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CUANDO LA RELACIÓN CAMBIA DE "ODIO ESPECIAL" A "AMOR ESPECIAL"

 

Libera Tu Ser - Kenneth Wapnick "Cuando la relación cambia de odio especial a amor especial"



Publicado por la Foundation For a Course in Miracles, escrito por Kenneth Wapnick y traducido al castellano por Juan Illan Gómez.

 

Las dos preguntas siguientes, aunque tienen formas diferentes, comparten el mismo tema y se las va a responder conjuntamente:

Pregunta número 69-A
He estado trabajando durante mucho tiempo en perdonar a una persona en particular, y finalmente estoy llegando muy cerca del perdón total, lo que debería traerme paz. Pero ahora me encuentro con que echo de menos verlo y hablar con él, y esto no me trae ninguna paz. Él no ha fallecido y, por tanto, existe una posibilidad de interacción física aunque no sea muy verosímil, pues los dos nos hemos vuelto a casar. Quiero ser capaz de actuar de otra manera con él y mostrarle mi amor incondicional en lugar del miedo, que fue lo que arruinó nuestra relación. ¿Qué está pasando? Aunque lo haya perdonado y me sienta llena de alegría y sin resentimientos respecto de nuestra relación, ¿sigue mi ego al mando? Echar de menos a alguien, ¿es otra manera de confirmar la creencia en la separación?. No me puedo creer que no tenga la paz completa que esperaba. El echarlo de menos está saboteando esta experiencia, que por lo demás sería amorosa, supongo que porque no quiero tenerla a solas. Me he unido mentalmente a este hermano y me gustaría ver representarse en la forma esta unión. ¿Es esto un error? Y si lo es, ¿cómo puedo conseguir algo de paz sobre este asunto?

Pregunta número 69-B
El perdón es un proceso muy importante para el Curso, y se puede aplicar a casi todo lo que sucede en nuestras vidas cotidianas. Pero, ¿qué pasa cuando asesinan a alguien y todo termina abruptamente para esa persona? Si ya no existe la persona que ha sido asesinada, ¿cómo puede esa mente procesar lo que ha ocurrido? Espero que esta pregunta no sea una tontería, y que tenga alguna relevancia para el Curso.

Respuesta: El perdón, que ocupa un lugar central en las enseñanzas del Curso, es un concepto muy difícil de captar mientras sigamos identificados con el ego y con el ser individual que creemos ser. Jesús nos advierte de que [...] el mundo no puede percibir su significado [del perdón] ni proveer un guía que muestre su beneficencia. No hay un solo pensamiento en todo el mundo que conduzca a un entendimiento de las leyes que rigen el perdón o del Pensamiento que refleja. El perdón es algo tan ajeno al mundo como lo es tu propia realidad.” (E.pI.134:13,1-3).

Por eso hace falta mucha humildad para enfocar el estudio del Curso desde el reconocimiento de que en realidad no lo entendemos. Pero la posibilidad del verdadero aprendizaje está en este reconocimiento. El perdón tal como lo define el Curso no tiene nada que ver con la persona con la que creemos estar resentidos. Pero tampoco tiene nada que ver con la persona que creemos ser y que parece aferrarse a un resentimiento. Esto no es negar que vayamos a experimentar los efectos del verdadero perdón en nuestras relaciones externas, pero en realidad no es eso lo que está ocurriendo. Para entender a qué se refiere el Curso cuando habla de perdón, lo primero que necesitamos entender es cuál es el propósito que el mundo y nuestras relaciones tienen para el ego. Y ese propósito siempre es ver fuera de nosotros, en otro, la culpabilidad que en realidad está en nuestra propia mente, la culpabilidad original por la idea de separarnos de Dios. Los aspectos concretos de mi resentimiento contra ti no tienen importancia real. Lo que importa es que te pueda echar la culpa de mi infelicidad. Y así, el perdón es el proceso que me permite reconocer, primero, que en efecto me siento desgraciado y no estoy en paz, y después que tú, contra quien he estado abrigando resentimientos, me has ayudado a verlo. Pero tú no eres el origen de mi pérdida de paz y felicidad. Yo lo soy. Y de esta manera, cuando retiro de ti la proyección de mi culpabilidad, puedo dar el siguiente paso con el Espíritu Santo y reconocer que mi propia culpabilidad no es real. Y de ese reconocimiento surge la paz. De forma que el perdón me permite liberarme de los juicios equivocados que hice, primero en contra de mí mismo y luego contra ti, porque no quería aceptar la responsabilidad por ellos. Y el perdón que experimento tiene lugar en la mente y no tiene nada que ver con el “yo” que creo ser ni con el “yo” que creo que tú eres.

Volvamos a las preguntas que has planteado teniendo en cuenta esta breve explicación. Lo que experimentamos como perdón en nuestras relaciones con los demás puede ciertamente ser un reflejo del proceso real subyacente que está ocurriendo en la mente. Mientras todavía estemos identificados con el ego, vamos a interpretar la experiencia mental de liberación en el contexto de la forma concreta de una relación con otra persona. Esto será inevitable mientras nos aferremos a nuestra falsa identidad como cuerpos. Es una equivocación, pero con toda certeza no es un pecado.

De manera que si mi experiencia es que te estoy liberando de los juicios que tenía en tu contra y experimento paz, eso sólo puede ser un reflejo del hecho de que me estoy liberando de la culpabilidad y de los juicios en mi contra que había en mi propia mente. Esto tiene que ser atemorizante para el ego, que sobrevive y prospera gracias a la culpabilidad. Y así ahora necesita una defensa contra el amor y la paz.

Para el ego la solución ideal es cambiar la forma de la relación de odio especial a amor especial. La forma cambia, pero el contenido subyacente sigue siendo odio y culpabilidad, aunque ahora estén ocultos y disfrazados. Y así, en vez de verte como la causa directa de mi infelicidad, ahora te veo como de alguna manera necesario para que yo pueda ser feliz, necesito estar contigo para poder compartir la experiencia de la alegría y la paz. Pero eso es lo mismo, en efecto, porque si no te tengo disponible como yo quiero otra vez estás contribuyendo a mi infelicidad. De cualquier forma, no estoy en paz y el ego ha ganado. Llegados a este punto, la respuesta no sería intentar cambiar nada de esto, sino sencillamente reconocer lo que está pasando. Y luego preguntarme a mí mismo, con Jesús o el Espíritu Santo como maestro, si de verdad prefiero esto a la paz que experimentaba cuando fui capaz de liberarnos a los dos de las cadenas de la culpabilidad y la condena. Si pongo al descubierto el propósito del ego, el que esté dispuesto a tomar una decisión diferente es sólo una cuestión de tiempo.

¿Qué pasa cuando la vida de una víctima parece haberse terminado por el ataque de otro? Repitiendo lo que dijimos antes, el perdón, igual que el guardar resentimientos, no tiene nada que ver en realidad con el “yo” que creo ser ni con el “yo” que creo que tú eres. La mente es la que abriga los resentimientos y, para perdonar, la mente no necesita al cuerpo en absoluto. La mente tiene disponibles las mismas alternativas tanto si parece que el cuerpo sigue vivo como si no. Puede continuar la proyección de la culpabilidad sobre el cuerpo de otro y puede retrotrearla a la mente donde se originó, y donde la posibilidad de soltarla sigue siendo la misma.

Cualquier diferencia aparente en el proceso surge sólo si se elige seguir proyectando la culpabilidad, pero esta diferencia pertenece al nivel de la forma y no al del contenido. En ese caso la mente sencillamente elige otra vida y otro cuerpo con el que identificarse, una elección no muy diferente a lo que hacemos dentro de una vida cuando decidimos abandonar una relación y cambiar a otra. El ciclo víctima-victimario se va a repetir hasta que la mente esté lista para tomar una decisión diferente y aceptar completamente la responsabilidad por su dolor y su pérdida de paz. El asesinato siempre es primero un pensamiento de la mente, una auto-acusación por lo que creemos haberle hecho a Dios. Lo proyectamos fuera de nosotros, sobre otro, para evitar las consecuencias que nos hemos dicho a nosotros mismos que esa decisión tiene que tener. Pero el asesinato y la consiguiente culpabilidad, igual que el mundo que fabricamos para que sea el repositorio de la culpabilidad de la que queremos escaparnos, son todos igualmente ilusorios. El perdón se deduce de esta premisa.

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