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LA TRAICIÓN DE LAS IMÁGENES

 

Libera Tu Ser - Kenneth Wapnick "Las pequeñas cosas de Dios"


 

De la Publicación «The Lighthouse» (El Faro) - Volumen 24 - Número 3, Septiembre de 2013
Escrito por Kenneth Wapnick y traducido al castellano por Juan Illan Gómez.

 

«LA TRAICIÓN DE LAS IMÁGENES»: La confusión de los símbolos con su origen, y de las formas con su contenido

 

 

«Esto no es una pipa»:
La traición de los símbolos del especialismo

En 1929, a sus treinta años, el pintor surrealista belga René Magritte terminó un cuadro titulado La Trahison des Images (La traición de las imágenes). Era una pintura de una pipa (de fumar), y debajo de ella Magritte escribió, Ceci n'est pas une pipe (Esto no es una pipa). El pintor, quien murió en 1967, estaba señalando a que los símbolos no son lo mismo que la realidad, y más tarde dijo:

«La famosa pipa. ¡Cuánto me lo reprocharon! Y sin embargo, ¿Puede ponerse tabaco en mi pipa? No: sólo es una representación ¿Verdad? Así que si hubiera escrito "Esto es una pipa", habría estado mintiendo

Es muy fácil para los estudiantes de Un Curso de Milagros ver la influencia platónica en acción aquí, —la diferenciación entre apariencia (símbolo) y realidad (origen)— la tradición filosófica dentro de la cual las enseñanzas del Curso se ajustan tan cómodamente. Las cosas son no lo que aparentan ser porque las cosas no son reales. Siendo meras proyecciones (o extensiones) de la mente, las cosas —de hecho, todo cuanto existe en el universo material—, representan o simbolizan en la forma los pensamientos de la mente que decide entre el ego y el Espíritu Santo. Considérense estos extractos de las primeras lecciones de libro que reflejan la relación entre nuestros pensamientos y nuestras percepciones:

En realidad nadie ve nada. Lo único que ve son sus propios pensamientos proyectados afuera. (Ej-pI.8.1:2-3).

Parece como si fuese el mundo el que determina lo que percibes… [pero] son tus pensamientos los que determinan el mundo que ves. (Ej-pI.11.1:2-3).

No reconoces que los pensamientos que piensas que piensas no son nada debido a que aparecen como imágenes. Piensas que los piensas, y por eso piensas que los ves. Así es como se forjó tu "manera de ver". Ésta es la función que le has atribuido a los ojos del cuerpo. Eso no es ver. Eso es fabricar imágenes, lo cual ocupa el lugar de la visión y la reemplaza con ilusiones. (Ej-pI.15.1).

En esto reside la traición de las imágenes o símbolos, en que parecen ser lo que no son, seduciéndonos a creer que una ilusión (de hecho una alucinación) es cierta y está ahí para ser percibida. Y éste es el objetivo del mundo: «Así fue como surgió lo concreto» (Ej-pI.161.3:1). Esto no nos deja otro papel que el de la «cara de inocencia», que sufre a manos de personas y acontecimientos fuera de nuestro control. ¡Todo esto como si la marioneta (el mundo corporal de las imágenes) pudiera afectar al marionetista (la mente)! Después de todo, ¿podría alguien fumar en la pipa de Magritte? Sólo «aquellos a quienes la culpabilidad ha enloquecido» (T-13.in.2:2) creerían que pueden, y es por eso que Jesús nos llama locos en varias ocasiones, porque vemos y oímos (y nos fumamos) lo que no existe:

¿Qué pasaría si reconocieses que este mundo es una alucinación? ¿Y si realmente entendieses que fuiste tú quien lo inventó? ¿Y qué pasaría si te dieses cuenta de que los que parecen deambular por él, para pecar y morir, atacar, asesinar y destruirse a sí mismos son totalmente irreales? (T-20.VIII.7:3-5)

En efecto, ¿qué pasaría? ¿Cómo podríamos seguir existiendo tal como lo hacemos, o siquiera intentar justificar esta existencia a través de un aparato sensorial que nos aporta datos sobre lo que no existe, o creer al cerebro del organismo que analiza estos datos irreales e intenta atribuirles significado? Entender la diferencia entre apariencia y realidad, nos llevaría a reconocer la naturaleza ilusoria de las imágenes de nuestro mundo, lo que despejaría el camino para darnos cuenta de qué es lo que representan los símbolos: la elección de la mente entre permanecer llena de remordimientos sumida en el sueño de la separación o despertar amorosamente de él. Habríamos visto claramente la traición asesina del mundo como lo que es; la creencia en el pecado hábilmente oculta detrás del brillo seductor de la relación especial:

«El deseo de ser especial es el sello de la traición sobre el regalo del amor. Todo lo que apoya sus propósitos no tiene otro objetivo que el de matar... Y toda relación que tenga el propósito del pecado en gran estima no hace sino aferrarse al asesinato como arma de seguridad y como el protector supremo de todas las ilusiones contra la "amenaza" de amor» (T-24.II.12:1-2,6).

La relación especial es contenido (mente) y no forma (cuerpo) y en esto reside su traición y su engaño. El siguiente incisivo pasaje del texto pone de relieve este aspecto de la conspiración del ego contra Dios y Su Amor. Apunta hacia las religiones formales, más específicamente al cristianismo, y aún más específicamente al muy ritualizado catolicismo:

«La relación especial es un rito de formas, cuyo propósito es exaltar la forma para que ocupe el lugar de Dios a expensas del contenido. La forma no tiene ningún significado ni jamás lo tendrá… [Es] la prueba de que la forma ha triunfado sobre el contenido, y de que el amor ha perdido su significado» (T-16.V.12:2-4).

Como cuerpos, inevitablemente juzgamos las formas que toma nuestro deseo de ser especiales, de algunas de las cuales incluso pensamos que son salvíficas. Así descuidamos completamente la mente en la cual se encuentra la única relación especial: la de la mente con su decisión de unirse al ego y a su sistema de pensamiento de separación, pecado, sufrimiento y ataque. La misma tentación de confundir mente y cuerpo se produce con respecto al perdón, por eso Jesús nos advierte en El Canto de la Oración en contra de entender el perdón como un proceso que ocurre entre cuerpos ("un marco terrenal"):

«El perdón tiene un Maestro que no puede fracasar en nada. Examina esto detenidamente: No trates de juzgar el perdón, ni de colocarlo dentro de un marco terrenal» (S-2.III.7:2-3).

Juzgar las formas es una trampa en la que es fácil caer para muchos estudiantes de Un Curso de Milagros. Se puede juzgar a los demás, por ejemplo, porque se complacen en el "especialismo" del matrimonio (o de cualquier otra relación), por tomar parte en el sistema judicial (por ejemplo, formar parte de un jurado o poner un pleito), o por utilizar cualquier forma de medicina —tradicional o alternativa— para aliviar el dolor o eliminar los síntomas de una enfermedad. De este modo, estos estudiantes cometen el error de confusión de niveles (ver T-2.IV.2), en el que el poder de la mente para elegir entre pecado y santidad se proyecta sobre el cuerpo, que, por consiguiente, es el que acaba siendo juzgado. Por esta razón Jesús escribe sobre la locura de creer que el cuerpo —el nuestro o el de otro— es el problema, cuando todo el tiempo es la mente la que es la fuente, tanto del problema como de la solución. Lo que sigue es un pasaje editado que es representativo de entre los varios que se encuentran a lo largo del Texto, Libro de Ejercicios y Manual, en todos los cuales se señala lo ilusorio de la creencia en que el cuerpo sea el origen de sí mismo, tenga iniciativas propias o sea independiente de la mente que, en realidad, es su fuente:

«Atribuir la responsabilidad de lo que ves a aquello [el cuerpo] que no puede ver, y culparlo de los sonidos que te disgustan cuando no puede oír, es ciertamente una perspectiva absurda... no tiene sensaciones... lo odias, no por lo que es, sino por el uso que has hecho de él... Mas el cuerpo ve y actúa por ti [es decir, por la mente tomadora de decisiones]... Y es frágil e insignificante porque así lo deseas. Parece castigarte, y así, merece que le odies por las limitaciones que te impone. No obstante, eres tú quien lo ha convertido en el símbolo de las limitaciones que quieres que tu mente tenga, vea y conserve... Lo odias, sin embargo, crees que es tu ser, el cual perderías sin él.» (T-28.VI.2:1-2; 3:3, 6, 8-10; 4:2)

¿Podría decirse más claro? El problema no es lo que el cuerpo es, siente, piensa, dice o hace. Lo que no es nada nunca puede ser el problema. La creencia de la mente en la realidad aparente del cuerpo es el único problema, nuestra reificación de su nada en algo. Y así sería evidentemente una locura detestar al cuerpo por su estado físico o mental, sus sentimientos o sus actos, cuando es la decisión de la mente a favor de la culpabilidad la que es el verdadero problema, detrás de la cual está nuestra necesidad de protección de nuestra existencia individual: el objetivo final de mantener la creencia en la realidad del cuerpo. Estas proyecciones sobre el cuerpo —formas del amor especial y del odio especial—, son «el uso que [nosotros] hemos hecho de él» cuyo propósito subyacente es defender al ego demostrando que tiene razón y Dios está equivocado.

Sin embargo, la simplicidad del problema se oculta detrás de las formas diversas y atrayentes de la relación especial. Los lectores de estas páginas pueden recordar mi referencia en el artículo de marzo de 2006 a una conversación entre Sigmund Freud y su hija adolescente Anna, cuando caminaban pasando junto a algunas hermosas casas vienesas. El padre del psicoanálisis le dijo a su hija que un día llegaría a convertirse en una psicóloga famosa por su propio derecho, impartiéndole lo que un biógrafo de Anna definió como "una lección misteriosa":

«¿Ves esas encantadoras casas con sus fachadas encantadoras? Las cosas no son necesariamente tan encantadoras detrás de las fachadas. Y lo mismo ocurre con los seres humanos.»1

Las cosas no son necesariamente tan encantadoras detrás de las fachadas, las cosas nunca son lo que parecen, su forma externa esconde un contenido cargado de pecado que deseamos ocultar y esconder. En ninguna parte está esto más dolorosamente claro que en las fachadas de la relación de amor especial. No existe mayor alegría en el mundo del ego que la sensación de bienestar que se produce cuando nuestras necesidades especiales se ven satisfechas por las personas, objetos o sustancias especiales de nuestras vidas, con independencia de sus variadas formas. De hecho, estas formas son las grandes traidoras a nuestra fe en este Curso y traidoras a la esperanza de liberarnos finalmente de los grilletes de la cárcel de sueños de separación, culpabilidad y "realidades" físicas del ego.

Desde tiempos inmemoriales, las relaciones especiales han tenido un éxito increíble porque la verdadera atracción hacia ellas que experimentamos, no es en absoluto hacia el cuerpo, sino a que tenga éxito la estrategia del ego de hacernos ajenos a la mente. Centrarse en el cuerpo —las cumbres y los valles de sus placeres y dolores, triunfos y derrotas, éxitos y fracasos—, hace prácticamente imposible reconocer esta atracción como lo que es, y recordar que somos y siempre hemos sido nada más que una mente que está eligiendo continuamente entre el ego y Dios. De hecho, es con este fin de oscurecer el propósito subyacente del ego de mantenernos distraídos del problema real con el que se hizo el complejo mundo de símbolos, amores y odios especiales:

«¿Qué otra manera podría haber de resolver un problema que en realidad es muy simple, pero que se ha envuelto en densas nubes de complicación, concebidas para que el problema siguiera sin resolverse.» (T-27.VII.2:3)

El "problema que en realidad es muy simple" es la decisión errada de la mente a favor de la inconsciencia perpetua, llevada a cabo por medio de las complicadas nubes de nuestras relaciones. Sin embargo éstas se pueden despejar fácilmente por la misma mente cuando se hacer consciente, y abre la puerta, hasta entonces cerrada, a que podamos elegir de nuevo. Como dice el Libro de Ejercicios, sencillamente: «un solo problema, una sola solución» (Ej-pI.80.1:5,3:5).

No se puede señalar demasiado a menudo la importancia de darse cuenta de la naturaleza ofuscadora del mundo sin sentido de las formas. Sin esa comprensión, es demasiado fácil caer presa de las tentaciones del mundo perceptual de las cosas concretas del ego, por eso leemos:

«Nada es tan cegador como la percepción de la forma. Pues ver la forma significa que el entendimiento ha quedado velado» (T-22.III.6:7-8).

Nos atraen fácilmente los usos que el ego hace del placer y del dolor para anclarnos en el mundo sin sentido de los cuerpos, porque así es cómo estamos protegidos de la verdad que aguarda pacientemente nuestra decisión de regresar a la mente recta inespecífica. Es dentro de la mente errada donde el sistema de pensamiento del pecado está firmemente instalado y tiene un aspecto tan increíblemente horrible que huimos al cuerpo en busca de protección y socorro. Tan hábil y tan ladino es el ego que nunca recordamos que nuestro foco central es la preservación de la creencia de la mente en el pecado de la separación, y no el cuerpo con sus búsquedas de placer y evitaciones de dolor. La importancia de este reconocimiento se refleja en que Jesús nos dice dos veces, en secciones sucesivas:

«Y mientras creas que [el cuerpo] puede darte placer, creerás también que puede causarte dolor... Es esencial que esta relación se entienda, ya que el ego la considera la prueba del pecado...es el resultado inevitable de equipararse con el cuerpo, lo cual es la invitación al dolor... [El cuerpo] compartirá el dolor de todas las ilusiones, y la ilusión de placer se experimentará como dolor.» (T-19.IV-A.17:11; T-19.IV-B.12:2,4,7).

El asunto aquí es que placer y el dolor son caras opuestas de la misma moneda del ego que hace real al cuerpo. Puesto que comparten esa misma finalidad, son iguales, a pesar de sus diferencias tan convincentes perceptualmente. Como leemos:

«El dolor exige atención, quitándosela así al Espíritu Santo y centrándola en sí mismo. Su propósito es el mismo que el del placer, pues ambos son medios de otorgar realidad al cuerpo. Lo que comparte un mismo propósito es lo mismo. Esto es lo que estipula la ley que rige todo propósito, el cual une dentro de sí a todos aquellos que lo comparten» (T-27.VI.1:3-6; cursivas añadidas).

El propósito del ego de ocultarnos la visión de la verdad se subraya en el siguiente pasaje — similar en significado a los pasajes anteriormente citados del Libro de Ejercicios — que describe por qué nuestros ojos "ven" de la forma en que lo hacen:

«Esos ojos, hechos para no ver, jamás podrán ver... ¿Qué otro objetivo tenía su hacedor [el ego] salvo el de no ver? Para tal fin los ojos del cuerpo son los medios perfectos, pero no para ver. Advierte cómo los ojos del cuerpo se posan en lo exterior sin poder ir más allá de ello. Observa cómo se detienen ante lo que no es nada, incapaces de comprender el  significado que se encuentra más allá de la forma» (T-22.III.6:1,3-6).

 

Y esa es la clave. El mundo de la forma, el mundo perceptual de lo específico, es la nada. Por lo tanto, cuando al convertir la forma del cuerpo en una causa, confundimos forma y contenido, estamos descuidando el hecho de que sólo el contenido de la mente es causativo. Jesús nos recuerda que el suyo «es un curso acerca de causas, no de efectos» (T-21.VII.7:8). Nuestra confusión significa que nuestras ilusiones nos llevan a creer que en realidad hay un mundo ahí afuera en el que hay que creer, y que esto es un hecho porque nos lo dice el cuerpo. Y Jesús nos advierte:

«Recuerda entonces que ni el signo ni el símbolo se deben confundir con su fuente [causa], pues deben representar algo distinto de ellos mismos. Su significado no puede residir en ellos mismos, sino que se debe buscar en aquello que representan» (T-19.IV-C.11:2-3).

Esta confusión de símbolo y fuente (causa y efecto) se llama confusión de niveles en las páginas iniciales del texto, en el contexto de una discusión sobre la enfermedad. Para el mundo sumido en el sueño de los cuerpos, que se diga que la enfermedad es de la mente sería juzgado como una locura. Sin embargo, es el mundo que alucina el que verdaderamente está enloquecido (T-13.in.2:2) porque ve, siente y responde a un cuerpo que no es el problema y que de hecho ni siquiera existe:

«La enfermedad... es el resultado de una confusión de nivel, pues siempre comporta la creencia de que lo que está mal en un nivel [el cuerpo] puede afectar adversamente a otro [la mente]. Nos hemos referido a los milagros como un medio de corregir la confusión de niveles, ya que todos los errores tienen que corregirse en el mismo nivel en que se originaron. Sólo la mente puede errar. El cuerpo sólo puede actuar equivocadamente cuando está respondiendo a un pensamiento falso.» (T-2.IV.2:2-5).

Una vez más nos encontramos en presencia de una declaración muy clara de esta condición traicionera de los símbolos y las formas. El pasaje anterior, que viene en las primeras páginas del texto, nos muestra cómo constantemente, y desde el principio, Jesús subraya el núcleo de su enseñanza: somos mentes que toman decisiones y no cuerpos. Además, esta confusión de niveles tiene un objetivo, porque no llega a nosotros espontáneamente. Por el contrario, es el resultado directo de la identificación de la mente con el ego, tratando de proteger su ser individual y especial perpetuando la experiencia distorsionada de no ser mente y ser, por lo tanto, un cuerpo ajeno a la mente que está «a merced de cosas que se encuentran más allá de ti, de fuerzas que no puedes controlar o de pensamientos que te asaltan en contra de tu voluntad» (T-19.IV-D.7:4).

Sin duda, el deseo de ser especial trabaja con siniestra saña en la consecución de su objetivo de traicionar al amor, pero una traición más sinuosamente sutil es la traición de las palabras, que fueron «hechas por mentes separadas para mantenerlas en la ilusión de la separación» (M-21.1:7). Ahora seguimos explorando, en mayor profundidad, el complot del ego para derrotar a Dios y garantizar la preservación de su sueño de separación y muerte.

La traición continúa:
Las palabras como símbolos de símbolos

En el Manual del Maestro, leemos:

«No olvidemos, no obstante, que las palabras no son más que símbolos de símbolos. Por lo tanto están doblemente alejadas de la realidad» (M-21.1:9-10).

Esta declaración está en realidad tomada prestada de Platón. En su República, Sócrates (portavoz de Platón en los Diálogos) está tomando parte en una discusión sobre este mismo tema de origen, símbolo, apariencia y realidad, y utiliza una metáfora sobre tres clases de camas para ilustrar su punto de vista:

«Pues bien, aquí hay tres camas: una que existe en la naturaleza y que está hecha por Dios... Hay otra que es la obra del carpintero... Y la cama pintada en un cuadro, que es la obra del pintor, es la tercera... Las camas, entonces, son de tres clases, y hay tres artistas que son sus autores: Dios, el carpintero y el pintor...[quien es] el imitador de lo que hacen los demás... [La cama pintada] se separa tres veces... de la verdad

La idea de Platón es que las dos formas (una cama real y una pintura que la representa), que pretenden representar la verdad de la cama ideal, son intentos ilusorios de captar la esencia de la realidad (Dios y la cama ideal). Como dice el Curso:

«...tampoco existe un símbolo que represente a la totalidad. La realidad, en última instancia, sólo se puede conocer libre de cualquier forma, sin imágenes que la representen y sin ser vista.» (T-27.III.5:1-2). Sigue...

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