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EL MIEDO, EL ENEMIGO INVISIBLE
Anna Horno

 

Libera Tu Ser - Reflexiones personales: "EL MIEDO, EL ENEMIGO INVISIBLE"

 

 

Dice la Real Academia de la Lengua que es miedo una “perturbación angustiosa del ánimo”, lo cual indica que debe ser algo ajeno a nuestra naturaleza y cuyo propósito es trastornarla. Siendo entonces que el miedo es un intruso en nuestra mente, nuestro es el poder y la voluntad de permitirle o denegarle la estancia. Todo dependerá de que nos identifiquemos con el cuerpo (vulnerabilidad, debilidad, ego) o con el espíritu (invulnerabilidad, fortaleza, Dios).

No siempre somos conscientes del miedo, pero éste se manifiesta como una constante en nuestras vidas. Estamos programados para recrearnos y reafirmarnos en él a cada paso. Y es importante que aprendamos a reconocerlo, y a renunciar a él, a retirarle el poder de sufrimiento que creemos tiene sobre nosotros, puesto que nosotros mismos le hemos adjudicado esa capacidad.

Hablar de miedo es hablar del ego. El miedo no es más que una invención del ego, el subproducto de la creencia en el pecado y el consiguiente castigo por una culpa imaginaria.

El miedo manipula por completo nuestra perspectiva, anula nuestra capacidad de amar profunda y sinceramente; condiciona nuestras decisiones y actitudes, nuestras relaciones con nuestro entorno, e incluso la relación que mantenemos con nosotros mismos. Distorsiona nuestra percepción del mundo, de los seres que nos rodean y de todo cuanto aquí parece acontecer. Puesto que el miedo mantiene alejada de nuestra conciencia la experiencia de nuestra esencia amorosa e invulnerable, percibimos el exterior como un lugar hostil, agresivo y repleto de amenazas de las que es preciso mantenerse a salvo, a fuerza de defensas, que no son sino ataques. Y entre tanta amenaza, la mayor de todas ellas, la única en realidad, es el peligro de extinción de nuestras ideas, de nuestras creencias, de todo concepto aprendido acerca de nosotros mismos, lo cual, por supuesto, incluye al cuerpo. Protegemos a ultranza nuestras ideas, sin ser conscientes que tras toda defensa, el miedo a la pérdida es siempre la motivación, aquello que nos incita a reaccionar y a disparar dardos envenenados con el claro objetivo de destruir para negar la indivisibilidad e inmortalidad que por herencia ya son nuestras.

Dice Un Curso de Milagros que “nada real puede ser amenazado”, de ello se desprende que todo aquello que está sujeto al cambio y la pérdida, tiene, por definición, que ser irreal, una alucinación fruto de una idea en la mente. Sólo lo que conserva el principio de eternidad es real, y nuestros cuerpos, nuestro mundo, el universo entero, se cimienta sobre las bases de la impermanencia. Nada que sea susceptible de ser amenazado puede formar parte de lo que en verdad somos, ni aportar una definición acertada, ni tan siquiera aproximada de nuestra auténtica naturaleza. Es mediante la profunda aceptación de esta afirmación cómo el mundo, nuestros cuerpos, todos esos ideales e imágenes fabricadas que hasta el día de hoy han determinado nuestra realidad, quedan reducidos a una simple idea que primero cuestionamos y a continuación desechamos. Nuestras ideas nos poseen, y es hora de que tomemos responsabilidad sobre este hecho.

Nos adherimos a un sistema de pensamiento que nos provee de un falso sentido del yo como individuo separado y diferenciado del resto; incluso los aparentes atributos físicos de cada uno de nosotros, conservan esa misma cualidad indivi-dual y especial. Y de la mano de ese especialismo que tratamos de proteger a cualquier precio, transitamos por el mundo con el miedo por escudo: miedo a la pérdida de nuestra aparente exclusividad, sin detenernos a observar el Amor en cuanto nos rodea, ignorando que Éste no es exclusivo, sino inclusivo. El Amor no nos ha abandonado, ni se ha olvidado de nadie, es sólo nuestro deseo de ser especiales el que mantiene nuestra conciencia alejada de Él.

Tenemos miedo a perder esa definición de nosotros mismos, olvidando que se forjó a golpe de sufrimiento; tenemos miedo a deshacernos de todas esas ideas con las que nos identificamos, sin tener en cuenta que tantos conflictos provocan dentro y fuera de nosotros; tenemos miedo a perder nuestra identidad aprendida, pues sin ella sería imposible conservar el “ser especial” que nuestro ego tanto ansía. La idea del especialismo nos seduce, ejerce sobre nosotros el poder de un imán, arrastrándonos en su “atracción fatal” al lodo de la miseria y la infelicidad. Y con esta idea, tras esa pugna por ser especiales, ocultamos la negación de nuestra unión con todo y con nuestro Creador. Todo miedo es en último extremo, aunque aparentando millones de formas distintas, el miedo a la pérdida de esa falsa identidad, de ese yo dual y separado. Tenemos miedo al Amor, y nuestro yo aislado nos garantiza protección contra Éste.

Me pregunto ¿quién sería yo sin mis ideas?, ¿quién quedaría entonces para juzgar y condenar?, ¿quién para experimentar el conflicto y entablar una particular cruzada contra los que opinan diferente?, ¿qué límites al Amor podría poner entonces? El alcance de lo que al defender nuestras ideas ponemos en juego es inimaginable. El Amor no es algo que debamos buscar, o por lo que debamos competir o luchar. Amor es lo que somos. Retornar a nuestro estado de Gracia original, supone asumir responsabilidad y despojarnos de todos los falsos yos que ocultan nuestro verdadero y luminoso YO; lleva implícita una revisión consciente y honesta de nuestros valores e ideales, que no hacen sino mantenernos separados los unos de los otros, y por último, exige completa renuncia a todos ellos, pues será entonces, y sólo entonces, cuando podamos volver nuestra mirada limpia hacia el perfecto Amor: el Amor sin condiciones.

Este mundo no es más que una lucha constante por defender lo que consideramos valioso, ya sea que nos proporcione una falsa sensación de seguridad, o del Amor que creemos nos falta, o de permanencia o de ideas que definan quiénes somos. Hemos negado nuestro origen, renunciado a nuestra naturaleza espiritual y eterna, y nos hemos abandonado a nuestra suerte en este mundo y en ese cuerpo con el que nos identificamos. Y por extraño que parezca, esa identidad que un día rechazamos, es la misma que hoy ansiamos recuperar, sólo que buscando con el ego, es seguro que no podremos hallar. El cielo y el infierno no son lugares físicos, sino estados mentales. De la mano del Espíritu Santo, experimentamos el Amor, el Cielo; de la mano del ego, experimentamos el miedo, el infierno.

Son las historias que elaboramos y juicios que emitimos en torno a nuestros pensamientos y circunstancias externas, los que nos empujan a vivir en un constante estado de terror. Si tras cada pensamiento atemorizante que se acerca a nuestra conciencia, fuéramos capaces de simplemente observarlo y dejarlo marchar, o naturalmente transformarlo en un pensamiento amoroso, el miedo dejaría de tener cabida en nuestra experiencia en el mundo. Los juicios que emitimos respecto a todo, son los que condicionan nuestra existencia y nos confinan a las cuatro paredes del sufrimiento. Constantemente nos invitan a viajar desde el  pasado hacia el futuro, y desde el futuro, de vuelta al pasado, sin detenernos ni un solo instante en el momento presente.

Hace algún tiempo leí una frase que me atrapó por su simpleza y sabiduría: “la vida es eso que pasa mientras tú haces otros planes”, así es. Vida y Amor son sinónimos, tal como miedo y muerte lo son. Y donde hay vida no puede haber muerte, y donde hay Amor, el miedo está ausente. Viviendo el presente es como el Amor se alza en nuestra conciencia y el miedo desaparece. Cuando verdaderamente residimos en el presente, cuando permanecemos entregados a la existencia, la incertidumbre desaparece; desaparece todo pesar y el miedo a lo que sucederá mañana o al instante siguiente; desaparecen nuestras respuestas aprendidas en el pasado; se desvanece todo miedo a la pérdida, porque estamos tan preñados, nos sentimos tan plenos de este momento, que lo demás se torna insignificante.

Aceptación es la palabra mágica. Libres de expectativas, libres de deseos vanos es como caminamos con paso ligero por la vida, con alegría y en profunda comunión y gratitud.

 

El miedo es como un campo minado, nunca sabemos dónde o cuándo aparecerá, pero es seguro que lo hará, y cuando eso suceda, será para tratar de destruir nuestra paz y nuestra felicidad. Y en el terreno fértil de la mente, nuestra experiencia en el cuerpo variará en función del amo al que decidamos servir. El miedo o el Amor determinarán nuestra existencia. Un Curso de Milagros nos recuerda: “Dije anteriormente que sólo puedes experimentar dos emociones: amor y miedo” (T-13.V.1.1), “Sólo puedes experimentar dos emociones. Una la inventaste tú y la otra se te dio. Cada una de ellas representa una manera diferente de ver las cosas, y de sus correspondientes perspectivas emanan dos mundos distintos. Ve a través de la visión que se te ha dado, pues a través de la visión de Cristo Él se contempla a Sí Mismo. Y al ver lo que Él es, conoce a Su Padre. Más allá de tus sueños más tenebrosos Él ve en ti al inocente Hijo de Dios, resplandeciendo con un fulgor perfecto que tus sueños no pueden atenuar. Y esto es lo que verás a medida que veas todo a través de Su visión, pues Su visión es el regalo de amor que Él te hace, y que el Padre le dio para ti” (T-13.V.10)

Aceptando, sin agregar una pesada carga de obstáculos, sin sucumbir a los influjos caprichosos del ego, sin resistencias absurdas y estériles a lo que es, tal cual es, así es como el miedo se desvanece y el Amor vuelve a ocupar en nuestra mente el lugar que le corresponde. Mirar al mundo desde ese lugar de quietud y plenitud en nuestro interior, en el que sabemos Dónde se encuentra nuestro Hogar y nos sentimos perfectamente protegidos y amados. Dos visiones, dos mundos,,, Amor o miedo, Cielo o infierno, ¿cuál vamos a elegir ahora?

El miedo es el sustento del mundo y un combatiente feroz contra la verdad. Nos persuade, nos anestesia y nos condena con sus limitaciones, y todo porque decidimos permitirlo. Toda ilusión de amenaza procede del miedo, y éste se extiende por doquier como la peor de las plagas. Fue el miedo el aparente estado de la mente que dio origen al mundo, y derivadas de éste, experimentamos cientos de emociones, no en todas las ocasiones fáciles de detectar, pero que de algún modo siempre ocultan la presencia de la paz en nuestra mente. Es el ego quien teje los hilos de esta trama a la que llamamos vida. El miedo nos condujo a nuestra experiencia en el mundo, y de la mano del ego, todo lo que en el mundo experimentamos es miedo. Nuestras emociones nos revelan ese estado de terror. La depresión, la tristeza, la culpa, los celos, el desánimo, la impaciencia, el resentimiento, la avaricia, la ira, la ansiedad, el aburrimiento, decepción, fracaso, falta de alegría, complejos de inferioridad o superioridad, nuestra urgencia por planificar el mañana hasta en el más mínimo detalle, esa insistente huída hacia el pasado o hacia el futuro… la lista es extensa y todos los participantes, en su locura, proclaman que lo imposible hoy es posible, y en su ceguera creen ver lo que no se encuentra aquí, poniendo de manifiesto nuestra falta de confianza en la perfección del momento presente y evidenciando el miedo que da la espalda al Amor.

Podemos observar al miedo disfrazado con cientos de máscaras distintas. Las relaciones humanas se convierten en el decorado perfecto para la puesta en escena de esa función titulada “miedo”. Fácilmente lo observamos en la relación que mantenemos con nuestros hijos, con nuestras parejas, con familiares, amigos o compañeros de trabajo, e incluso con el desconocido que se cruza con nosotros y que nos provoca un leve recelo. Lo fundamental es reconocer que todo síntoma de miedo es un ataque contra la verdad, el producto de nuestra identificación con el cuerpo, de la renuncia a nuestra naturaleza espiritual y divina, y de una profunda aceptación y presunción de culpa por un pecado que en verdad jamás se cometió.

Cualquier interpretación que tome como guía al miedo, conduce inevitablemente a la percepción de ataque, y a partir de aquí se generan un sinfín de reacciones que adoptan la forma de defensas. Toda defensa es en último extremo una forma de ataque. No es sólo ataque agredir verbal o físicamente a otro ser, sigue siendo ataque un pensamiento negativo o destructivo dirigido hacia los otros o hacia nosotros mismos; es ataque la aceptación de la idea de sacrificio; es ataque toda percepción de culpabilidad interna o externa o nuestros deseos de impartir o reclamar justicia o venganza; lo es también nuestra resistencia hacia las cosas tal como son en cada momento. Nuestros apegos y dependencias declaran que el Hijo de Dios no es libre ni está completo, e Incluso tras la aparente enfermedad del cuerpo o la falta de recursos económicos, existe un ataque encubierto, que niega nuestra realidad inmortal y plena, y afirma que el Hijo puede sufrir y carecer hasta finalmente morir. Hay miedo en la enfermedad y en la carencia económica, miedo a aceptar nuestra realidad en Dios, miedo a reconocer que no tenemos una Voluntad separada de la Voluntad de nuestro Creador. La mente utiliza la escasez como un arma, un ataque para defendernos de esa verdad que viene a echar por tierra los planes del ego para la supervivencia de la creencia en la separación.

El ego dicta sentencia en favor de lo externo. Jura y perjura que los problemas se encuentran en el mundo y que es por tanto en el mundo donde debemos afrontarlos y resolverlos. De este modo se asegura que nos mantendremos lo suficientemente entretenidos y distraídos, para jamás mirar adentro, donde verdaderamente se hallan todas las respuestas y la única solución a todo aparente problema. Pero existe un lugar de paz en el interior de cada uno de nosotros. Éste es el lugar que todos andamos buscando. El mundo no es algo que esté sucediendo ahí fuera, externo y ajeno a nosotros: el mundo está en nuestra mente, en los pensamientos e ideas a los que elegimos otorgar validez y credibilidad. Aceptando como veraces los pensamientos del ego, nuestra experiencia se convierte en el mismísimo infierno que se deriva del miedo, en tanto que con el oído atento hacia los pensamientos de Amor, invariablemente experimentaremos el Cielo.

Renunciando a toda búsqueda externa, centrados en la búsqueda hacia adentro, es como finalmente el miedo se disuelve y la cordura se restaura en nuestras mentes. Eligiendo sistemáticamente el pensamiento recto, logramos acallar la voz en grito del ego y la dulce Voz del espíritu emerge con total claridad.

QUE MI MENTE NO NIEGUE EL PENSAMIENTO DE DIOS” (UCDM, Libro de Ejercicios, lección 165).

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