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ELIGE DE NUEVO
Anna Horno

 

Libera Tu Ser - Reflexiones personales: "ELIGE DE NUEVO"

 

Este mundo fue proyectado desde el olvido para mantenernos en el olvido. Elegir recordar es la elección que ahora hacemos, tomados de la mano de la presencia de Dios en cada uno de nosotros. Esta presencia, que ayer elegimos rechazar, es la misma que hoy decidimos aceptar.

Todo cuanto aparenta suceder aquí, trae impreso «el sello de fábrica»: la culpa que dio origen al mundo. No podría ser de otro modo, creador y creado conservan idéntica seña de identidad; las mismas cualidades que definen a uno, se reflejan invariablemente en el otro. Y este lugar, nos invita constantemente a recordar «nuestro pecado».

La idea de una realidad separada nos atrae tanto como nos aterra. Inconscientemente nos atrae la experiencia de «jugar a ser Dios», de creernos nuestros propios creadores. Nos aterran lo que pensamos son las consecuencias de ese loco deseo. El sueño tuvo lugar como una respuesta en la mente del Hijo, una respuesta de la que éste olvidó reírse. Le gustaba la idea de ser diferente; decidió creer que actuar por su cuenta era posible e incluso divertido. Lo que el Hijo no alcanzó a comprender, era que el sentimiento de culpa derivado de aquella elección, iba a impregnar y a condicionar todas sus experiencias en esa realidad aparte que él mismo había inventado. Así fue cómo el mundo se convirtió en el símbolo de la culpa y el miedo y en su chivo expiatorio.

Todo lo que como cuerpos creemos experimentar, ya sucedió, ya pasó, duró tan sólo un instante y desapareció inmediatamente después en la nada de la que pareció surgir. Pero lo mente parece que quedó atrapada allí, entretenida repasando los detalles, revisando esas viejas historias, pasando lista a todas y cada una de las «heridas» que pareció que el mundo nos infligía, sin recordar nuestra responsabilidad sobre ello. Y así es que siempre estamos buscando responsables para todas nuestras «desgracias», proyectando culpables que carguen con nuestra culpa inconsciente, creyendo que así nos liberamos de ella. Ésta fue la lección principal que al tomar al ego como maestro aprendimos.

Hoy parece que hay otra lección que debo aprender: «la verdad que me hará libre». La verdad que me despojará de este descabellado deseo de individualidad. La verdad que me liberará de los fantasmas y de todos esos monstruos que creo que constantemente me acechan y atormentan. La verdad que disolverá las cadenas que me mantienen prisionera de este mundo; la misma verdad que disipará todos los pesares y sanará mi necesidad de venganza.

Aceptar la Expiación para mí misma, significa aceptar que este mundo no es real y asumir mi responsabilidad en su fabricación. Aceptar la Expiación exige mi renuncia a la creencia de que es posible algo así como una voluntad separada de la Única Voluntad; implica mi decisión de recordar Quién Soy, mediante la experiencia de la perfecta Unidad e inocencia en la que Padre e Hijo descansan por siempre. Y aun cuando el mundo pueda ofrecerme las herramientas, la decisión es una que solamente a mí me corresponde tomar.

¿Por qué el Curso compara este mundo con un sueño? ¿Por qué constantemente nos invita a mirar cara a cara nuestras ilusiones? La respuesta es sencilla: lo que en su esencia no representa los principios de eternidad e indivisibilidad, no puede ser real; lo que Dios no creó, sólo puede pertenecer al ámbito de los sueños, de la ilusión. Es mediante nuestra atenta mirada y una renuncia expresa, como aprendemos a reconocer lo que en verdad son todas nuestras ilusiones. Así podemos tomar la decisión de negarles el poder que antaño les habíamos conferido. De este modo intercambiamos nuestra debilidad, por la auténtica fortaleza que procede de reconocer a Dios dentro y fuera de nosotros. Nuestra identificación con el Cristo.

Aprendimos a negar a Dios en nuestra mente, y ahora reaprendemos a afirmarlo de nuevo; un día lo expulsamos de nuestra casa, hoy lo invitamos a regresar a ella… en eso consiste elegir de nuevo. Elegir de nuevo no guarda relación con lo que en el mundo hacemos o con las decisiones que en éste parece que tomamos. En realidad, todas las decisiones ya fueron tomadas, todas las historias fueron ya contadas. Nada podemos hacer al respecto, no hay forma de cambiar lo que ya sucedió. Sólo hay una cosa que es posible cambiar, y es el modo en que decidimos experimentar esas mismas repetitivas y arrugadas historias. Tomar en nuestra mente una decisión diferente, una que nos permita salir del sueño y acceder al Mundo Real.

En el mundo constantemente nos encontramos interactuando, relacionándonos; no existe ni un solo minuto del día en el que no nos estemos relacionando. Nos relacionamos incluso con las circunstancias en las que nos vemos envueltos o aquéllas de las que somos testigos. Aún cuando sólo sea por el hecho de verlas de una u otra forma, ya nos estamos relacionando con ellas. En cada relación, estamos dando testimonio de cómo nos vemos a nosotros mismos y a Dios. Todo el tiempo nos estamos relacionando con nosotros mismos, y definiendo a través de la relación quiénes somos.

Si me relaciono con las apariencias, me estoy condenando a esta existencia, la realidad del mundo del ego. Si permito que mi mente vaya más allá de lo que mis sentidos físicos me muestran, me estoy relacionando con mi verdadero Ser y recordando mi Única Identidad. Es una simple elección, una que me conduce a un callejón sin salida o me sitúa en el camino de regreso a Dios; a la liberación de ese estado ilusorio de proyección-percepción, que permitirá dar paso en mi mente a la verdadera Creación fruto del perfecto Amor.

Acepto o rechazo la llamada a voz en grito del ego, esa invitación a percibirme como un cuerpo, la tentación de creerme separada de esos “otros” cuerpos que aparentan amenazar mi existencia.

Mentalidad abundante VS principio de escasez

En tu mente se encuentran tanto los pensamientos de Dios, como los pensamientos que Dios no comparte y que has decidido apoyar en favor del ego. No es posible reconciliar ambos mundos; no es posible convivir con esas dos clases de pensamientos de naturaleza y orígenes tan dispares. En cada momento del día estamos en Dios o estamos en el ego. Ante cada situación tenemos la opción de elegir entre un pensamiento de Amor, que me permita reconocer mi inocencia y la inocencia en todo cuanto me rodea, o un pensamiento de miedo que dé «probada muestra» de la separación. Ambas alternativas están a nuestra disposición, y nuestra es también la capacidad de elegir.

«Tomar esta decisión no puede ser algo difícil. Esto es obvio, si te percatas de que si no te sientes completamente dichoso es porque tú mismo así lo has decidido. Por lo tanto, el primer paso en el proceso de des-hacimiento es reconocer que decidiste equivocadamente a sabiendas, pero que con igual empeño puedes decidir de otra manera. Sé muy firme contigo mismo con respecto a esto, y mantente plenamente consciente de que el proceso de des-hacimiento, que no procede de ti, se encuentra no obstante en ti porque Dios lo puso ahí. Tu papel consiste simplemente en hacer que tu pensamiento retorne al punto en que se cometió el error, y en entregárselo allí a la Expiación en paz. Repite para tus adentros lo que sigue a continuación tan sinceramente como puedas, recordando que el Espíritu Santo responderá de lleno a tu más leve invitación: Debo haber decidido equivocadamente porque no estoy en paz. Yo mismo tomé esa decisión, por lo tanto, puedo tomar otra. Quiero tomar otra decisión porque deseo estar en paz. No me siento culpable porque el Espíritu Santo, si se lo permito, anulará todas las consecuencias de mi decisión equivocada. Elijo permitírselo, al dejar que Él decida en favor de Dios por mí» (T-5.VII.6)

El sistema de pensamiento del ego, lleva implícito el principio de escasez y un sentido de supervivencia que nos incita a actuar allí donde en el mundo parece no estar garantizada

Creemos que la pérdida es posible, creemos ser víctimas de un entorno hostil que amenaza con quitarnos e incluso destruirnos. Así es como opera todo el tiempo el miedo en nuestra mente: percibimos un ataque y con ello justificamos el nuestro en respuesta. Y aunque éste solamente se manifieste en forma de resentimiento acumulado, sigue siendo ataque. Todo ataque es siempre la consecuencia de haber elegido al ego. Toda percepción de amenaza es siempre el resultado de identificarnos con el cuerpo. Al creer que la pérdida es posible, nos sentimos en la «necesidad» de defendernos.

Pero en cada circunstancia que me aleja de mi estado natural de paz, ya sea porque experimento rabia, o tristeza, o pérdida, o cualquiera otra emoción en la línea del miedo, puedo elegir de nuevo. Puedo pedir al Espíritu Santo que me muestre el camino. Puedo pedirle que me dé Su Paz, entregarle a Él mis demonios, y permanecer en silencio para escuchar Su Respuesta, que siempre me es dada. Poco a poco voy entrando en un espacio de protección y puro Amor. Desde este espacio, es fácil recordar mi perfecta invulnerabilidad, cualidad intrínseca del Espíritu, y reconocer que la pérdida es en verdad imposible. En todo momento del día, bajo cualquier circunstancia que parezca perturbarme, puedo regresar a mi Fuente inagotable de Amor para nutrirme y saciarme de Él. Identificada con mi mente abundante, la mente de mi Creador, sólo hay un deseo, y es el de extender el Amor y la felicidad que experimento, que me llena por completo y se derrama de mí hacia todo. En este estado, ¿qué importa lo que parezca que el mundo haga o diga? Así experimentamos nuestra Grandeza, así aprendemos que dar y recibir son lo mismo.

Reconocer que no hay problemas sino lecciones que me invitan a elegir de nuevo. Recordar que todo aparente problema, nunca fue real y como tal, quedó disuelto ya en su solución. Vaciarnos de ego para llenarnos de Dios; desnudos de toda falsa identidad, nos vestimos de gala con las ropas de nuestro verdadero Ser,,, ésta es y será siempre la única Respuesta.

DIOS ES…

«Aprende, pues, el feliz hábito de responder a toda tentación de percibirte a ti mismo débil y afligido con estas palabras: Soy tal como Dios me creó. Su Hijo no puede sufrir. Y yo soy Su Hijo. De este modo se invita a la fortaleza de Cristo a que impere y reemplace todas tus debilidades con la fuerza que procede de Dios, la cual es infalible. Y de este modo también, los milagros se vuelven algo tan natural como el miedo y la angustia parecían serlo antes de que se eligiese la santidad. Pues con esa elección desaparecen las distinciones falsas; las alternativas ilusorias se dejan de lado y no queda nada que interfiera en la verdad» (T-31.VIII.5).

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