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LA IDEA DE LA CULPABILIDAD
Anna Horno

 

Libera Tu Ser - Reflexiones personales: "LA IDEA DE LA CULPABILIDAD"

 

 

Hace unos días leía una oración de Un Curso de Milagros que dice así: «Este curso ha afirmado explícitamente que su objetivo es tu felicidad y tu paz. A pesar de ello, le tienes miedo. Se te ha dicho una y otra vez que te liberará, no obstante, reaccionas en muchas ocasiones como si estuviese tratando de aprisionarte. A menudo lo descartas con mayor diligencia de la que empleas para descartar los postulados del ego. En cierta medida, pues, debes creer que si no aprendes el curso te estás protegiendo a ti mismo. Y no te das cuenta de que lo único que puede protegerte es tu inocencia» (T-13.II.7)… No pude evitar reír a carcajadas, cuánta razón tiene mi querido Jesús, con cuánta precisión describe al personaje del sueño!!!

Reconozco que me atrae la idea de la culpa. Reconozco que me encanta creerme independiente y con una voluntad propia. Reconozco que disfruto viendo culpables ahí fuera, y que a menudo persigo la satisfacción (que no debe confundirse con auténtica felicidad) que procede de experimentar mi inocencia a costa de la aparente pérdida de inocencia de los demás. Venganza, no es otra cosa. Reconozco que en esos momentos, en los que el ego está por completo a cargo de la situación, poco me importan las enseñanzas de Un Curso de Milagros, y rápidamente olvido que todo lo que parece suceder en el mundo, está sucediendo en realidad en mi mente. Una idea en la mente a la que la propia mente ha dado una forma específica, eso es este mundo, pero cuán fácilmente renuncio a verlo de este modo en ocasiones.

De manera que si el mundo no es más que una idea, cuando percibo culpables ahí fuera, ¿quién es en verdad el único culpable? Sólo puedo serlo yo, puesto que no hay nadie más. ¿Y dónde se encuentra esa culpa? En mi mente por supuesto, como una idea que ésta ha tomado como propia y con la que se ha identificado hasta el punto de confundirla con la verdad. Así que, ¿cuál es la causa de la culpabilidad y dónde debe sanarse? La causa es la mente, y sólo la mente puede sanarse, puesto que únicamente en ella se encuentra el poder creativo y curativo. Tratar de sanar el mundo, lo que equivale a tratar de cambiarlo, “mejorarlo” o manipularlo de algún modo, es la trampa en la que la mente se mantiene atrapada a sí misma. Trampa ésta tan astuta como engañosa por ineficaz.

El ego nos enseñó a proyectar la culpa. El ego nos convenció de que es posible deshacernos de ella si la depositamos en alguna otra parte. Pero, ¿te has parado a pensar que podría no ser cierto? De serlo, ya habríamos cesado en nuestro empeño de ver culpables, y al menos yo, continúo necesitando argumentos que refuercen mi «teoría de la culpabilidad», que me permiten, aparentemente, librarme de ella a costa de algún otro. Proyectar la culpa en el mundo no es más que un truco de magia, como un juego de pelota en el que vamos pasándola de uno a otro, hasta que finalmente retorna a nosotros. Podremos continuar indefinidamente pasando la pelota de mano en mano, hasta que nos hartemos de ese absurdo juego, y es seguro que ese día llegará. El juego es tremendamente inútil, puesto que cualquier “otro” es tú mismo. Puedes ir poniendo la culpa ahora aquí, ahora allá, poco importa, puesto que aquí y allá son lo mismo, tú mismo!!!. Y así, la culpa continúa intacta en el lugar donde siempre estuvo,,, en la mente que la pensó y la creyó real!!!

La culpa… la culpa… nadie quiere tenerla… es como una patata caliente!!. Orientamos nuestro esfuerzo hacia la búsqueda del «chivo expiatorio», ese que cargará con el peso de toda nuestra basura mental. Lo vemos en las películas, lo escuchamos en las letras de las canciones, las noticias constantemente nos recuerdan que para cada tragedia hay un culpable. Incluso las instituciones religiosas nos enseñan que somos los hijos del pecado. A diario nos enzarzamos en interminables disputas, sólo para demostrar que no somos culpables.

¿Qué tal si miramos la culpa de frente y la declaramos inexistente? ¿Qué tal recordar que el miedo es nuestra invención? ¿Qué tal si ejercitamos nuestra mente para, ante cualquier situación, recordar la completa inocencia del Hijo de Dios? ¿Qué tal poner en práctica la idea de que no hay pecado, sino sólo errores que precisan corrección y que podríamos contemplar, a la Luz de nuestra mente recta con bondad y compasión, e interpretar, cogidos de la mano de nuestro Santo Espíritu, como una petición de Amor?

A pesar de toda la infelicidad que en el pasado nos proporcionaron, seguimos prefiriendo nuestras ilusiones. A pesar del dolor, a pesar del amargo sabor del conflicto, de la estela de sufrimiento tras cada batalla, ya fuera “ganada” o “perdida”, continuamos defendiendo la idea de pecado-culpa-castigo. Es cómico observar cómo el miedo nos aprisiona y nos mantiene esclavos de nuestras ideas, encadenados a un mundo imaginado.

A pesar de lo muy tentadora que suena la promesa de Jesús, nos gusta la idea del especialismo, nos gusta sentirnos y hacer sentir nuestra superioridad o inferioridad, nos encanta recrear una y otra vez la idea de la separación. En determinadas circunstancias nos alivia ponernos en el papel de la víctima, en otras, en cambio, elegimos interpretar el papel del depredador. Y en ambos casos hay miedo, miedo a unas supuestas represalias, miedo a no ser suficientes, a no ser adecuados o merecedores. El miedo siempre está detrás, impulsándonos en esas extrañas idas y venidas de nuestra experiencia de dualidad. Nuestra mente se halla atrapada en un bucle, y aunque abiertamente manifestamos nuestro deseo de salir de él, en el fondo, el deseo de permanecer ahí, tira de nosotros con una fuerza aplastante, de otro modo ya no creeríamos estar aquí.

Leía un maravilloso cuento de Anthony de Mello que dice así:

Había dos monjes que vivieron juntos durante cuarenta años y nunca discutieron. Ni siquiera una vez.

Un día, uno le dijo al otro: "¿A usted no le parece que es hora de que discutamos por lo menos una vez?"

El otro monje dijo: "¡Está bien, comencemos! ¿Sobre qué discutiremos?"

"¿Qué le parece este pan?", respondió el primer monje.

"Está bien, vamos a discutir sobre el pan. ¿Cómo haremos?", preguntó el otro monje. Contestó el primero: "Ese pan es mío, me pertenece."

El otro replicó: "Si es así, tómelo". Fin de la discusión.

Cuánta simpleza,,, dos no pelean si uno no quiere!!!. Pero seguimos apostando por tener la razón, aun cuando lo que esté en juego sea nuestra libertad y el gozo de nuestro corazón, que proceden de una convivencia pacífica y amorosa con cuanto nos rodea.

Jesús en su Curso nos ofrece alcanzar una paz y una dicha inquebrantables, y nosotros continuamos dudando, indecisos en cuanto a si éste es verdaderamente el camino que conduce a ello. Y proclamamos a los cuatro vientos nuestro deseo de ser felices por encima de todo, para acto seguido enemistarnos, aunque sólo sea de pensamiento, con nuestros semejantes, con las circunstancias que no terminan de complacer a nuestros deseos egoicos, e incluso con Dios. Todo juicio es un ataque, y todo ataque es una forma de enemistad, de exclusión, de separación. Así no podemos ser felices. Nuestra naturaleza ansía la Unicidad, pues es Lo Que Somos.

«No hay que sufrir para aprender. Las lecciones benévolas se asimilan con júbilo y se recuerdan felizmente. Deseas aprender lo que te hace feliz y no olvidarte de ello. No es esto lo que niegas. Lo que te preguntas es si los medios a través de los cuales se aprende este curso conducen a la felicidad que promete o no. Si creyeses que sí, no tendrías dificultad alguna para aprender el curso. Todavía no eres un estudiante feliz porque aún no estás seguro de que la visión pueda aportarte más de lo que los juicios te ofrecen, y has aprendido que no puedes tener ambas cosas.» (T-21.I.3)

Podremos engañar al mundo entero, o pretenderlo, pero no podemos engañarnos a nosotros mismos respecto a nuestro estado mental. En compañía del ego, nos condenamos a una experiencia de sufrimiento. Ésta es la razón por la que Un Curso de Milagros constantemente nos recuerda que lo importante no es lo que en el mundo hacemos, sino la mente con la que lo hacemos. La misma decisión, puede tener procedencias muy distintas. Una de ellas, el ego, nos mantendrá atrapados en la ilusión del pecado y la culpa, mientras que la otra, el Espíritu Santo, o la mente de Cristo, nos recuerdan que no hay lugar para el pecado y nos insta a perdonar, en el jubiloso reconocimiento de que nada de lo que parece suceder es real, que la separación jamás sucedió, y que por tal motivo, la culpa no puede existir.

Sería tan sencillo,,, es tan simple!!! Y sin embargo, prolongamos nuestra indecisión, mantenemos vigentes nuestros fútiles deseos, los hijos de las tinieblas se han convertido en nuestros dioses y esperamos que mañana las cosas vayan a ser diferentes, como por arte de magia, o que las condiciones del mundo vayan a propiciar ese cambio de mentalidad eximiéndonos de responsabilidad. Sin nuestra intervención consciente y comprometida, nada va a ser en realidad diferente, por mucho que las apariencias cambien.

COMPROMISO, ES TODO CUANTO PRECISAMOS!!! Renovemos ese compromiso a diario, pidamos ayuda a Quién está perfectamente cualificado para ayudarnos; decidámonos de una vez por todas en favor de la Verdad que mora en nuestro interior. No podemos servir a dos amos; sirvamos entonces al Único en Cuyas Manos está garantizarnos la vida eterna.

Muerte, destrucción, desolación,,, palabras vacías cuando ponemos la mente al servicio de Dios.

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