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EL LIBRO DE LOS MILAGROS
PATRICIA BESADA

 

Libera Tu Ser - EL LIBRO DE LOS MILAGROS

 

Del capítulo 2: Un Hogar en el Cielo



LA VOZ DEL AMOR

Con respecto a sí mismo y ya en su segunda oración, Un Curso de Milagros indica que es obligatorio. No hay persona –sea o no buscador espiritual- que no se sienta incómoda, al menos perturbada, frente a una obligatoriedad declarada. ¿En qué consiste el carácter de exigencia, de requerimiento ineludible, que este camino manifiesta?

La obligatoriedad –y para no quedarme sin lectores ahora mismo opto por retrasar toda alusión a su carácter universal-, está relacionada con el contenido, no con la forma. Todos los caminos espirituales difieren en su forma, es obvio. Sin embargo, apuntan al mismo propósito, una intención compartida, alcanzar un estado de quietud interna que nos permitirá aceptar la verdad de nuestra Naturaleza.

Al morar en ese espacio, despertamos en Dios. ¿Cómo es esto?

La anatomía de esta idea revela etapas eslabonadas de un proceso. La primera, relacionada con la paz interior; la segunda con nuestra Identidad, y la tercera, con el despertar en Dios.

Sin serenidad estamos cautivos del conflicto, del resentimiento, del juicio. Vemos aflicción y desesperanza en las personas que nos rodean; depresión o furia en amigos y familiares; todos persuadidos que andan solos por este mundo y que sus sentires tienen justa razón. Esta misma dinámica se replica en sociedades, países; la humanidad toda desde sus mismísimos albores.

Sin embargo, ahora que nuestra inspiración –aunque tímida y embrionaria- acepta la presencia del Amor en nuestra vida, nos invita a dejar de lado todos los obstáculos que hemos atesorado en su contra y a encauzar nuestro corazón en dirección a la Armonía.

Un instante, un solo instante de plácida aceptación es suficiente para comprender que el concepto del yo que hemos forjado tiene que ser des-hecho, abandonado. Al hacerlo, una apacible verdad destella en nuestro interior. No hay forma de estar en paz separados de nuestro Ser.

Esa voz ronca que incansable nos ha dictado una interpretación desconsolada, amarga y fúnebre de las cosas es –en pocas palabras- una decisión contraria a nuestra naturaleza. El ego es una confusión con respecto a tu identidad (T-7.VIII.4:7). Parafraseando la idea que El Bardo expresa en Hamlet: “Dios nos ha dado un rostro y nosotros nos inventamos otro”.

Percibir con los ojos del ego es sinónimo de haber olvidado nuestro Origen. Tal como percibimos, todo es un eco de una absurda idea que pretendió limitar lo ilimitado, resistir lo irresistible. Todo es efecto de un desatinado impulso que intentó buscar algo distinto en lo que es eternamente igual. Todo es un sueño colectivo de olvido. Y nuestro trabajo interior no consiste en elegir qué sueños conservar y cuáles descartar. Nuestra intención –alineada con el Universo- nos invita a preguntarnos si queremos seguir viviendo en sueños o despertar.

Durante una temporada, elegimos ser otra cosa. Y la temporada ha llegado a su fin. Durante un tiempo elegimos experimentar lo mismo que aquel hijo pródigo. Pero, al igual que él, elegimos regresar.

¿A qué otro lugar podría volver el hijo? A ninguno excepto a su hogar. Al verdadero y único hogar donde su padre lo aguarda con la misma devoción de siempre. ¿A qué otro lugar podríamos volver nosotros? A ninguno excepto a nuestro Hogar. El verdadero y único Hogar donde nuestro Padre nos aguarda como siempre.

Ahora que hemos elegido regresar, ahora que nuestra decisión está en armonía con nuestro Corazón, ahora todas las cosas son ecos de la Voz que habla por Dios (L-pI.171.1:1).

Y la Voz que habla por Dios, el mecanismo de los milagros, la llamada a despertar es el Espíritu Santo.

En este momento, en este mismísimo momento sé que existe un lugar en mí donde los estragos del tiempo, los escombros de la vida, las promesas del futuro, las visiones de un pasado mejor han desaparecido y sólo se escuchan ecos de la eternidad.

Y destellan por todo el mundo a través de mí, gracias a una decisión conjunta a favor del Entendimiento.

El Espíritu Santo es la llamada a despertar. Ahora mi voz es la de Dios. Y es una melodía.

Ahora mi canto es parte de la eterna armonía del Amor (CO-3.IV.8:3).

EL PERDÓN Y LA VOZ DE DIOS

El perdón es la herramienta, el medio, el recurso que tenemos ahora mismo a nuestra disposición para que toda percepción distorsionada sea suavemente transformada, corregida, intercambiada por la visión de Dios. Para que este proceso ocurra natural y constante, no se necesita gran cosa.

De hecho, la espiritualidad práctica que propone Un Curso de Milagros sería estéril si tuviéramos que emprender y observar exitosamente un copioso conjunto de nuevas actividades mientras que abandonamos tantas otras viejas.

En realidad, sí existe un ejercicio nuevo que tenemos que aprender a incorporar a nuestra cotidianeidad. Pero es sólo uno. ¡La sabiduría de la Creación no sería práctica si despertar no fuera fácil y natural! Por lo tanto, no se trata de algo que tengo que hacer, sino de algo que tengo que dejar de hacer. No desde la renuncia, la pérdida o el sufrimiento. No desde la privación, la resignación. Nada más lejano. Es algo que voluntariamente elijo entregar.

Imaginemos un mapa que nos presenta un camino apaciblemente planeado, un cuidado diseño cuyo propósito es aprender a entregarle al Espíritu todo aquello que no deseamos. Para ello, es vital reconocer que lo que no deseamos son sueños, fantasías e ilusiones. La Eternidad está deseosa de aceptar todos nuestros sueños y encauzarlos en beneficio de nuestro despertar.

Esta dación o entrega de sueños es central para alcanzar la paz mental. Y digo central porque el propósito de nuestros sueños es valernos de ellos para seguir durmiendo…

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