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LAS PEQUEÑAS COSAS DE DIOS

 

Kenneth Wapnick - Artículos | Las pequeñas cosas de Dios (2ª Parte)

Por eso nos percibimos a nosotros mismos asediados constantemente por problemas, y por eso nunca estamos disgustados por las razones que creemos (E-5). Nuestros conflictos son muy convincentes para distraernos de que nuestro verdadero psicoanalista, Jesús, que por cierto, no nos psicoanaliza, nos ayude con el verdadero problema: la decisión de la mente a favor del ego. Si intentamos encontrar el significado del problema, por qué está ahí, por qué hoy y no ayer, por qué a mí y no a mi amigo, o qué es lo que hay que hacer con él, nos estamos tomando en serio la diminuta idea alocada. Si no fuera por nuestro deseo de los dones especiales de existencia del ego, ¿por qué íbamos a dedicarle energía a un problema ilusorio que sin embargo creemos que es real y que, por tanto, exige ser examinado y explicado? Como nos dice Jesús respecto de la idea ontológica de la separación:

Todos los efectos de la culpabilidad han desaparecido, pues ésta ya no existe. Con su partida desaparecieron sus consecuencias, pues se quedaron sin causa. ¿Por qué querrías conservarla en tu memoria, a no ser que deseases sus efectos? (T-28.I.2:1-4; cursivas añadidas)

Así es como nos atrapa el ego, igual que una araña seduce a su presa para que entre en su telaraña de destrucción. Nos seduce con su promesa de existencia individual, el efecto que deseamos y que se conserva por medio de la proyección, y estamos dispuestos a morder el cebo sin darnos cuenta nunca de que hemos querido nuestra destrucción.

El mensaje de Jesús está claro: sin saber que tenemos una mente, que es el origen y la solución del problema, nos vemos obligados, noche y día, a buscar soluciones donde no se las puede encontrar, adhiriéndonos a ‘la máxima del ego: "Busca, pero no halles"’ (T-16.V.6:5). Este es el propósito que hay detrás de cada percepción de la forma como real, significativa y capaz de producirnos placer o dolor. El propósito sigue siendo lo único que determina el significado, juntando todas nuestras diferentes percepciones y reacciones en su común irrelevancia para nuestra paz interior, como leemos en esta descripción de la experiencia del placer y del dolor por el cuerpo:

El dolor demuestra que el cuerpo no puede sino ser real. Es una Voz estridente y ensordecedora, cuyos alaridos tratan de ahogar lo que el Espíritu Santo dice e impedir que Sus palabras lleguen hasta tu conciencia. El dolor exige atención, quitándosela así al Espíritu Santo y centrándola en sí mismo. Su propósito es el mismo que el del placer, pues ambos son medios de otorgar realidad al cuerpo. Lo que comparte un mismo propósito es lo mismo. Esto es lo que estipula la ley que rige todo propósito, el cual une dentro de sí a todos aquellos que lo comparten. (T-27.VI.1:1-6)

Y así nuestro hermano mayor nos enseña a compartir su percepción verdadera, la visión que ve la igualdad inherente de nuestras mentes más allá de la ilusión de las diferencias percibidas por el cuerpo. Reconocemos que, al no haber ninguna jerarquía de ilusiones, el mundo que vemos carece por completo de significado. Lo que sí tiene significado es a qué maestro elegimos para que nos guie en nuestra relación con el mundo. Al darnos cuenta de la locura que es creer en el ego, cambiamos el propósito de nuestras vidas de permanecer empantanados en el mundo de sueños de culpabilidad del ego, por despertar de esta pesadilla a la realidad de nuestra identidad compartida del inocente Hijo de Dios.

El perdón es un reflejo de esta elección a favor de la cordura, pues el perdón sólo es posible cuando se elige en la mente, y no en el ámbito concreto de lo mundano (o corporal). (C-2.III.7:3; T-17.IV.13:1) Este cambio del foco del cuerpo a la mente, de lo concreto a lo general, es lo que hace posible el perdón, que es la verdadera clave de la felicidad. Aprendemos felizmente que no somos cuerpos ni mentes pecadoras, sino que nos equivocamos al elegir el guía para nuestro aprendizaje. Volvemos ahora a este significado del perdón, que nos conduce de manera inevitable a la práctica de sus principios mientras vivimos como cuerpos aparentemente diferentes en un mundo de formas diferentes.

Perdonar a todos y a todo

Uno de los pilares del budismo, al que se le puede seguir el rastro hasta el propio Buda, es la práctica de la compasión por todas las cosas vivientes. Pero si suscribimos las enseñanzas metafísicas de Un curso de milagros, necesitamos expandir ese principio para que también incluya las cosas no vivientes, reconociendo que la distinción entre esos dos reinos –animado e inanimado– es espuria. Pensemos de nuevo en el embudo puesto al revés. Si ahí fuera no hay nada, entonces lo que entra por la parte estrecha, el amor de la mente (la inocencia) o el miedo (la culpabilidad) es lo único que hay. Las distintas formas que tomen esos dos pensamientos no tienen sustancia alguna, pues de manera inherente son inexistentes. Recordemos: “Las formas que los diferentes fragmentos parecen adoptar no significan nada. Pues el todo reside en cada uno de ellos. Y cada aspecto del Hijo de Dios es exactamente igual a todos los demás.

En el viaje que hacemos con Jesús, nuestro foco debería estar en las elecciones de la mente y nunca en las expresiones externas de estas elecciones. Después de todo ¿qué hay ahí fuera en lo que se pueda poner el foco? Si creemos que las formas importan, que algunas son significativas y tiene sentido juzgarlas, que unos aspectos del Hijo de Dios son distinguibles de otros, ya hemos caído en la red de engaños del ego. El único propósito para el que sirve el mundo es ser el medio de llevar de vuelta nuestras proyecciones a su origen en la mente, donde podemos elegir un maestro distinto para que nos guie y un sistema de pensamiento distinto con el que identificarnos. Utilizamos el mundo, por tanto, sólo para llevar nuestra atención a la decisión de la mente a favor de la culpabilidad o el perdón, las ilusiones o la verdad, las diferencias o la igualdad.

Si perdonamos a nuestros hermanos por lo que no han hecho, ¿por qué tendríamos que excluir de nuestra práctica diaria a los objetos inanimados, como los coches o las computadoras? Lo que necesita ser perdonado es la elección de la culpabilidad por parte de la mente, y no el objeto de nuestras proyecciones, sea este animado o inanimado. Necesitamos recordar que ahí fuera no hay nada que perdonar: las ideas no abandonan su fuente. El único problema que necesita perdonarse es nuestra decisión a favor del ego. Las formas que toma esta idea única –preferir la separación a la salvación, el ser especial a la cordura– son, por usar el lenguaje de los juzgados “inmateriales, irrelevantes e incompetentes”, y existen sólo para servir al propósito del ego de distraernos de la capacidad de elegir el perdón que tiene la mente.

He aquí cómo funciona en la práctica: si me frustro y pierdo la paz porque un objeto de mi mundo no funciona bien, le estoy atribuyendo el malestar a algo que está fuera de mí. ¿En qué se distingue eso de echarle la culpa a una persona del pasado o del presente? Si recordamos la afirmación del Texto: “Debo haber decidido equivocadamente porque no estoy en paz.” (T-5.VII.6:7), cambiamos, tan rápido como sea posible, el foco de nuestra atención del objeto que percibimos como causa del malestar a la mente que tomó la decisión de elegir al maestro equivocado. Ese cambio del instante impío al instante santo restablece nuestra cordura, recordándonos que somos mentes, y que el mundo y nuestros cuerpos no han abandonado su fuente, que es la decisión a favor del ego. Esto nos permite tomar una decisión con sentido a favor de la paz, que es la clave de la salvación y se va a convertir en la manera feliz de funcionar en este mundo de manera efectiva, eficiente y amable.

Este pasaje del Texto contiene la esencia del feliz resultado de cambiar el foco desde el mundo físico de las formas al amor contenido en el mundo interior de la mente:

El amor no sabe nada de cuerpos y se extiende a todo lo que ha sido creado como él mismo. Su absoluta falta de límites es su significado. Es completamente imparcial en su dar, y abarca todo únicamente a fin de conservar y mantener intacto lo que desea dar. (T-18.VIII.8:1-3; cursivas añadidas en 8:3)

La completa imparcialidad de nuestra visión abarca por igual a lo vivo y a lo no vivo: los pensamientos amorosos reconocen sólo a los pensamientos amorosos. Puesto que las ideas no abandonan su fuente, el amor sólo se ve a sí mismo. De hecho no hay nada más. Parafraseando al Libro de Ejercicios, decimos “el amor es” y luego guardamos silencio (E-169.5:4).

Esto tiene implicaciones significativas y de largo alcance. Puesto que no hay nada fuera de nosotros, no puede haber nada que nos pueda afectar, ni positivamente ni negativamente:

El aparente costo de aceptar la idea de hoy [“Mi salvación procede de mí”] es el siguiente: significa que nada externo a ti puede salvarte ni nada externo a ti puede brindarte paz. Significa también que nada externo a ti te puede hacer daño, perturbar tu paz o disgustarte en modo alguno. (E-70.2:1-2)

Armados con la sencilla verdad de la salvación, hemos alcanzado la etapa del sueño feliz en el que reconocemos el propósito de todo lo que hay en nuestras vidas cotidianas, lo que el Curso llama el Propósito de Dios (T-12.VI.7:4). Todas las cosas –grandes y pequeñas, humanas y no humanas– sirven a este único propósito de que logremos el perdón completo, unificando los objetos diferenciados de nuestra percepción en la sencilla idea de curación en la mente. Sostenidos por la alegría que nos ha traído aprender el mensaje feliz de Jesús, la esperanza se vuelve a encender porque vemos chispas crecientes de luz del perdón que son heraldos de nuestro regreso a la Luz que nos creó como su Ser.

Conclusión: el Propósito de Dios

A veces digo que el tempo favorito de Jesús es molto adagio (muy despacio). Esto no significa que necesariamente hagamos todo lentamente, sino que, estando seguros del resultado, nuestra actitud debería ser tranquila y serena. ¿Para qué empujar lo que no está ahí, tercamente convencidos de que si no lo hacemos, nunca ocurrirá “lo correcto”? Esto no tiene sentido si ya estamos seguros de que el resultado será amoroso y pacífico. Hablando de la paciencia, la octava característica del maestro de Dios avanzado, Jesús dice:

Para el maestro de Dios tener paciencia es algo natural. Todo lo que ve son resultados seguros que ocurrirán en un momento que tal vez aún le sea desconocido, pero que no pone en duda. (M-4.VIII.1:2-3)

Si estamos llenos de esta certeza, ¿cómo podríamos y para qué querríamos intentar siquiera hacer que ocurran cosas? Dejaríamos que las formas de nuestro comportamiento estuviesen guiadas por el contenido de nuestros pensamientos amorosos. Y esto significa que todo lo que hiciesen nuestros cuerpos se llevaría a cabo con bondad y cuidado, delicadeza y amor. Nuestras vidas externas, el mundo de los cuerpos, serían como los radios de una rueda y el eje sería el hogar de Jesús o el Espíritu Santo en la mente recta. Es ahora el tranquilo centro de la mente el que da forma a nuestros pensamientos, sentimientos, palabras y actos, y determina el resultado de las situaciones y las relaciones: la paz y el amor en lugar del conflicto y el miedo. Tal como leemos:

No hacer nada es descansar, y crear un lugar dentro de ti donde la actividad del cuerpo cesa de exigir tu atención. A ese lugar llega el Espíritu Santo, y ahí mora. El permanecerá ahí cuando tú te olvides y las actividades del cuerpo vuelvan a abarrotar tu mente consciente.

Mas este lugar de reposo al que siempre puedes volver siempre estará ahí. Y serás más consciente de este tranquilo centro de la tormenta, que de toda su rugiente actividad. Este tranquilo centro, en el que no haces nada, permanecerá contigo, brindándote descanso en medio del ajetreo de cualquier actividad a la que se te envíe. Pues desde este centro se te enseñará a utilizar el cuerpo impecablemente. (T-18.VII.7:7-9; 8:1-4)

Cuando permanecemos centrados en la “majestuosa calma interna” de la mente, nuestro mundo exterior se convierte, como los radios de la rueda antes mencionada, en la extensión amorosa de esta “santa quietud” (T-18.I.8:2). Nuestras interacciones con el mundo de la materia comparten el mismo propósito de nuestro aprender a ser amables, cariñosos, suaves y amorosos. Siempre ha de ser así puesto que la Presencia dentro del tranquilo centro es amable, cariñosa, suave y amorosa.

Las lecciones paralelas 29 y 30 del Libro de Ejercicios subrayan este punto. En estas dos lecciones se sugiere que veamos a nuestro Creador en un perchero, una revista, un dedo, una lámpara, un cuerpo, una puerta y una papelera (E-29). Puesto que este no es un curso de panteísmo, que significaría tomarlas como afirmaciones literales de que Dios está presente de hecho en la materia, comprendemos que Jesús habla del propósito de Dios (refiriéndose en realidad al Espíritu Santo) que se encuentra en la mente recta que extiende este propósito a todos y a todo lo que hay en el mundo perceptual. Así, las “pequeñas cosas” del mundo comparten el “propósito de Dios” del perdón, un entendimiento similar al espíritu de la Lección 193 “Todas las cosas son lecciones que Dios quiere que yo aprenda”.

Lo siguiente es lo esencial de estas dos lecciones del principio del Libro:

La idea de hoy [Dios está en todo lo que veo] explica por qué puedes ver propósito en todo. […] Trata hoy, pues, de comenzar a aprender a mirar a todas las cosas con amor, con aprecio y con una mentalidad abierta. […] Nada es como a ti te parece que es. Su santo propósito está más allá de tu limitado alcance. (E-29.1:1; 3:1,4-5; cursivas añadidas).

La idea de hoy [Dios está en todo lo que veo porque Dios está en mi mente] es el trampolín a la visión. Por medio de esta idea el mundo se abrirá ante ti, y al contemplarlo verás en él lo que nunca antes habías visto. […] trataremos de ver en el mundo lo que está en nuestras mentes […] estamos tratando de unirnos a lo que vemos, en vez de mantenerlo separado de nosotros (E-30.1:1-2; 2:3-4)

Nos unimos a todo lo que vemos dejando de proyectar el propósito del ego de reforzar la culpabilidad sobre lo que se percibe como separación. La creencia en la separación comenzó con la decisión de la mente y luego continuó con vernos a nosotros mismos separados del universo y de todo lo que hay en él. Pero cuando le pedimos ayuda a nuestro Maestro, aprendemos a ver un propósito diferente para nuestro caminar sobre la tierra en relaciones con los mundos de lo animado y lo inanimado. Al ver este santo propósito en toda cosa viviente y no viviente, estamos aquí como estuvo Jesús. Sabemos que no somos el cuerpo que otros podrían percibir, sino una mente que alberga sólo lo que piensa con Dios (E-141,150). La santidad de esta idea se extiende para abarcar el mundo y todo lo que parece ser fragmentos separados. Nuestra visión, ya libre del engaño de las ilusiones perceptuales de diferencias especiales, ve más allá de las apariencias la belleza encantadora de la mente recta que está en cada uno de los “fragmentos”, la belleza que nos une como el Hijo único de Dios. Recordamos el final del poema de Helen: “Pero cuando entren en la eternidad, formarán parte de Dios junto a mí.” Hemos llegado a apreciar las cosas “pequeñas” y “grandes” del mundo, pues en el Amor de Dios son lo mismo, forman parte del Todo indivisible que es Su Hijo. Y en la santa visión de Cristo, amamos sencillamente a todas, porque percibir su belleza naciente es nuestro portal a la eternidad:

Esta belleza brotará para bendecir todo cuanto veas, conforme contemples al mundo con los ojos del perdón. Pues el perdón transforma literalmente la visión, y te permite ver el mundo real alzarse por encima del caos y envolverlo dulce y calladamente, eliminando todas las ilusiones que habían tergiversado tu percepción y que la mantenían anclada en el pasado. La hoja más insignificante se convierte en algo maravilloso, y las briznas de hierba en símbolos de la perfección de Dios. (T-17.II.6)

Y así, junto a nuestro amado hermano mayor, compartimos la visión de un mundo diferente con todos y todo lo que vemos, conforme nuestra visión sanadora limpia y consuela los fatigados ojos del mundo. Al haber aceptado este don para nosotros mismos, lo dejamos extenderse suavemente a través de nosotros mientras le decimos a todos y cada uno de los fragmentos del Hijo de Dios: “Nuestro Padre ordenó, con amorosa bondad, que esta visión fuese para ti” (T-31.VIII.8:4-7).

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