hechos para no ver, jamás podrán ver. Pues la idea que representan nunca se separó de su hacedor [la mente que toma decisiones], y es su hacedor el que ve a través de ellos. ¿Qué otro objetivo tenía su hacedor, salvo el de no ver? [...] Nada es tan cegador como la percepción de la forma. (T-22. III.4:1,3; 5:3-4; 6:1-3,7).

Pero la forma sigue siendo increíblemente seductora, y podemos hacer significativa cualquier cosa, ¡ cualquier cosa! Por ejemplo:

Creerás que lo que no es nada es valioso y lo apreciarás. Para ti, un trocito de vidrio, una mota de polvo, un cuerpo o una guerra son todos una misma cosa. Pues si valoras una sola cosa que esté hecha de lo que no es nada, habrás creído que lo que no es nada puede ser valioso y que puedes aprender a hacer que lo que no es verdad lo sea. (T-14.II.1:9-11)

El celebrado maestro indio Krishnamurti señalaba a esto mismo cuando describió como convertir una botella de Coca Cola en algo sagrado: colócala sobre un altar, visítala cada día y tráele flores e incienso, di algunas oraciones, arrodíllate con reverencia ante ella. Y ¡voilà!: en treinta días se ha vuelto sagrada. Sólo el propósito de la mente, y no la importancia o falta de importancia que percibimos en el objeto, establece la santidad o no santidad de lo externo. ¿Cómo va a haber tierras, muros, vestimentas, personas o libros santos? Reconocer el absurdo de tales creencias deja sin significado a todas las guerras y conflictos, religiosos o no, que se han luchado por trozos de tierra, piedras o sistemas de pensamiento. Todos, sin excepciones, son meras representaciones en la forma del conflicto de la mente entre sí misma y Dios, del ego intentando tener la razón a costa del Otro. Y mientras creemos en la realidad de esos conflictos externos, la pura locura del conflicto básico permanece segura, enterrada en las clausuradas catacumbas de la mente, donde le está prohibida la entrada del Hijo de Dios que cree que es un cuerpo.

Y sin embargo la feliz realidad permanece:

[La realidad de la creación] no se compone de trocitos de cristal, de un pedazo de madera, o quizá de una hebra o dos, ensamblados para que den testimonio de la verdad. (T-28.V.6:2)

Dentro del sueño somos libres de creer lo que queramos, pero tales creencias no tienen ningún efecto sobre el Creador de nuestra realidad como Su único Hijo. Como la idea que nunca ha abandonado su origen no es nada, al ser una ilusión, todo lo que sale de ella tiene que formar parte de la misma ilusión. Y así las formas que toma la ilusión no son nada, nada en absoluto. Lo que sigue es tal vez el pasaje más elocuente, que refleja la verdad de que lo verdadero es verdadero y lo falso es falso, con independencia del tamaño, el aspecto o la importancia de las formas ilusorias. Está escrito con la forma de una oración a Dios, que Jesús hace en nuestro nombre:

Te doy las gracias, Padre, sabiendo que Tú vendrás a salvar cada diminuta brecha que hay entre los fragmentos separados de Tu santo Hijo. Tu santidad, absoluta y perfecta, mora en cada uno de ellos. Y están unidos porque lo que mora en uno solo de ellos, mora en todos ellos. ¡Cuán sagrado es el más diminuto grano de arena, cuando se reconoce que forma parte de la imagen total del Hijo de Dios! Las formas que los diferentes fragmentos parecen adoptar no significan nada. Pues el todo reside en cada uno de ellos. Y cada aspecto del Hijo de Dios es exactamente igual a todos los demás. (T-28.IV.9)

A pesar de las mentiras del ego sobre la realidad de las formas concretas y la validez de nuestras percepciones, seguimos siendo espíritu abstracto, el Hijo que Dios creó uno con Él. Esta verdad se encuentra en el recuerdo que el Espíritu Santo guarda para nosotros en la mente recta, a la espera de nuestra alegre aceptación de Su sencilla respuesta al problema de la separación: el principio de la Expiación de que lo imposible nunca ocurrió. Esto significa que no sólo el problema (la culpabilidad) está firmemente asentado en el contenido de la mente, y no en el mundo de los cuerpos y las formas, sino que también lo está la solución (el perdón). Pero no se puede elegir esta solución si negamos el único sitio donde se la puede encontrar. Por eso, en efecto, no tiene sentido buscar la felicidad en el mundo. Continuamente buscamos soluciones a los numerosos problemas que percibimos en un mundo que se diseñó para que no podamos descubrirlas. El Libro de Ejercicios nos recuerda esta dinámica nuclear de la estrategia del ego: utilizar el mundo para mantener fuera de la consciencia el problema, que es la decisión de la mente a favor de la mentalidad errada:

No puedes resolver un problema a menos que sepas de qué se trata. [...] Ésta es la situación del mundo. El problema de la separación, que es en realidad el único problema que hay, ya se ha resuelto. [...] Toda esta complejidad no es más que un intento desesperado de no reconocer el problema y, por lo tanto, de no permitir que se resuelva. (E-79.1:1,3-4; 6:1)

Al ego le encanta inventar problemas inexistentes y engañarnos para que dediquemos nuestro tiempo y esfuerzo a resolverlos. Si se trata de la solución inexistente de un problema inexistente, ¿por qué molestarse en estudiarlo y, menos aún, esforzarse en resolverlo? Cuando estaba en la Facultad, mi supervisora de terapia, una psicoanalista freudiana, me contó una historia de su psicoanálisis. Justo antes de que su psicoanalista la llamase a su despacho para una sesión, ella se quitaba un zapato. Como para los psicoanalistas el pie es un símbolo fálico, su extraño gesto estaba lleno de posibilidades de trabajo analítico serio. No recuerdo cuántas sesiones se gastaron en intentar analizar el significado de este gesto peculiar, pero duró un tiempo porque no tenían preparada ninguna explicación de aquello. Al final, de todas formas, quedó claro que quitarse el zapato no era más que una astuta maniobra inconsciente para distraer al psicoanalista y a la psicoanalizada de algo que mi supervisora se resistía a destapar y soltar. Todo el tiempo perdido en averiguar por qué se quitaba el zapato sirvió eficazmente para camuflar el problema real e impedir examinarlo y luego deshacerlo. Sigue...

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