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EL PERDÓN Y JESÚS
KENNETH WAPNICK

 

Libera Tu Ser - David Hoffmeister "EL PERDÓN Y JESÚS"

 

Del Epílogo: La enseñanza del mensaje

 

El mensaje que Jesús vino a enseñar fue que el dolor, el sufrimiento y la herida, hasta la misma muerte, no son sino ilusiones del ego. “El Príncipe de la Paz nació para restablecer la condición del amor, enseñando que la comunicación continúa sin interrupción aunque el cuerpo sea destruido” (T-15.XI.7:2). La mayor tentación de este mundo es la de creer que uno es una víctima, injustamente tratado por fuerzas fuera de la mente de uno. Así pues, Jesús nos pide que lo tomemos como nuestro “modelo de aprendizaje”.

La crucifixión es el símbolo del sufrimiento, del sacrificio y de la muerte de la inocencia a manos del pecado. Sentirse victimizado por las acciones o decisiones de otros, o indefenso ante las “fuerzas naturales” o las fuerzas de la enfermedad, son todos nombres diferentes para el mismo error de creer que Dios es injusto y que nosotros somos Sus víctimas, que merecemos Su castigo debido a nuestra pecaminosidad.

En medio de esta locura del pecado del ego, Jesús nos llama a un mundo de cordura. Su perdón, otorgado por el Espíritu Santo, es el regalo que Él nos ha hecho. “Oídme, hermanos míos, oídme y uníos a mí” (T-31.VIII.9:4) para traer este mensaje de esperanza y de paz a un mundo que hace tiempo las abandonó. Sin embargo, no podemos ofrecer ese mensaje mientras creamos que nos tratan injustamente, y que somos las víctimas inocentes de un mundo cruel y pecaminoso. El mundo no existe, nos enseñó Jesús, sólo existe una creencia en él. Bien y mal, víctimas y victimarios, vida y muerte –todos contrastes, diferencias y separación- desaparecieron en la luz resplandeciente del perdón. El mundo no existe, proclama esta luz, así que ¿cómo puede victimarnos un mundo irreal? Al aprender y enseñarnos esta lección unos a otros, nos liberamos de las cadenas de la culpa que fabricaron y mantienen este mundo. El mundo se hizo como un ataque a Dios, pero debido a que Dios no reconoció el ataque, el pecado fue perdonado, puesto que jamás ha ocurrido.

Al haber concluido el camino de su Expiación, Jesús puede ahora ayudar a cada uno de nosotros a hacer lo mismo. Él es el más diáfano modelo para tomar esta decisión de perdonar –la condición para aceptar el Reino de Dios- y la vida ascendida de Jesús es el testimonio de esta afirmación que queremos oír en nuestras plegarias: “No puede haber víctimas en un mundo donde yo estoy presente”. El identificarnos como una víctima niega su lección y su presencia viviente en nosotros. “No enseñes que mi muerte fue en vano”, nos exhorta Jesús en el Curso. Él nos pide a cada uno de nosotros, como sus apóstoles en el mundo, que enseñe con él que él vive, al identificarse con su mensaje de resurrección, no con la interpretación que el mundo hace de la crucifixión.

El camino al infierno es uno largo y agotador, salpicado con cuerpos que sufren a manos de la injusticia. El perdón invierte este camino instantáneamente, al reinterpretar la injusticia como una petición de amor, y abrazarnos a todos en esta petición y en la respuesta a la misma. Si no fuese por el perfecto Amor de Jesús, el perdón habría sido imposible. A sus ojos no se cometió injusticia alguna, pues sólo un ego puede ser tratado injustamente. Repito esta cita del Curso, la cual reflejaría la principal ética del Curso: “Allí donde hay amor, tu hermano no puede sino ofrecértelo por razón de lo que el amor es. Pero donde lo que hay es una petición de amor, tú tienes que dar amor por razón de lo que eres” (T-14.X.12:2.3). Jesús podía darlo porque él sabía quién era él y Quién era su Padre. Puesto que el amor era su única identidad, eso era lo que enseñaba. Desde una certeza así, no era posible pensar en el ataque, la defensa y la inexorabilidad. Toda la gente se veía como una, y a las ilusiones de un estado de separación  no se les otorgaba el poder para destruir esa unidad. La resurrección de Jesús demostró  concluyentemente que la muerte no tiene dominio sobre la vida. Como afirma el Curso al citar del Bhagavad Gita: “¿Podría acaso perecer lo que es inmortal?” (T-19.II.3:6). Así pues, nada en el mundo –ninguna ley, no importa cuán sacrosanta pueda parecer- puede interferir con la Voluntad de Dios y hacer que Sus Hijos sean distintos a Él.

Jesús, por consiguiente, no nos pide que expiemos nuestro pecado a través del sufrimiento –castigando a otros o a nosotros mismos-, sino que más bien nos pide que lo expiemos por medio del perdón como él lo hizo, al corregir nuestras percepciones erróneas y de ese modo sanar las del mundo. Es la creencia en nuestra pecaminosidad lo que nos enseña que somos pecaminosos. Jesús vino a enseñarnos que simplemente estamos equivocados: La propia imagen y semejanza de Dios es invulnerable a las fuerzas “pecaminosas” del mundo.

Este es, pues, el mensaje de Jesús para todos nosotros: que escojamos entre el pecado y el perdón, la muerte y la vida, el ego y Dios. Su vida, muerte y resurrección contienen claramente este mensaje para nosotros. El Curso lo expresa de esta manera: “Enseña solamente amor, pues eso es lo que eres” (T-6.I.13:2). Es la misma elección que Moisés le presentó a los Hijos der Israel: “Te pongo delante vida o muerte, bendición o maldición. Escoge la vida, para que vivas, tú y tu descendencia, amando a… tu Dios” (Dt 30:19). Ahora queda de nuestra parte el compartir en la paz y la dicha que es la vida eterna que Jesús nos ofreció, y enseñar con él el mensaje de amor que el mundo ha olvidado.

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