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HAY QUE APRENDER A PERDER Y NO PERSEGUIR IMPOSIBLES

 

Libera Tu Ser - Artículos Ciencia/Belleza/Salud/Medioambiente: "HAY QUE APRENDER A PERDER Y NO PERSEGUIR IMPOSIBLES"


Publicado en revista Más Allá de la Ciencia - Nº 293

 

Entrevista a Walter Riso: "Hay que aprender a perder y no perseguir imposibles".

Walter Riso es un psicólogo de origen italiano que creció en Argentina y estudió la carrera en Colombia. Además de sus exitosos libros, dedica sus horas a la enseñanza universitaria como especialista en terapia cognitiva y bioética. Traducido a múltiples idiomas y con ventas millonarias, Riso ha logrado comunicar ideas complejas y profundas con palabras sencillas. Pero lo que realmente le distingue, es su capacidad de transmitir humanidad y empatía al lector.

¿Por qué afirma que el apego es una de las peores causas de la infelicidad?

Es algo que ya dijo Buda hace 2.500 años. En psicología decimos que el apego es sufrimiento mental: esclaviza, ata, impide ser uno mismo. Como psicólogo sé que las adicciones mentales son las principales causas del sufrimiento humano.

¿Podría el desapego, en ciertos casos, causar también una cierta abulia o desinterés?

No cuando uno comprende que el desapego es independencia emocional, no despreocupación. Es hacer mi propia vida y no vincularme obsesivamente a nada ni a nadie; la capacidad de ser uno mismo. La indiferencia, como extremo, es una patología, una enfermedad, un trastorno esquizoide. Se trata de personas indiferentes, que no se involucran. El desapego, por el contrario, es una filosofía del desprendimiento: disfruto sin intentar poseer.

Usted sostiene que las personas “tiramos” mucho tiempo al invertir en acciones inútiles. ¿A qué se refiere?

Pensemos en una persona adicta al trabajo. En lugar de trabajar 8 horas, trabaja 16, e incluso los fines de semana. Se siente culpable si descansa, lo considera perder el tiempo. Es una adicción y las adicciones son las que realmente nos quitan tiempo y hacen que toda nuestra capacidad hedonista de disfrute se centre en un solo punto. Puede ser moda, ejercicio, trabajo… Dejas de disfrutar de la vida.

En su libro Desapegarse sin anestesia deja claro que, cuando se produce una ruptura, el desapego también genera dolor, como el apego. Pero será un dolor distinto ¿no?

Hay dos tipos de sufrimiento: útil e inútil. El inútil nos hace involucionar. El útil es el desapego, porque ayuda a superar el duelo de la pérdida cuando te desprendes de algo que te quita vitalidad y energía. Te quedas más libre y más tranquilo. Te hace crecer como ser humano. Es como una inyección, que duele pero cura.

¿Cuáles son las claves para no llegar a imbuirnos en el apego hasta convertirlo en una obsesión dañina?

La más importante, de entre las varias decenas, es empezar a hacerse cargo de uno mismo. A separar la pasión armoniosa de la obsesiva. La primera te lleva a la meta, es una motivación intrínseca que te hace disfrutar del proceso. La obsesiva, con motivación extrínseca, sólo se fija en las metas y no en el proceso. Hay que disfrutar de ir a la meta. No sólo la meta debe motivar el disfrute. La otra clave básica es entender que las cosas no son para siempre. Las cosas fluyen, cambian, nada es igual, hay que estar dispuesto a la pérdida. Si aceptas que todas las cosas cambian, no te apegarás.

Usted habla de deseos peligrosos y otros que no lo son, o no lo son tanto. ¿Puede darnos algunos ejemplos?

Un deseo peligroso es uno que te puede llevar rápidamente a una adicción. No es lo mismo decir “deseo comerme un pedazo de pan” que “deseo probar la marihuana”. La ambición desmedida también es un deseo peligroso, ya que puede llevar a buscar cosas inalcanzables que frustran. Sin embargo, hay otros que son más inofensivos, como el deseo de ser mejor persona. Los primeros te alejan de la salud mental. Y también hay dependencias más aceptables, como depender del médico, por ejemplo, y otras peligrosas, como depender de la belleza y sentir que no soy nada si no soy bello.

¿En qué consiste hablar con nuestros deseos?

Es hacerlos conscientes y enfrentarse a ellos. Uno tiene un lenguaje interno. Es un diálogo interno silencioso, que debemos volver externo, o sea, decir lo que deseo en voz alta y cuestionarlo. Por ejemplo: “a ver ¿por qué quieres comerte otras dos porciones de pizza?, basta con una”. Obrar así lleva al autocontrol y a dirigir la conducta. Mando yo sobre los deseos.

¿De qué modo podemos madurar más desde un punto de vista emocional?

Pienso que hay dos cuestiones básicas. Una es diferenciar lo que depende de mí de lo que no depende de mí. Cuando depende de mí, puedo luchar por la meta, pero cuando no depende de mí, hay que aprender a perder y no perseguir imposibles. Aunque no nos guste oírlo, no todo es posible. Por mucho que desee volar, nunca lo conseguiré. Mis deseos no son órdenes para el universo. Hay que trabajar y lograr lo que se pueda. Desearlo todo no vale. Ésta es una clave de la madurez. La otra es, si uno tiene un déficit en la vida, tratar de superarlo. Como aprender a nadar: el apego es seguir siempre con el flotador. Hay que evitar eso, que no deja crecer. Tengo que aprender a nadar. Pero a menudo somos demasiado cómodos. Nos valemos de estrategias compensatorias.

En la Edad Media regían valores “caballerescos” como el desprendimiento, la generosidad gratuita o, precisamente, el desapego ¿Cree que nuestra sociedad está sumida en una crisis de valores?

No me cabe duda. El desapego es un problema de valores. Hay que entender que nada es imprescindible. Ni siquiera nosotros mismos lo somos. Vivimos en una sociedad hiperconsumista, hiperactiva, obsesionada con el rendimiento obsesivo. El afán de consumo crea necesidades y más necesidades. Los objetos nos definen: “Soy de IPhone, Blackberry…”. Las marcas nos absorben y, además, no soportamos la espera. Todo tiene que ser ya y nuestra tolerancia a la frustración es cada vez menor. Si aceptáramos que el desprendimiento formase parte de nuestra vida de un modo natural, no habría estas necesidades absurdas e irracionales.

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